FlorescenciaCarreteras dignas pueden transformar familias y comunidades.
Hace un año recorrí Guatemala con mi hija Yanushka Lucía, entonces de 6 años, para acercarla a nuestras raíces. Durante el viaje visitamos una escuela en una aldea donde pasé parte de mi niñez. Allí participó en una clase de primer grado donde los niños aprendían en español y q’anjob’al. Por eso decimos que su primer grado comenzó en Guatemala. Mientras compartía con los estudiantes, volví a encontrarme con una realidad común en las aldeas más remotas.
Algunos niños caminaban cuatro horas diarias para recibir educación —dos horas para llegar a la escuela y otras dos para volver a casa—. Avanzaban por veredas pedregosas y difíciles, donde ni una bicicleta podía pasar. Algunos llegaban por la refacción porque en casa no siempre había alimento. Pero, una vez dentro del aula, se integraban con los demás niños. Leían en voz alta, dibujaban, levantaban la mano para responder y reían mientras jugaban con sus compañeros. Durante esas horas, disfrutaban de su niñez. Sus padres creen en la educación como una forma de superación personal y familiar; se esfuerzan para darles un futuro mejor.
Aquellos niños demuestran voluntad, disciplina y deseos de superación; la pregunta no es si tienen capacidad, sino hasta dónde llegarían con menos obstáculos en el camino. Convertir una vereda en un camino transitable puede parecer una obra pequeña. Pero para una familia que aún no tiene un camino digno puede significar un cambio generacional. El niño podría llegar más rápido y seguro a la escuela, con más tiempo para estudiar, descansar y jugar.








