Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Es una vuelta a las tinieblas de la ignorancia y a las imposiciones para impedir que la gente piense por sí misma y someterla a un régimen que impulsa la “servidumbre voluntaria”. Es una consigna arbitraria que desconoce una conquista de la modernidad: el Estado laico, con libertad de cultos y opciones teóricas para escoger entre las cadenas y la libertad. El nombramiento de Viviane Morales, como nueva ministra de Educación, que de educación no sabe nada, es toda una agresión contra el acceso al conocimiento y una amenaza a un derecho fundamental.La educación, como lo declaró Estanislao Zuleta, es un campo de combate en el que se escenifican todas las batallas por el saber, por aprender a pensar por sí mismos, por conocer los profundos significados de libertad, independencia y autonomía. No es para excluir ninguna herramienta pedagógica ni mucho menos para delimitar qué se estudia y qué no.La educación es una oposición dialéctica (ah, y el término puede asustar a la nueva ministra y a su patrón) a la limitación de los saberes. Habría que comenzar por cuestionar qué clase de educación (y de cultura) es aquella que solo se preocupa por la competitividad, la rentabilidad, el mercado, en un tejido tenebroso en que el hombre es solo otra mercancía.En su deber ser, la educación —como la cultura— es para alcanzar la emancipación intelectual, para sensibilizar en asuntos de la ciencia, la literatura, las artes, las matemáticas y para crear sujetos que sepan que existe la posibilidad de desobedecer. Ah, y hasta para dejar de querer los grilletes y zafarse de las ternillas que el poder (cualquiera que este sea) ha querido perpetuar entre los humillados y ofendidos.Se ha dicho que un ser racional es, ante todo, un desadaptado: alguien con preguntas, que duda, que distingue entre el sometimiento y las premisas de la libertad. La educación, lejos de ser cárcel y encadenamiento, es la espléndida posibilidad de aprender a ser libres y de alimentar sin descanso las ganas de saber. En el camino se aburre quien carece de preguntas, decía Fernando González en su Viaje a pie.Es todo un despropósito afirmar, como lo hizo sin sonrojarse la señora Morales, que “hay que sacar a Marx de la educación y meter a Dios”. Y aquí, en este punto, me acuerdo de un viejo profesor de quinto de primaria, don Alirio, que impartía clase de religión en los tiempos del Concordato y de la Constitución de 1886. Nos enseñaba, por ejemplo, asuntos de la Doctrina Social Católica (proclamada por León XIII), y a la vez, nos proponía la lectura (algo insólito en esos tiempos) del Manifiesto Comunista, de Marx y Engels. Quizá quería decirnos que hay que conocer todas las visiones, ir contra el dogmatismo, no conformarnos con una enseñanza de catecismo sino abrirnos a las múltiples interpretaciones del mundo.La anacrónica señora Morales, que parece salida de un antro medieval, o agente de una cruzada de despropósitos, ni se sonroja al señalar que hay que reivindicar una “enseñanza” de “valores” inspirados en la “tradición judeocristiana”. Es como regresar a una sola mirada del cosmos, como excluir otras culturas, otros ámbitos y pensadores que son clave en la formación de criterio. Actúa como una despótica inquisidora que reprime otras posibilidades de conocer el mundo y también de transformarlo.Marx, por ejemplo, es uno más de los pensadores que hay que leer, como se debe leer a Tomás de Aquino, a Spinoza, a Adam Smith o a Emerson. O a Lutero y a Pablo de Tarso. La educación no es de exclusiones. Ni de prohibiciones. Son puertas que hay que abrir para penetrar en otras esferas, en nuevas búsquedas de los significados y alcances del conocimiento, que son los que hacen posible la libertad y la dignidad.Parece que se nos viene encima el feudalismo cultural, otro macartismo en la educación, un retroceso en todo aquello que tiene que ver con aprender a cuestionar. La educación no existe para domesticar. Es, entre otros tópicos, para no caer en el borreguismo, para inculcar “amor al conocimiento”. La educación debe promover el racionalismo y el espíritu científico; cultivar las ansias por investigar, por leer, por trascender las apariencias.Me devuelvo al movimiento estudiantil colombiano de 1971. Entonces se enarbolaba la consigna de “por una educación nacional, científica y de masas”, muy avanzada para la época, cuando el oscurantismo y la antidemocracia cabalgaban en el país. Todavía, después de medio siglo, sigue sin cumplirse aquella legítima aspiración y el establecimiento continúa en contravía de ella. Y, por lo que se anuncia, podría ser el retorno de inquisiciones, censuras y atentados contra la libertad de pensamiento.Hay que enseñar a Marx y a Jesús (y a miles más), no para que entre el diablo y escoja, sino para que, con las mismas garantías, compitan mil escuelas de pensamiento.Conoce más
La ministra de la nueva inquisición
“Hay que enseñar a Marx y a Jesús (y a miles más) para que, con las mismas garantías, compitan escuelas de pensamiento”: Reinaldo Spitaletta









