El 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad y tras una dura agonía provocada por un cáncer de cuello uterino, falleció María Eva Duarte de Perón, conocida popularmente como Evita. La noticia, anunciada por la cadena nacional a las 20:25 horas, paralizó por completo a la Argentina, desatando un luto masivo y espontáneo sin precedentes en la historia del país, con un cortejo fúnebre multitudinario que duró varias semanas y congregó a millones de personas para dar el último adiós a la autodenominada "Jefa espiritual de la Nación". Un reconocimiento por su labor que, desde su fundación y otros organismo estatales, permitió el ascenso social de los estamentos más populares de aquel momento. Esa entrega a la militancia la consagró como la "abanderada de los humildes".

Aquel deceso significó un quiebre emocional profundo para la clase trabajadora y los sectores más humildes, quienes vieron en su partida la pérdida de su máxima protectora y defensora de la justicia social. La actriz y segunda esposa del presidente Juan Domingo Perón fue inmortalizada en el ideario popular como un símbolo eterno de entrega y rebeldía frente a la desigualdad, su figura trascendió las barreras de la política partidaria para instalarse definitivamente en la memoria colectiva como un mito secular de devoción y fervor. Una figura emblemática de la argentinidad de raigambre internacional que solo puede ser comparable a otras personalidades populares como Diego Maradona, Ernesto "Che" Guevara, Carlos Gardel y el Papa Francisco.