El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, vuela hacia Washington para reunirse con Donald Trump por primera vez desde que lanzaron juntos la guerra contra Irán, el pasado febrero. Aunque las entrevistas entre ambos no son excepcionales (el presidente de EE UU no se ha reunido tanto con ningún otro líder internacional, ocho veces desde que regresó al poder en 2025), sí lo es su impacto. Más aún al llegar un mes después de las nada secretas broncas (insultos incluidos) que Trump dedicó a Netanyahu cuando sintió que la ofensiva de Israel en Líbano ponía en peligro el alto el fuego con Irán. Este lunes, antes de subir al avión —sorprendentemente, sin convocar antes a la prensa—, el primer ministro israelí señaló vagamente que el asunto iraní centrará el encuentro con Trump del martes, así como la necesidad de actuar con “gran determinación y gran sabiduría” en estos “tiempos complejos”.Hace medio año, Netanyahu convenció a Trump de sumarse a algo que habían rechazado sus predecesores en la Casa Blanca: lanzar un ataque masivo contra Teherán para derrocar el régimen, en base a un plan (una revuelta promovida por agentes infiltrados, un avance kurdo desde Irak, manifestaciones masivas en medio de las bombas…) cogido con pinzas. Medio año después, la realidad luce bien distinta, en forma de conflicto sin resolver, diluido por un acuerdo de alto el fuego que tan pronto deja días de fuego cruzado y amenazas de bloqueo del estrecho de Ormuz como los tres últimos, de confusión y llamamientos al diálogo.Es, justamente, lo que no desea Netanyahu, que se enfrenta a las urnas en octubre sin suficientes apoyos para la reelección, según los sondeos, ni logros que presentar a los votante sobre esta guerra y la que lanzó en solitario en junio de 2025. Tras la primera, habló de “una victoria histórica que perdurará por generaciones”. Ocho meses después, inició la actual. El objetivo declarado era emplear “el tiempo que sea necesario” hasta “acabar con la amenaza del régimen de los ayatolás en Irán”. Este domingo, en una entrevista con motivo de su desplazamiento a EE UU, el primer ministro israelí solo podía jactarse de haber “retrasado unos pocos años” el programa atómico de Irán, con el bombardeo de sus instalaciones y el asesinato de 20 científicos nucleares.Netanyahu necesita como el agua el apoyo público de Trump de cara a las urnas. Es lo que puede capitalizar tras sus humillantes encontronazos, relatados a los medios por el propio presidente de EE UU. El primer ministro es consciente de que no le escucha ya como el Trump al que convenció en diciembre de 2025 de la conveniencia de la campaña contra Irán, pese al escepticismo de algunos de sus asesores políticos y mandos militares, según varias recreaciones publicadas por medios de EE UU e Israel. De hecho, ya dentro del avispero iraní, al dirigente republicano le encanta repetir públicamente que es él quien decide al respecto y Netanyahu solo puede obedecer.“Escuchar”El jefe de Gobierno israelí ha ido cambiando el tono y, sobre todo, el volumen. En la entrevista de este domingo, preguntado sobre qué información de inteligencia del programa nuclear de Teherán pretendía presentar en EE UU, respondió: “Es bueno tener la oportunidad de sentarme con nuestro buen amigo Trump y escuchar qué tiene en mente porque, en gran medida, es su decisión”.Netanyahu considera que la guerra solo acabará cuando el régimen en Teherán “sea derrocado o esté lo suficientemente debilitado” como para “cambiar de rumbo” y verse obligado a poner fin a su programa nuclear. “Es realmente lo que el presidente Trump está tratando de lograr [...] De una forma u otra, tienen que poner fin a su programa nuclear, con un acuerdo o sin él”, añadió.Las autoridades políticas y de seguridad de Israel insisten en la importancia de asfixiar económicamente a Irán, con la esperanza de capitalizar el malestar social. David Barnea, el jefe del Mosad hasta el pasado junio, trató implícitamente en su despedida de relativizar el fiasco del plan de derrocar a la República Islámica, señalando que sigue siendo un “objetivo lograble” y que debe ser “la máxima prioridad” de los servicios de inteligencia.En este contexto, Israel es percibido por varios países como una especie de actor imprevisible que desconfía de la diplomacia. Meir Ben Shabbat, el exdirector del Consejo Nacional de Seguridad de Israel que lidera el centro de análisis conservador Misgav, escribía este lunes en el diario Israel Hayom que Israel, “en su aspiración a provocar un cambio de régimen, prefiere la opción de una presión militar y económica prolongada a una conflagración temporal”. “Si bien la presión continua agravará la crisis económica en Irán y fomentará el descontento interno, una conflagración temporal —incluso si destruye capacidades iraníes adicionales— finalmente propiciará el regreso a la vía de la negociación y permitirá que el régimen se recupere”, añadía.Reunión breve El último encuentro entre Trump y Netanyahu tuvo lugar en febrero, 17 días antes de lanzar su ataque, matando al líder supremo iraní, Alí Jameneí. A priori, esta reunión (prevista para las 11.00 hora de Washington; 17.00 en la España peninsular) será bastante más corta, porque será apenas tres horas antes del entierro del senador Lindsey Graham (al que ambos asistirán) y porque Trump también se verá con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky.Pese a la preeminencia del dossier iraní, colean otros temas, como Líbano, Gaza, Siria o el reciente acuerdo con Arabia Saudí. El canal 13 de la televisión israelí ha informado de que Netanyahu declaró a sus ministros este domingo que Washington le está “exigiendo una serie de retiradas en tres frentes: Gaza, Siria y Líbano”, pero que él se opondrá “rotundamente”. Es la imagen que le gusta proyectar, sea o no acorde a la realidad.El dirigente israelí viaja a la Casa Blanca con dos recientes medidas pensadas para presentar gestos de buena voluntad, sin irritar a la ultraderecha en su gabinete. La primera es la reciente retirada, casi simbólica, de una “zona piloto” en el sur de Líbano para que las Fuerzas Armadas del país vigilen que Hezbolá no se reorganiza. La segunda la ha sacado adelante en la víspera, a toda prisa, tras semanas en el cajón. Es el visto bueno al despliegue de la fuerza multinacional de seguridad en Gaza, en un área conocida como naranja, entre la tomada por las tropas israelíes (que controlan más del 60% de la Franja) y la que sigue en manos del Gobierno de Hamás.Es un avance relativo, con cientos de miles de gazatíes en tiendas de campaña y condiciones lamentables, aún bajo letales bombardeos diarios y con la reconstrucción en punto muerto. A esto se suma que el comité tecnocrático palestino, al que Israel viene impidiendo entrar a Gaza (el Gobierno de Hamás anunció unilateralmente que le daba paso, pero no ha habido transición), ha aguado las expectativas de Netanyahu. En un comunicado difundido este domingo, ha vinculado su ingreso no solo a que “la Junta de Paz y el Consejo de Seguridad de la ONU aprueben el despliegue de las fuerzas”, sino también, y por vez primera, “a que se retire el ejército israelí”.