0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialDurante siglos el conocimiento ha sido escaso, y esta simple idea explica en buena parte cómo hemos organizado nuestra sociedad. Los médicos sabían cosas que los pacientes ignoraban, los abogados entendían leyes con matices indescifrables para la mayoría, y los profesores eran los guardianes del saber. La autoridad de los expertos no provenía solo de su talento, sino del hecho de que el acceso al conocimiento era limitado. Quien sabía alguna cosa que los otros no sabían adquiría una posición privilegiada. Pero ahora esta premisa está dejando de ser cierta. Cualquier persona puede preguntar a una inteligencia artificial cuál es la diferencia entre una neumonía vírica y otra bacteriana, pedirle que explique una sentencia judicial, que revise un contrato o que interprete una analítica clínica. En pocos segundos obtiene una respuesta sorprendentemente buena. No perfecta, pero suficientemente buena para que millones de personas ya no esperen a llegar ante un profesional para empezar a entender qué les está pasando. Getty ImagesPero eso no significa que los expertos tengan los días contados. Lo que se acaba es el monopolio del conocimiento, pero continuamos queriendo expertos. Cuando un paciente entra hoy en la consulta, a menudo tiene ya una hipótesis sobre qué le pasa. Cuando una empresa contrata un abogado, probablemente ya ha consultado antes con una IA. Cuando una familia visita a un arquitecto, ya ha explorado antes decenas de propuestas. El conocimiento ha dejado de ser un bien escaso. Se ha democratizado. Y justo por eso cambia el motivo por el que confiamos en los profesionales. No los necesitamos porque memorizan más datos que nosotros, los necesitamos porque asumen la responsabilidad de decidir.La inteligencia artificial puede sugerir un diagnóstico, pero no es ella quien mira a los ojos del paciente y le comunica una mala noticia. Puede redactar un contrato impecable, pero no comparecerá ante un juez. Puede calcular la estructura de un edificio, pero no firmará el proyecto ni responderá si un día ese edificio se derrumba. La responsabilidad continúa siendo profundamente humana. Quizás este sea el gran cambio de los próximos años. Durante doscientos años hemos seleccionado a los mejores profesionales por lo que sabían. Durante los próximos veinte los seleccionaremos, sobre todo, por el criterio con el que deciden y la responsabilidad que asumen. La diferencia parece sutil, pero es enorme. Saber muchas cosas continuará siendo útil, pero será mucho más valioso saber qué preguntas hay que hacer, qué debe ignorarse, cuándo hay que dudar y ante qué decisiones hay que responder.La inteligencia artificial no está eliminando a los expertos. Les está obligando a justificar de una manera nueva por qué son expertos. Quizás descubriremos que la confianza nunca había sido una consecuencia del conocimiento. Solo lo parecía. Lo que realmente buscábamos era otra cosa: alguien dispuesto a asumir la responsabilidad cuando llega el momento en que ya no hay ninguna respuesta evidente. Y esta responsabilidad, de momento, continúa sin poder delegarse a ningún algoritmo.
Adiós, expertos. Hola, responsables, por Genís Roca
Durante siglos el conocimiento ha sido escaso, y esta simple idea explica en buena parte cómo hemos organizado nuestra sociedad. Los médicos sabían cosas que los pacientes ignoraban, los abogados entendían leyes con matices indescifrables para la mayoría, y los profesores eran...








