TribunaSi las renovables y la nuclear se limitan a 'reemplazar' a las energ�as f�siles, dejando intacta la estructura b�sica de la sociedad, el capitalismo seguir� donde est�. Y para ese viaje -piensa el antisistema- no hac�an falta estas alforjasActualizado Lunes,
julio
00:00Durante la ola de calor que sufri� media Europa a finales del pasado mes de junio, yo estaba en la italiana ciudad de Bolonia: con 35 grados a la sombra y una humedad del 65%, me sub� a un autob�s urbano en cuyo interior hac�a m�s calor que en la calle. Por descontado, muchos comercios y viviendas carecen de aire acondicionado; una mansa resignaci�n se apodera de los cuerpos que vegetan a la sombra. No es un caso excepcional cuando aprieta el calor: prueben a dormir en una buhardilla parisina, trabajen en una oficina acristalada de M�nich, pisen moqueta en Londres. Para los turistas desavisados que esperan alojarse en hoteles debidamente climatizados, viajar en verano por el continente europeo puede convertirse en una experiencia desagradable. Y si uno topa con un incendio voraz, como sucedi� en Almer�a y acaba de pasar en Madrid y �vila, entonces las bromas est�n de m�s: la muerte misma nos mira de frente.Sin embargo, de ah� no se sigue que la f�rmula empleada por el presidente S�nchez durante la rueda de prensa posterior al incendio almeriense -el l�der socialista dijo que �la emergencia clim�tica mata�- sea certera. Porque la emergencia clim�tica como tal no mata a nadie; digamos m�s bien que la desestabilizaci�n antropog�nica del clima terrestre genera riesgos a los que debemos adaptarnos con urgencia. No somos ni seremos los �nicos obligados a ello; ya hemos le�do reportajes sobre la escasez de comida que sufren los osos polares a causa del deshielo. Y es algo que ha pasado antes sin intervenci�n humana; el planeta ha vivido toda clase de sacudidas, sean clim�ticas o geol�gicas, hasta el punto de padecer cinco extinciones masivas. La diferencia reside en que la humanidad opera esta vez como agente del cambio medioambiental global; por eso se dice que vivimos en el Antropoceno o �era humana�.Eso no quiere decir que el funcionamiento del clima terrestre se deje conocer f�cilmente; las dificultades epist�micas son obvias y ata�en sobre todo a la modelizaci�n de escenarios futuros. Y es asimismo un hecho que tanto los activistas como los medios de comunicaci�n -sin olvidarnos de algunos gobiernos y m�s de un cient�fico- han ca�do en la tentaci�n del sensacionalismo. As� fue como el m�s adverso de los escenarios modelados por el Panel Intergubernamental para el Cambio Clim�tico -en ausencia de pol�ticas clim�ticas tendr�a lugar un aumento de la temperatura media terrestre de unos cuatro grados- se present� ante el p�blico como aquel cuya ocurrencia era m�s probable si no emprend�amos un cambio radical en nuestra forma de vida. Pese a haber servido de base a innumerables estudios acad�micos y tras haber sido explotado hasta la saciedad por los partidarios de las versiones m�s radicales de la transici�n ecol�gica, el IPCC ha eliminado ese escenario futuro de su cat�logo por considerarlo inveros�mil. Pero el da�o est� hecho y no es la primera vez que la paradoja del activismo produce sus efectos: la misma exageraci�n que sirve para llamar la atenci�n sobre una causa termina por socavar su legitimidad a ojos del p�blico.Sucede que poner el �nfasis en la posibilidad del colapso clim�tico -recordemos que en los a�os 70 se alertaba sobre la superpoblaci�n en los mismos t�rminos dist�picos- ha provocado que el activismo medioambiental se centrase en las pol�ticas de mitigaci�n clim�tica (reducir el CO2 que llega a la atm�sfera) en detrimento de las pol�ticas de adaptaci�n clim�tica (minimizar los costes sociales del calentamiento). La raz�n hay que buscarla en el antiliberalismo que caracteriza por igual al ecologismo radical y a esa izquierda anticapitalista que se subi� al tren medioambiental una vez fracasado el experimento sovi�tico: culpar al capitalismo de la crisis clim�tica permite concluir que la crisis clim�tica solo puede resolverse acabando con el capitalismo. Sin embargo, para ello no basta con abandonar esas fuentes de energ�a f�sil -petr�leo, carb�n, gas natural- que impulsaron la Revoluci�n Industrial y siguen alimentando hoy -aunque menos que ayer- una econom�a basada en los servicios y las finanzas. Porque si las renovables y la nuclear se limitan a reemplazar a las energ�as f�siles, dejando intacta la estructura b�sica de la sociedad, el capitalismo seguir� donde est�. Y para ese viaje -piensa el antisistema- no hac�an falta estas alforjas.De ah� que el ecologismo radical, que sigue siendo la mayor�a del ecologismo, apueste nada menos que por el decrecimiento: habr�amos de reducir tajantemente la intensidad de los flujos materiales de la sociedad con el fin de minimizar su impacto sobre los sistemas naturales, lo que en la pr�ctica supone desmantelar la civilizaci�n industrial y reorganizarnos sobre la base de comunidades autosuficientes y desglobalizadas. �Autarqu�a! En un trabajo reciente publicado en la revista Ecological Economics, Ian Savin y Jeroen van der Bergh repasan la literatura decrecentista y concluyen que -como era previsible- carece de seriedad metodol�gica y contiene m�s opiniones que an�lisis. Para m�s inri, sus defensores pasan por alto las dificultades a las que se enfrentar�a una pol�tica decrecentista: �c�mo se financiar�an los servicios p�blicos, c�mo se resolver�an los conflictos distributivos, qui�n garantizar�a el gobierno democr�tico? Huelga decir que el decrecimiento carece de cualquier respaldo electoral en las sociedades democr�ticas; al fin y al cabo, el auge de los populistas de derecha e izquierda debe entenderse como una respuesta a eso que ha venido en llamarse �crisis de asequibilidad� de los bienes b�sicos. Nada de eso ha impedido al economista Thomas Piketty, por cierto, concluir que decrecentismo es justo lo que necesitamos; yo le animo a explic�rselo a Xi Jingpin o Narendra Modi: a ver si los convence.Es por ello tambi�n que la etiqueta de �negacionista� se aplica de forma maliciosa a todo aquel que discrepe sobre la manera en que haya de hacerse la transici�n energ�tica, cuando en rigor solo se hace acreedor a ella quien rechace la existencia del calentamiento global tal como es registrado por los term�metros o su origen antropog�nico. �Acaso es negacionista quien apueste por el cambio tecnol�gico como variable decisiva para la mitigaci�n y la adaptaci�n clim�ticas? �O quien sostenga que la transici�n energ�tica es una tarea que todos -verdes, progresistas, conservadores, liberales- deben asumir como un desaf�o transversal libre de connotaciones ideol�gicas? Lean El ecologista de derechas, sugestivo libro de Toni Timoner y Luis Quiroga -acaba de publicarlo Deusto- que puede entenderse como una llamada de atenci�n para los conservadores espa�oles: pongan la transici�n energ�tica en el centro de las reformas que la sociedad espa�ola tiene que emprender si no quiere acabar en el furg�n de cola de la envejecida locomotora europea.Ante unas peligrosas olas de calor que se anuncian como cada vez m�s frecuentes, en fin, puede responderse con declaraciones grandilocuentes o con una actitud pragm�tica que se pone manos a la obra y baja al barro de la adaptaci�n clim�tica... mientras la mitigaci�n sigue su curso. Porque si el autob�s urbano que yo cojo en M�laga tiene aire acondicionado, �qu� impide a los ricos habitantes de la Emilia Roma�a instalarlo en los suyos? Lo mismo vale para el transporte p�blico y la vivienda en toda Europa; por algo dijo en su d�a Lee Kuan Yew, fundador del Singapur moderno, que su pa�s lo debe todo al aire acondicionado. El fil�sofo Peter Sloterdijk lo expres� a su manera: �El aire acondicionado es el destino�. �Vaya que s�! Eso no significa que debamos dejarlo todo en manos de la tecnolog�a: necesitamos parques urbanos, prevenci�n de incendios, horarios racionales. Pero nada de eso est� fuera de nuestro alcance. �Y si probamos a vincular las pol�ticas clim�ticas a una promesa renovada de modernizaci�n? Culpar a los ciudadanos por los pecados del industrialismo es tan in�til como pedirles que se sacrifiquen hoy para salvar el planeta ma�ana. Seamos realistas: pidamos lo posible.Manuel Arias Maldonado es catedr�tico de Ciencia Pol�tica de la Universidad de M�laga. Su �ltimo libro es La pulsi�n nacionalista (Debate)







