Se terminó el mito del emprendedor solitario (y la IA no lo va a resucitar). Durante años nos vendieron una imagen: el fundador que arranca solo, en un garaje, con una idea brillante y una obsesión casi enfermiza por hacerla realidad. Esa figura del héroe solitario se convirtió en el arquetipo del emprendedor exitoso, alimentada por las historias de Silicon Valley que todos terminamos consumiendo en múltiples formatos.
El problema es que esta forma de construcción individualista, si bien habilitada por la IA en etapas tempranas, es cada vez menos viable. Lo que determina si un proyecto sobrevive o no, no depende de la calidad de la idea o la capacidad de asumir riesgo del founder. Cada vez pesa más el acceso a mentores, comunidades y redes que aporten experiencia real, la que no se aprende en ningún curso. Emprender pasó de ser una aventura individual a ser, casi siempre, un deporte de equipo.
Los números de la región respaldan esto. Según el último informe del Global Entrepreneurship Monitor, más de la mitad de los adultos de América Latina dice que quiere iniciar un negocio propio. Somos, literalmente, una de las regiones más emprendedoras del planeta. El problema no es la intención, es lo que pasa después: el miedo al fracaso sigue frenando a muchísima gente. A nivel global, quienes ven una oportunidad de negocio, pero no la persiguen por miedo pasaron de ser el 44% en 2019 al 49% en 2024. En 43 de las 51 economías que mide el GEM, al menos dos de cada cinco adultos reconocen que no dan el paso por temor a equivocarse. Esto confirma que el desafío ya no es despertar las ganas de emprender, esas ya están. El desafío es construir las condiciones para que esa intención se convierta en acción concreta. Y ahí es donde entra el equipo, la comunidad, la mentoría.







