Lance Armstrong convirtió en polvo sin brillo la cifra mágica de cinco Tours, la frontera de los campeones, pero convenientemente el mismo sistema al que había humillado borró al tejano y sus siete Tours consecutivos en una de las décadas más oscuras del ciclismo (1999-2005). Cinco, como los cinco dedos de la mano, como los cinco Tours de Jacques Anquetil (1957 y 1961-64) que fijó un límite que él mismo no quiso superar, en el que se detuvieron después Eddy Merckx (1969 a 1972 y 1974), Bernard Hinault (1978,1979, 1981, 1982 y 1985) y Miguel Indurain (1991 a 1995). A los cinco se asoma irresistiblemente Tadej Pogacar, más joven que ninguno. Lo hace dos meses antes de cumplir 28 años, a los 27, la edad a la que esperó Miguel Indurain para comenzar su serie porque los antiguos campesinos de la paciencia navarros que le guiaron consideraban que el cuerpo ha alcanzado la madurez necesaria para empezar a rendir al máximo. Indurain, que nunca ha visto la necesidad de reflexionar públicamente sobre lo que significa ganar cinco Tours, lo que marca una vida, lo que ha hecho de él, fue excepcional, un talento y un físico que no parecían adecuados para dominar la carrera que finalmente dominó como un déspota amable. El navarro solo se atrevió a intentar ganar el Tour después de varios años de aprendizaje, retiradas programadas y trabajo para Perico Delgado, que le liberaba de presión. No fue un prodigio desde niño, como los otros cuatro, pequeños Mozart que revolucionan la época que transitan y se impusieron en su primera participación. Anquetil e Hinault, a los 23; Merckx, a los 24, después de haber ganado ya el Giro un año antes; Pogacar, a los 21, líder de una generación que vive la vida con urgencia, para la que la paciencia es una pérdida de tiempo.Cuando Anquetil ganó su quinto Tour, Francia le odió más que nunca. Con su brillo, sus desayunos de ostras con champagne, sus amores con la mujer de su médico y su exaltación de la libertad sexual, y su elegancia insuperable sobre la bici, el normando había humillado a Poulidor, el amado trabajador abnegado siempre maltratado por el destino y la mala suerte, caídas, enfermedades, y perseverante. El octavo y último de sus podios (nunca fue primero, ni un día de amarillo, tres veces segundo, cinco tercero) lo alcanzó a los 40 años. El perfecto símbolo del gaullismo, el más amado por la Francia popular que abucheó a Anquetil de amarillo en el podio final del Parque de los Príncipes. Fue el 14 de julio justamente. Dos días después nació en Villava, Indurain, y pocos meses más tarde, después de pasarse un invierno de dolce far niente, Anquetil renunció a correr el Tour de 1965. No busca el sexto. No le obsesiona. Con cinco es único, dos más que Louison Bobet, el anterior ídolo francés. Fue una decisión íntima. No quiere seguir siendo el déspota que canibaliza las ilusiones del amado Poupou, cuya popularidad no entiende y le saca de quicio. Regresó en 1966, a los 32 años, en el Ford de su amigo Julio Jiménez, pero una bronquitis le obligó a retirarse. Apenas pudo ayudar a su compañero Lucien Aimar, que se impuso en París.Como Indurain, el alumno que más siguió sus pasos, Anquetil apenas se expresó en las clásicas y ni siquiera ganó un Mundial. Su territorio era el pacer en las contrarreloj y el sufrimiento en la montaña. El Tour llegaba siempre después de una laboriosa preparación que no dejaba hueco a otros objetivos. Los otros tres del club de los cinco-cinco fueron monstruos del ciclismo, ganadores todo el año en todos los territorios. Dominadores absolutos de su época. Merckx, además de ganar también cinco Vueltas y un Giro, es el mayor ganador de Monumentos de la historia (19, más tres Mundiales), y Pogacar va segundo (13 y dos Mundiales: solo se le resiste la París-Roubaix), mientras que Hinault (tres Giros y dos Vueltas), ganó cinco, y un Mundial.El último día de los quintos Tours de Merckx e Indurain, 1974 y 1995, la sumisión del pelotón era tal que nadie dudaba de que el sexto sería cosa hecha el año siguiente. Ambos eran aún jóvenes (29 años el belga, 31 el español) y no habían mostrado ninguna señal de desfallecimiento. El interruptor pasó de on a off sin previo aviso, de un día para otro. El belga había recibido un puñetazo en el hígado de un aficionado harto del caníbal en la ascensión al Puy de Dôme el día antes de quedarse sin darse cuenta en la ascensión a Pra Loup en la que Thévenet forjó su victoria, pero nunca lo usó como disculpa. Indurain llegó al Tour del 96 tan optimista y confiado que José Miguel Echávarri, su guía, bromeaba con la matrícula del autobús que estrenaba el Banesto, M-6006-TS. “Eso significa, Miguel seis Tours”, explicaba en Den Bosch, antes de que un diluvio invadiera la carrera. Estaba preparado para atacar hacia la cima de Les Arcs y sentenciar la victoria cuando sufrió, imprevista, la peor pájara de su vida. Finales secos. Sin vuelta atrás.Hinault creció queriendo ser Anquetil y Merckx y se reconoce en Pogacar. “El esloveno ha perdido dos Tours ante Vingegaard y ha ganado cinco, como yo perdí uno ante Fignon. Como yo, conoce ambas sensaciones. Lo difícil es volver a concentrarte y llegar a la salida diciéndote a ti mismo que vas a por la victoria. Pero él, además, afronta el Tour con la idea de disfrutar durante tres semanas, y ahí es donde me identifico con él”, reflexionaba el bretón en una entrevista en L’Équipe. “Yo también tenía la sensación de estar divirtiéndome, y no de estar trabajando. Mi objetivo era la victoria, pero me daba igual que fuera la cuarta o la quinta. Nunca he ido a por los récords, nunca ha sido mi prioridad; corría por placer. Todo el mundo me pregunta si no me arrepiento de no haberlo dado todo en 1986 para ganar un sexto Tour. Pero eso no habría cambiado nada en absoluto, salvo que hoy me molestarían aún más con eso. Nunca he intentado superar a Merckx ni a Anquetil, mis dos ídolos”. Pogacar es él solo. Llega de un país donde los ciclistas no son ídolos. Ni siquiera había nacido cuando Indurain ganó su quinto Tour, y como Hinault repite que no corre tras los récords. ¿Correrá a por el sexto? ¿Alguien lo duda?