Elegir el mal menor, entre el “comunismo de mercado” chino y la plutocracia aliada de Trump que llega de Silicon Valley. Este es el dilema al que se enfrenta el mundo. Del primero cada vez se conocen más detalles, al menos desde Tiananmén en 1989 y desde la revolución de los paraguas en Hong Kong, en 2014. De la segunda se sabe más desde que en el año 2016 Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca, y ha echado a correr en su segunda legislatura: los tecnooligarcas reniegan de la democracia y levantan la bandera de la libertad individual que consiste en no pagar impuestos, no regular la economía, evitar la intervención del Estado en lo público… Necesitan una forma de poder lo más parecida a una dictadura para competir con su oponente y sueñan con un sistema financiero de criptomonedas que sustituya al Estado nación. La frase de “la madre de todas las batallas” pertenece al dictador iraquí Sadam Husein. La lanzó en enero de 1991, al comienzo de la guerra del Golfo, para describir el enfrentamiento entre su país y la coalición internacional liderada por EE UU. Desde entonces se ha convertido en un tópico que se utiliza como forma metafórica para reflejar la forma más decisiva de un conflicto. Ahora estamos viviendo “la madre de todas las batallas” entre EE UU y China en relación con el desarrollo y hegemonía de sus modelos de inteligencia artificial (IA).El Departamento de Estado americano divulgó en noviembre de 2025 lo que se conoce como Pax Silica, una iniciativa internacional liderada por ese país que busca asegurar las cadenas de suministro necesario para la inversión, la capacidad y el número necesario de modelos punteros de la IA. En ella están países como el anfitrión, Japón, Corea del Sur, Singapur, Reino Unido, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Australia, Países Bajos, India, etcétera. Hace escasos días, el presidente chino, Xi Jinping, presidía en Shanghái la conferencia anual de inteligencia artificial; en ella anunció la creación de una Organización Mundial de Cooperación en IA (WAICO, en sus siglas en inglés). Formada inicialmente por 29 países (entre ellos, además de China, Brasil, Rusia, Sudáfrica, Pakistán, Indonesia, Camboya, Argelia, Sudáfrica…), es una especie de respuesta tecnológica del sur global a la influencia americana. Se ha abierto una segunda guerra fría en la que participan, además de las superpotencias, lo que un día se denominó tercer mundo (copyright del demógrafo francés Alfred Sauvy, a principios de los años cincuenta del siglo pasado), y más adelante el sur global (del activista americano Carl Preston Oglesby, a finales de la década de los sesenta). Después de décadas de marginación, se trata de conocer cuáles son las demandas que los países en desarrollo presentan ante el nuevo orden mundial establecido, en el que está en discusión la hegemonía absoluta americana y el orden liberal desarrollado tras las dos guerras mundiales. China trata de presentarse como un aliado amigable, abierto, aunque en el interior del país siga vigente la terrible censura para todo lo relacionado con la revolución digital e internet. Organizaciones como la WAICO son un ejemplo de la construcción de entramados que sin ser alianzas formales, orgánicas, desarrollan redes de conexión entre Pekín y el resto del mundo. Mientras, el EE UU de Trump discute la importancia de las organizaciones de Bretton Woods como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y (más tarde) la Organización Mundial de Comercio (a la que ha paralizado), y se sale de otras como la Organización Mundial de la Salud, el Acuerdo de París sobre el cambio climático o el Acuerdo Transpacífico para reducir los aranceles, etcétera. Ello no significa que el sur global se esté haciendo prochino. No hay afinidad ideológica o política y los países que lo componen tienen muchas contradicciones entre sí, pero los más activos tratan de aprovechar las nuevas oportunidades sin tener que confrontarse frente a terceros. Dos consideraciones: nótese que en este artículo apenas ha aparecido el concepto de democracia y ninguna vez ha sido mencionada Europa. ¡Ay!