La presidenta de la Comunidad de Madrid disparó al aire el viernes 24 de julio la palabra “mamarracho”, y el proyectil alcanzó en su trayectoria de caída al delegado del Gobierno y al ministro de Transportes. El origen de ese altercado verbal se hallaba en la solicitud formal de Isabel Díaz Ayuso promovida el jueves y encaminada a que el Gobierno asumiera el mando de las operaciones contra los incendios forestales en su región, que en aquel momento habían obligado ya a desalojar a más de 10.000 personas y carbonizaban miles de hectáreas de bosques. (“Carbonizar” también existe, aunque casi todos los periodistas usen el menos apropiado “calcinar”). Es decir, Ayuso ejercía ahora la opción que dos años atrás había desechado su correligionario Carlos Mazón durante la dana que sufrieron Valencia y otras zonas. Ante esa solicitud, el delegado del Gobierno, Francisco Martín, aportó una respuesta absurdamente burocrática para la ocasión: “Tienen que explicar y justificar esa solicitud”. Debía de ser el único español que no se había enterado de la magnitud del problema y necesitaba que se lo explicaran mejor.Sin embargo, el Gobierno se puso manos a la obra de inmediato y desplegó a la UME, bálsamo de todas las catástrofes. El ministro Óscar Puente escribiría más tarde en uno de sus mensajes en X: “Firman pactos que niegan el cambio climático. Reducen los servicios de prevención y extinción de incendios a la mínima expresión. Y después llaman pidiendo auxilio a ese gobierno al que insultan permanentemente y al que niegan toda legitimidad”.Al día siguiente de su solicitud al Gobierno, la presidenta madrileña invocaba ante los periodistas la ley que permite obtener la ayuda del Estado y explicaba la situación: “Hay que salvar vidas y dejarnos de estupideces”, dijo. Y agregó con su peculiar sintaxis: “Entonces, el primer mamarracho que se ponga por medio a calentar el ambiente, allá él. Allá su conciencia y allá su historia”.Unos medios, entre ellos Abc y La Sexta, entendieron que eso de “mamarracho” se dirigía a Martín; y otros, entre ellos EL PAÍS, creyeron que iba por Puente. Ayuso no había dicho quién podía ser ese mamarracho; y cuando en un mensaje se produce una ocultación o silenciación, el receptor rellena esa falta acudiendo al contexto que tiene más a mano o recuerda con mayor intensidad, incluso si eso lo induce a error.En cualquier caso, fue el ministro quien contestó: “(…) Si hay una mamarracha en España, esa eres tú”.En la rueda de prensa del viernes, un periodista, quizás más deseoso de avivar la polémica que de llegar a la verdad de los hechos, preguntó a la presidenta: “¿Qué le parecen las palabras de Óscar Puente…?”. Ayuso contestó “Lo ignoro por completo”; se supone que lo dijo con la intención de significar “lo desprecio”, “lo desoigo”, “lo desdeño”, “no lo considero”… o uno de tantos otros verbos a los que ha arrasado el nuevo sentido anglocentrista de “ignorar” (antes, “desconocer”). El periodista y los compañeros que lo rodeaban perdieron la oportunidad de preguntar si lo que venía diciendo Puente en X era cierto o no: “¿Es verdad que en Madrid se han reducido los presupuestos para la protección ambiental?”. Con ello habrían llevado la polémica al terreno de los hechos, para sacarla así de la dialéctica vacía que tanto triunfa entre las audiencias distraídas. A partir de ahí, habría sido interesante la discusión sobre cantidades y recursos, sobre lo que dicen los Presupuestos madrileños y las enmiendas que se presentaron en su día, sobre los medios que proponen unos y otros; sobre los hechos, los hechos, los hechos.Sin embargo, los insultos “mamarracho” y “mamarracha” desplazaron al debate de fondo y se sirvió carnaza para el desayuno.“Mamarracho” (“persona estrafalaria o ridícula”) constituye una muestra más de cuánto nos gustan a los hispanohablantes los insultos con reiteración vocálica, como “tarambana”, “ganapán”, “mangarrán”, “charlatán”, “soplagaitas”, “cantamañanas”, “macarra”, “haragán”, “cascarrabias”, “bocachancla”, “papanatas”, “bandarra”, “gañán”, patán”, “mequetrefe”, “enclenque”, “pelele”, “tonto”, “bobo”, “tosco”, “ñoño”, “soso”, “glotón”, “fofo”, “zorrocotroco”, “tiquismiquis”… De hecho, antes que “mamarracho” se dijo “momarracho” –alteración de moharrache, que a su vez procede del árabe vulgar muharrág, “bromeador”, “bufón” (Corominas y Pascual)–; de modo que la a de la sílaba inicial se impuso a la o previa, probablemente por su propio peso en la palabra.Los insultos de reiteración vocálica nos suelen parecer menos graves que los demás, así que aquí el enfrentamiento se ha quedado en el primer escalón de las faltas de respeto. Pero la gente sensata habría agradecido seguramente que, en lugar de subir peldaños en la espiral, los litigantes y los periodistas que los azuzan hubieran bajado al suelo de la escalera y hubiesen discutido sobre la realidad y los hechos, empezando obviamente por corroborar, contextualizar, ampliar, cuestionar o precisar los que había aportado Óscar Puente.