Por primera vez en años, siento que es maravilloso ser india. Justo cuando parecía no quedar ninguna esperanza, han aparecido: las jóvenes cucarachas que llegaron con la lluvia. Los descendientes de la unión profana entre un juez y un chiste. Todos conocemos la historia, pero la voy a repetir aquí, para que conste. En respuesta a un comentario arrogante y despectivo del presidente del Tribunal Supremo de la India, Surya Kant, que llamó “cucarachas” a unos jóvenes indios en paro, Abhijeet Dipke, un estudiante residente en Boston, publicó un comentario en Instagram: “¿Y si todas las cucarachas se unieran?”. Respondieron millones de personas. Y así nació el Partido Popular de las Cucarachas (Cockroach Janta Party, CJP). Dipke se convirtió en su flautista de Hamelín. Su primera exigencia fue la dimisión de Dharmendra Pradhan, el ministro de Educación [ayer dimitió, provocando la desconvocatoria de las protestas estudiantiles], que preside con aire de suficiencia un ministerio corrupto y podrido, en el que es habitual que se filtren los exámenes públicos: aproximadamente 152 desde 2014, según los partidos de la oposición. Estas filtraciones han destrozado la vida de millones de jóvenes que llevan años preparándose para ellos y cuyos padres, en algunos casos, han tenido que vender sus tierras o su casa para financiar los estudios de sus hijos y pagar las tasas de examen. Una nueva forma de extorsión legal. Tras la reciente filtración del examen de la Prueba Nacional de Elegibilidad y Acceso —a las facultades de Medicina— (NEET por sus siglas en inglés), 12 estudiantes desesperados se suicidaron. Mientras la indignación por el uso de la palabra “cucaracha” crecía hasta convertirse en un tsunami en internet, Dipke regresó de Boston el 6 de junio y fue directamente desde el aeropuerto a Jantar Mantar, el famoso lugar en el que se organizan las protestas en Delhi. El conocido activista y reformador educativo de Ladakh Sonam Wangchuk compareció con él y anunció que iniciaba una huelga de hambre indefinida. Seis estudiantes universitarios —Neha Bora, Manish Kumar, Aameen Amitosh, Danish Ali, Hrishikesh y Deepak, miembros de la Asociación de Estudiantes de la India (AISA), la rama estudiantil del Partido Comunista de la India (Liberación)— proclamaron que se sumaban al ayuno y se sentaron en un escenario vecino. Empezaron a surgir protestas en otras ciudades. A medida que el estado de salud de los huelguistas de hambre se agravaba, empezaron a llegar en persona a Jantar Mantar las masas de jóvenes cucarachas que se habían apoderado de internet. El CJP anunció que planeaban ir en manifestación hasta el Parlamento el 20 de julio, el día en el que se inauguraba el periodo de sesiones del monzón. Dos días antes de la marcha prevista, la policía sacó por la fuerza del escenario a Sonam Wangchuk y lo retuvo, primero en un hospital público y, más tarde, ante la insistencia de su esposa, en un hospital privado. Él continúa en huelga de hambre [al cierre de esta edición, Wangchuk había dado por concluido su ayuno]. Los estudiantes de AISA pusieron fin a la suya en la mañana del 20 de julio, día de la manifestación. Las cucarachas se adueñaron de la capital. Llegaron en tren, autobús, avión y metro, más numerosos con cada hora que pasaba. Horas antes de que los primeros rayos de sol iluminaran los cielos monzónicos de Delhi, empezaron a congregarse decenas de miles en Jantar Mantar. Al amanecer, era evidente que una generación de jóvenes desesperados y furiosos que habían visto con sus propios ojos desvanecerse su futuro iba a reivindicar algo a lo que las generaciones de sus padres y sus abuelos habían renunciado: nuestra dignidad como pueblo y como país. Nuestros derechos como ciudadanos de una democracia. Los manifestantes, con su valentía y su integridad —y con su sentido del humor—, han expurgado el miedo corrosivo que se ha vuelto connatural en todos nosotros. Cuando acababa el día ya estaba claro que el motivo de la protesta era algo mucho más importante que la pura reivindicación de los manifestantes o sus líderes. Dharmendra Pradhan es una minucia. Nos jugamos mucho más: la podredumbre de todo el sistema de gobierno, de arriba abajo, ha quedado al descubierto y ha empezado a apestar como un cadáver en descomposición. Hasta las cucarachas más pequeñas, niños de apenas siete u ocho años, supieron expresarlo con claridad. A pesar del nombramiento rápido y casi clandestino de un nuevo jefe de policía días antes de la manifestación y de los inquietantes rumores sobre la aterradora eficacia de nuestro aterrador ministro del Interior, tanto la policía como el ministerio erraron por completo sus cálculos sobre la magnitud del tsunami que se abatió sobre Delhi el 20 de julio. Lo intentaron todo. Bloquearon autobuses, carreteras y estaciones de metro. Fue en vano. Intentaron impedir el acceso a internet. Pero las jóvenes cucarachas —la generación de internet— desbarataron su campaña con un aluvión de memes y vídeos que hacían reír y llorar a la vez. En Delhi, nada menos que en Delhi, las chicas que formaban parte de la protesta dijeron que se sentían seguras entre la multitud, aunque algunas se quejaron de que las había manoseado la policía. Vimos a musulmanes, hindúes, cristianos, sijs, budistas, personas de todas las castas y clases sociales unirse, ayudarse y protegerse unas a otras mientras se enfrentaban a la policía. En lugar de sermonearnos o pronunciar grandes discursos, nos mostraron, nos demostraron, la India posible, la hermosa India de nuestros sueños. Ante semejante peligro, la policía plantó barricadas metálicas de color amarillo soldadas entre sí y su atrezo habitual: camiones llenos de piedras y vehículos ya dañados, para que pareciera que los jóvenes se habían vuelto violentos y la policía había tenido que defenderse. Llevaron un ejército de matones vestidos de civil, armados con porras y palos. Antes de entrar en acción, los miembros de la Fuerza de Acción Rápida (RAF, por sus siglas en inglés) se quitaron la placa identificativa del uniforme. Las grandes cadenas de televisión se prepararon para difundir fielmente las mentiras. (Algunas se adelantaron y empezaron a contar cosas que todavía no habían pasado. En la India, los informativos suelen hablar del futuro, no el presente). Todo inútil. La policía y la RAF blandieron sus lathis (bastones) de forma salvaje, partieron la cabeza a niños y les fracturaron brazos y piernas. Lanzaron gas lacrimógeno. Pero los jóvenes siguieron manifestándose. Derechos al Parlamento. Derechos a donde habían dicho que irían. A medida que se acercaban, las fuerzas de seguridad tomaron posiciones y apuntaron sus AK-47 contra los estudiantes desarmados. Pero las cucarachas siguieron adelante. Y con su marcha, arrebataron al régimen cualquier resto del guante de terciopelo que cubría el puño de hierro del Gobierno y lo dejaron tal como es, tal como siempre ha sido. Un puño de hierro fascista. Una confederación de brutos sin capacidad de comprender la historia ni la diversidad del país que gobiernan. Gente que solo sabe odiar, pero que no tiene ni idea de lo que es amar. Ni pensar.Cuando estaba ya cerca la manifestación, a nuestro valiente y fanfarrón primer ministro lo trasladaron a toda velocidad a un lugar seguro. A los miembros del Parlamento les impidieron salir del reluciente y nuevo edificio cuyo único propósito parece ser socavar la Constitución día tras día. A última hora de la tarde, la policía de­sa­lojó el escenario principal del lugar de la protesta. Al caer la noche, la gente lo había recuperado. Cuando los policías se retiraron hasta el día siguiente, las cucarachas los ovacionaron en pie. Por golpear niños. ¡Wah Modi ji! ¡Wah! [¡Bravo, señor Modi! ¡Bravo!, en referencia al primer ministro Narendra Modi].Es ingenuo pensar que esto va a derivar en un cambio político importante. Pero sería una estupidez no considerarlo más que un mero momento de euforia. No es extraño que las agencias de noticias y las cadenas de televisión, con sus retransmisiones en directo, estén plagadas de rumores, insinuaciones y teorías conspirativas que hablan de financiación extranjera y complots de la CIA. Yo, que soy una orgullosa andolanjeevi (“agitadora profesional”, el nombre despectivo que emplea Modi para referirse a gente como yo), confieso que, cuando todo empezó, yo también era suspicaz. Me preocupaba que nos dirigiéramos hacia otro momento como el de Anna Hazare: el supuesto movimiento popular de 2011 contra la corrupción que, fueran cuales fueran sus intenciones originales, acabó regalándonos tres mandatos de gobierno de un partido político que ha destruido todas las instituciones de este país, no hace ninguna distinción entre el partido y el Gobierno de la India, no respeta el país ni a sus ciudadanos y, en el plano internacional, nos ha avergonzado y ha puesto a la India de rodillas. Pero mis sospechas sobre el Partido Popular de las Cucarachas se desvanecieron cuando vi la hostilidad con la que los trataban los grandes medios de comunicación. Esa fue para mí la primera señal y la más tranquilizadora. Me emocionó que Abhijeet Dipke perteneciera a una comunidad dalit (intocable) y me emocionó todavía más que nadie le diera importancia. Todo cambió para mí cuando le oí decir: “Si me llamara Khalid, o si fuera musulmán, a estas alturas ya estaría en la cárcel”. Tuvo el valor de denunciar la vulgaridad con que funcionan las cosas en la India: el hecho de que en nuestro país no hay nada (ni siquiera, y sobre todo, la ley) que sea igual para todo el mundo. Todo depende por completo de la religión, la casta, la clase social, el origen étnico y el sexo de cada uno. Fue una observación profunda, expresada con sencillez. El hecho de que dijera algo así en público, cuando incluso los políticos de la oposición se limitan a hablar de “comunidad minoritaria” en vez de “musulmana”, por miedo a una “reacción violenta de los hindúes”, me animó a ir inmediatamente a Jantar Mantar. También sabía que, cuando Dipke eligió el nombre de “Khalid”, podía muy bien estar refiriéndose a Umar Khalid, el profesor de la Universidad Jawaharlal Nehru que, como Sharjeel Imam y otros muchos, lleva ya casi seis años en prisión sin que lo hayan juzgado. ¿De qué delito se le acusa? De exhortar a los manifestantes a no caer en la violencia durante las protestas de 2020 contra la Ley de Enmienda de la Ciudadanía, a pesar de que en esos momentos Delhi sufría una oleada de incendios provocados, asesinatos e incendios de mezquitas instigados por matones de patrullas ciudadanas hindúes bajo la mirada de una policía complaciente y, en ocasiones, incluso partícipe. Todas las peticiones de libertad condicional han sido denegadas por unos jueces que, por lo visto, han dejado de tener la valentía de hacer, o incluso comprender, lo que es justo. Mientras avanzaban las cucarachas, cada vez más numerosas, me vino a la cabeza una reflexión: “Menos mal que no son mayoritariamente musulmanes, ni sijs, ni cristianos, ni adivasi [los habitantes originales de la India]. Los habrían aplastado, matado, disparado o encarcelado. Gracias a Dios que no son cachemires. Quizá los habrían dejado ciegos (aunque algunos sí sufrieron heridas causadas por perdigones). Menos mal que son en su mayoría hindúes”. Así de triste es este momento en la India. Ahora bien, las cosas podrían variar en cualquier instante. Estamos en lo que llaman una “situación cambiante”. Hay noticias de que se está trasladando en avión desde otros Estados a miles de efectivos paramilitares. No sabemos qué va a pasar en los próximos días. ¿Cómo nos deja todo esto? A diferencia del movimiento de Anna Hazare, del que se informó de manera frenética e ininterrumpida día y noche durante semanas, en cientos de canales de televisión histéricos de los grandes grupos mediáticos, las cucarachas del PCJ solo cuentan consigo mismas y con internet. A diferencia del movimiento de Anna, en el que se infiltró y atrincheró la Asociación Patriótica Nacional (Rashtriya Swayamsevak Sangh, RSS), mientras el BJP de Modi se congregaba a las puertas, perfectamente dispuesto a aprovechar electoralmente el frenesí generado por la televisión, las cucarachas no tienen a ningún partido de la oposición esperando entre bastidores, preparado para tomar el relevo. La ira espontánea que estamos presenciando se disipará si no se lleva a cabo un verdadero trabajo político; si los adultos y los partidos de la oposición no aparcan sus maniobras y sus disputas mezquinas y muestran algo de solidaridad. El Gobierno sabe que hay pocas probabilidades de eso. Se mantiene impertérrito porque piensa que le basta con esperar. Los Estados tienen el poder de esperar. La gente, no. En estos momentos, la revuelta de las cucarachas es una más de las numerosas protestas que están desarrollándose en toda la India. Los adivasi de Madhya Pradesh se manifiestan contra el proyecto de conexión entre los ríos Ken y Betwa. Los habitantes de las aldeas de Uttarakhand protestan contra la tala masiva de árboles. La gente protesta contra la destrucción medioambiental de las islas Nicobar Mayores. Manipur es un hervidero. Los puestos de trabajo están desapareciendo. Los precios se disparan. La furia va en aumento. Y la utilización de la religión que hacen el BJP y la RSS está quedando en evidencia como lo que siempre ha sido: un engaño. Una fiebre del oro impulsada por mafiosos. El saqueo del templo de Ram en Ayodhya [el robo de donativos desde 2020 y denunciado en junio] nos ha proporcionado la representación de un mal guion de Bollywood: acicalados líderes espirituales y políticos corruptos que construyen hoteles, acumulan propiedades inmobiliarias y circulan en todoterrenos, enriquecidos a costa de la fe de los pobres e ingenuos. Los tentáculos de la corrupción y el robo a plena luz del día llegan hasta la cima. ¿Podrá la energía de las cucarachas sacarnos de este pozo? No es fácil. Un repaso rápido a los resultados de los movimientos populares en la India no invita al optimismo. Es una historia resumida de ambiciones menguantes y sueños rotos. En los años sesenta y setenta, varios movimientos —entre los que estuvo la rebelión armada de los naxalitas— exigieron la redistribución de la riqueza y las tierras para los labradores; los aplastaron. En los años ochenta y noventa, otros movimientos sociales, entre los que destacan el Narmada Bachao Andolan y, más tarde, los maoístas de Andhra Pradesh, Chhattisgarh y Jharkhand, lucharon contra la expulsión de los agricultores y las tribus indígenas de sus tierras. Es decir, pedían que no arrebataran a los pobres lo que les quedaba. También a ellos los aplastaron. En la primera década de 2000, ya no alcanzaban más que a mostrarse agradecidos por la Ley Nacional de Garantía de Empleo Rural (NREGA), el derecho a tres meses de empleo con el salario mínimo; una cantidad que equivale al precio de una buena comida en un restaurante caro de la ciudad. Pero el régimen también ha dejado de lado esa promesa y la ha sustituido por raciones de supervivencia —unas bolsas de provisiones con el rostro de Modi impreso— que arrojan con desdén a la gente, como las limosnas que se echan a los mendigos desde un coche en marcha, a cambio de gratitud y votos. Y, con todo, a medida que se va hundiendo la economía, también eso está en peligro. Hoy, en 2026, nos hemos visto reducidos a luchar por nuestro derecho al voto y nuestra ciudadanía. La Ley de Enmienda de la Ciudadanía (CAA), acompañada del Registro Nacional de Ciudadanía (NRC), es la versión del nacionalismo hindú de las Leyes de Núremberg aprobadas en 1935 por la Alemania nazi, mediante las cuales el Tercer Reich concedía la ciudadanía a los alemanes en función de sus “certificados de origen” (¿cuántas personas en la India tienen esos documentos?). El movimiento contra la CAA y el NRC fue desdibujándose después de que las protestas masivas desembocaran en el asesinato de manifestantes y el encarcelamiento de activistas. Pero sirvieron para que el Gobierno aplazara la aplicación de esas nuevas leyes. Sin embargo, la CAA y el NRC, que muchos consideraban —con razón— pensados sobre todo para los musulmanes, han vuelto a aparecer ahora con el nombre de SIR (Revisión Especial Intensiva) de los censos electorales. Se nos ha comunicado como si nada que ni siquiera el pasaporte es prueba de ciudadanía. Se está borrando a millones de personas de los censos electorales. El país entero ha emprendido una búsqueda desesperada de su “certificado de origen”. No sabemos cuál es nuestra situación. ¿Somos legítimos? ¿Ilegítimos? ¿Tenemos derechos? ¿Quiénes de nosotros acabarán en esos enormes centros de detención que se están construyendo para los “ciudadanos dudosos”? ¿Pasaremos todo el día corriendo de un tribunal a otro? Los fascistas adoran el caos y la confusión. Nuestro pánico y nuestra angustia pueden empujarnos a depositar demasiadas esperanzas en el movimiento de las cucarachas. Algunos ya lo han comparado con las revueltas juveniles que provocaron cambios de régimen en Bangladés, Nepal y Sri Lanka, pero la India es un país demasiado extenso para eso. Otros lo equiparan con el movimiento encabezado por [el político y activista] Jayaprakash Narayan que derrocó a Indira Gandhi en 1977. Sin embargo, esas comparaciones no sirven de nada. El Partido Popular de las Cucarachas no es nada de eso, tiene su propia identidad. Es un producto peculiar de su época. Son jóvenes vulnerables que se enfrentan a un Gobierno cruel y vengativo que ha demostrado ser despiadado con quienes se le oponen. No hay ninguna duda de que ya está tramando una venganza contra aquellos a los que considere los principales instigadores.¿Cómo es posible que un régimen que está volviéndose, a todas luces, enormemente impopular se atreva a no hacer ninguna concesión a quienes le votaron? Seguramente porque cree que ha conseguido manipular el proceso electoral y se ha apoderado de su maquinaria. La Comisión Electoral está llena de defectos en su propia composición y ya no podemos fiarnos de que sea neutral. Las máquinas de votación electrónica (EVM, por sus siglas en inglés) están manipuladas; en los censos electorales se ha eliminado a millones de personas reales y se ha incorporado a millones de nombres fantasma; la administración encargada de supervisar las elecciones ha dejado clara su total complicidad; podemos estar seguros de que los tribunales retrasarán peticiones o harán la vista gorda ante unas irregularidades más descaradas; la policía no tiene ni idea de qué es neutralidad; y la prensa se pone de rodillas cada vez que algún poderoso le chasquea los dedos. Las circunscripciones se van a rediseñar para garantizar que el BJP siempre salga beneficiado. ¿Qué tiene que temer el partido en el poder? ¿Por qué va a escuchar a nadie? Es el partido político más rico del planeta, respaldado por los empresarios más ricos del mundo. Puede comprar cualquier cosa. Y a cualquiera. O, por lo menos, así lo cree. Ahora bien, ¿este tira y afloja puede durar eternamente? ¿Se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo? ¿Se puede arrastrar sin fin a un país con una población de 1.500 millones de habitantes como si fuera un cadáver? No. Las cucarachas están por todas partes. Los agricultores han vuelto a hacer una marcha hasta ­Delhi, en esta ocasión para protestar contra el acuerdo comercial entre la India y Estados Unidos, la sentencia de muerte que el Gobierno ha aceptado firmar servilmente en su nombre. Se han cerrado los límites de la ciudad, pero no parece que eso vaya a detener a los manifestantes. Tal vez los demás podamos aprender de nuestros agricultores y de nuestras cucarachas a ser un poco más peligrosos. Los jóvenes nos han hecho un regalo. Ahora nos toca a todos nosotros, a cada uno de nosotros, conseguir que sus acciones tengan consecuencias. Cuando un primer ministro huye físicamente, no falta mucho para que tenga que huir políticamente. Pero este régimen no va a poner fácil su final. No va a tolerar que lo humillen en las calles de la capital. Es probable que haya sangre derramada. Los jóvenes están exaltados. ¿Cuánto tiempo va a tardar algún miembro de esa muchedumbre juvenil y exaltada en perder los estribos y dar a la policía una excusa para abrir fuego? El Gobierno va a hacer todo lo posible para avasallarnos; nosotros debemos hacer todo lo posible para impedirlo.