Pasada la polémica de la final del Mundial –y nuestros lamentos por la derrota y las difamaciones que recibimos–, el Gobierno quiere avanzar con su agenda de reformas, un tano deshilachada. El 1 de marzo prometió enviar diez proyectos por mes. Hasta ahora debería haber mandado cincuenta, pero mandó unos veinte y solo logró hacer aprobar cinco. Ser el Congreso más reformista de la historia es un poco difícil cuando no sabés qué hace tu jefe de Gabinete. Los gobiernos no solo deben hacer cosas para congraciarse con la opinión pública, pero algo deben concretar para que la ciudadanía sienta que está haciendo algo. Mucho más que nunca en esta fase de la historia. Sin embargo, nada de lo que viene proponiendo tiene impacto en la conversación pública, salvo cuando algún funcionario o el mismo presidente mete la pata con declaraciones que generan más rechazo que adhesión. El nuevo vocero no está ayudando mucho al Gobierno, ya sea por errores no forzados, como por falta de carisma. Empezamos a extrañar la soberbia de “Alhorni”. Si algún mérito político había tenido el Javo, fue su fenomenal capacidad de encarnar el cambio desde todo punto de vista. Nadie quedó indiferente a lo que hacía y decía. Era muy nítido. Pero claro, el tiempo va pasando, y la audiencia se va aburriendo, esperando novedades que no aparecen. O en todo caso surgen datos que no ayudan, como la nueva suba de la mora crediticia, malas noticias del EMAE en mayo, o la caída persistente del consumo masivo en junio. Sacar a los votantes de la angustia cotidiana es muy difícil, sobre todo cuando se consolidó a lo largo de un semestre, pese la mejora de la calificación de Moody’s o el boom exportador.