Durante los últimos días, Chile ha vivido uno de los episodios meteorológicos más severos de las últimas décadas. Una sucesión de sistemas frontales, alimentados por un intenso río atmosférico, descargó precipitaciones excepcionales desde el Norte Chico hasta el sur del país, provocando inundaciones, desbordes de ríos, aluviones, marejadas, vientos destructivos y miles de personas afectadas. En regiones acostumbradas a convivir con la escasez hídrica, como Coquimbo y Atacama, cayó en apenas dos días el equivalente a un año completo de lluvia, mientras que en la zona central las precipitaciones devolvieron nieve a la cordillera y permitieron una recuperación inédita de embalses que hasta hace semanas permanecían prácticamente vacíos.La emergencia dejó al descubierto dos caras de una misma realidad. Por un lado, una catástrofe que cobró vidas, destruyó infraestructura y obligó al despliegue de recursos en prácticamente todo el país. Por otro, un alivio hídrico largamente esperado después de un otoño y un comienzo de invierno marcados por la sequía. El contraste resume la paradoja del cambio climático, ya que los eventos fueron capaces de aliviar el déficit de agua, pero su intensidad superó la capacidad de respuesta de los territorios.Los últimos balances entregados por el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred) daban cuenta de una emergencia de gran magnitud, con 13 fallecidos en el conteo oficial (aunque hay otros tres individuos muertos asociados a las lluvias aún bajo investigación), decenas de miles de personas afectadas, miles de damnificados y albergados, más de cien mil personas que permanecieron aisladas durante el momento más crítico, además de desaparecidos, viviendas destruidas y daños generalizados en caminos, puentes y servicios básicos. Las regiones de Coquimbo y Atacama concentraron algunos de los impactos más severos, aunque las consecuencias alcanzaron desde Valparaíso hasta Los Lagos.Pero la emergencia no terminó cuando cesó la lluvia en el norte y centro del país. Días después del paso del sistema frontal, numerosas localidades siguen enfrentando las secuelas del temporal. Sectores rurales permanecían sin suministro estable de agua potable debido a daños en sistemas de Agua Potable Rural (APR), mientras brigadas continúan trabajando para restablecer el servicio eléctrico en localidades donde la caída de postes, el desborde de cauces y los deslizamientos dificultaban el acceso. En distintos puntos del Norte Chico persistían problemas de conectividad, con caminos destruidos, puentes socavados y rutas interrumpidas que mantienen comunidades parcialmente aisladas y obligaban a distribuir ayuda por vías alternativas. Las imágenes que dejó el temporal fueron inéditas para muchas comunas. Ríos que durante años habían mostrado caudales mínimos volvieron a correr con fuerza; quebradas habitualmente secas se transformaron en violentos torrentes; extensos tramos de carreteras cedieron por socavones; canales de regadío quedaron cubiertos por sedimentos; viviendas fueron inundadas y terrenos agrícolas terminaron bajo el agua. En Atacama, las intensas nevadas en las zonas cordilleranas provocaron aislamientos, mientras que en Coquimbo numerosos deslizamientos de tierra modificaron completamente el paisaje de quebradas y laderas. La remoción de barro, rocas y escombros continúa siendo una de las tareas más complejas para los equipos de emergencia.Para el climatólogo de la Universidad de Concepción e investigador del CR2 Martín Jacques, lo ocurrido constituye un evento meteorológico extremo de características poco habituales.La Serena, 20 de julio de 2026.