Nos viene grande. Ni capacidad, ni idea de cómo manejar un monstruo que año a año nos quema España de arriba a abajo. No tenemos conciencia de qué hacer o qué necesitamos preparar para que no vuelva a suceder. Ni lo prioritario que es esta pesadilla constante que nos acompaña cada vez durante más meses al año.En lo que va de 2026, en España se han quemado casi 160.000 hectáreas, más del cuádruple de lo quemado en el mismo periodo de 2025 y más que la media de los últimos 20 años. Esto pasa a las puertas de un nuevo acelerón en los termómetros, después de tres olas de calor en junio y julio (y las que quedan) y sin medidas de gestión diferentes, adecuadas a la era de súper incendios que nos ha tocado vivir.Mientras los cruces políticos destellan bajo el humo de los fuegos de sexta generación, que nos superan en todo, los ciudadanos nos preguntamos si esto tiene solución (más allá de la culpa real) y cuál es la fórmula racional para que nunca más vuelva a ocurrir un desastre natural y social de semejantes dimensiones.Incapaces (los políticos) de entender que lo que importa es avanzar y no volver a revivir estampas infernales como La Mierla, Burgohondo o Almorox -por enunciar hoy unos pocos puntos-, los ciudadanos seguimos llorando al ver un mapa en rojo (ahora me toca a mí en La Adrada, mi jardín, que no volverá a ser igual nunca más), o toda la sierra noroeste de Madrid, Cataluña, Andalucía, Extremadura, Castilla - La Mancha, Castilla y León, Aragón, Cantabria, Asturias, Galicia, Navarra… porque el drama aparece cada año en cualquier rincón verde de España y recorre la geografía superando cualquier versión política o gestión raquítica. Municipios enteros quemados, que se dice pronto. Ni dinero suficiente, ni conocimiento de prevención, ni estilo de vida rural compatible con un mantenimiento sostenible.Año a año vivimos con miedo al sonido del helicóptero. Quien pasa tiempo en el monte sufre de esa psicosis sonora. La piel de gallina. Desde La Adrada, hemos visto quemarse nuestra sierra, el valle de Iruelas, Pedro Bernardo, Casavieja, Lanzahíta, Navaluenga, Cebreros, El Tiemblo… Arreones de puños cerrados, rabia concentrada y cruzar los dedos para que “este año no toque aquí”. El monte, siempre sucio y desasistido. Una certeza que siempre se repite y que vemos. Negligencias, acciones voluntarias o inacción descontrolada. Cualquier rayo de una tormenta de verano nos puede partir el alma.Y el problema parece ser que los incendios solo importan cuando se nos queman nuestras propias plantas o las llamas se dejan ver por los grandes núcleos urbanos. Esa es la conciencia individual. Y que mientras tanto, nos ocupamos en señalar al que dice y no hace o al que hace y no sabe. Y esto me recuerda al típico retén de montaña, de gente desconocida, que cuando van a empezar a limpiar, todo es adverso y descontrolado. Hasta que llega el calor del fuego a la cara y ahí se disipan las diferencias y se empieza a remar todos a una. Quizás sea buena fórmula que los propios políticos se remanguen como el resto de ciudadanos y muevan tierra unos con otros para despertar esa conciencia colectiva. Porque el monte (de todos) depende de una fuerza única que combata una lacra infinitamente superior a nuestra incapacidad de ponernos de acuerdo, de pensar en el bien común y de aportar los recursos necesarios.Ni sabemos, ni lo entendemos. Y así, el fuego nos ganará todas las batallas.
No estamos preparados para estas catástrofes
'En lo que va de 2026, en España se han quemado casi 160.000 hectáreas, más del cuádruple de lo quemado en el mismo periodo de 2025 y más que la media de los últimos 20 años'.















