Pluma invitadaSoñaba con una selección celebrando una hazaña con honor, humildad y grandeza.

Como muchos guatemaltecos, crecí en un hogar profundamente hincha de la selección argentina. Nunca cuestioné esa afición. Con el tiempo entendí que nació cuando mi padre era un niño en Zacapa, en las décadas de los 40 y 50. La poca información futbolística que llegaba a Guatemala provenía de revistas como El Gráfico y Clarín. Fue así como se enamoró del futbol argentino, y ese cariño se heredó de generación en generación. Durante mi infancia, los partidos de la Albiceleste eran eventos sagrados. Mi padre y yo veíamos algo más que un simple partido: veíamos historia, veíamos arte, veíamos a jugadores que nos enseñaban que el futbol podía ser una forma de expresión noble.

Como muchos aficionados, yo también albergaba la ilusión de ver a Lionel Messi conquistar un segundo mundial y escribir una página aún más grande en la historia del futbol. Soñaba con una selección celebrando una hazaña con honor, humildad y grandeza. Messi había sido siempre la antítesis de la arrogancia: un genio que nunca necesitó provocar para demostrar su grandeza. Esperaba que este mundial fuera la consagración definitiva de ese legado, no solo en lo estadístico, sino en lo humano.