Donald Trump completó este viernes una tarea que dejó a medias el pasado 25 de abril, cuando un tipo llamado Cole Allen —con planes para, presuntamente, matarlo— trató de irrumpir a tiros en la cena de Corresponsales de la Casa Blanca. Noventa días después, Trump cumplió con lo que estaba a punto de hacer aquella noche, y que ha resultado ser un discurso lleno de insultos contra periodistas, mentiras, exageraciones acerca de los logros de su Administración y ataques sin gracia a sus enemigos políticos en un acto organizado en defensa de la libertad de prensa al que acudía por primera vez en calidad de presidente tras una década de tratar de sabotearlo con su indiferencia.“Como dije hace tres meses, el espectáculo debe continuar”, afirmó Trump sobre la repetición de la fiesta al principio de su discurso. Estaba llamado a ser algo parecido a un monólogo cómico, pero acabó rápido pareciéndose a uno de sus mítines MAGA (Make America Great Again). En él, proclamó que “Estados Unidos no cede ante la violencia política” y que es un país que “resuelve sus diferencias con un debate abierto y vigoroso, no con el recurso a las balas, por más que se empeñe un lunático”. También bromeó en dos ocasiones (o, al menos, dijo que bromeaba) con la opción de presentarse por tercera vez, pese a que la Constitución se lo impide. A la segunda oportunidad, casi al final de una soporífera intervención de 64 minutos, se puso una gorra roja que decía “Trump 2028″, año de las próximas presidenciales. La cena la organiza anualmente la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, que engloba a una parte de los reporteros que cubren en Washington el día a día del poder ejecutivo. Muchos de esos profesionales volvieron a vestirse de gala para confraternizar por unas horas con aquellos a cuya fiscalización se dedican. Y esta segunda vez, como la primera, la pregunta fue si con la celebración no estarían legitimando, a golpe de brindis y sonrisas y a cambio de un poco de acceso e influencia, tal vez las drogas con más adictos de la capital estadounidense, al presidente que más ha atacado a la prensa en la historia reciente de Estados Unidos. En la gala del 25 de abril, cinco disparos interrumpieron la fiesta a la altura del primer plato. Fue cuando Allen quiso, según se supo después gracias a un manifiesto que dejó escrito y enviado a algunos miembros de su familia, matar a cuantos miembros de la Administración de Trump le fuera posible. “Fue un intento de asesinato masivo”, advirtió el presidente en su discurso de este viernes.Allen no sorteó el cordón de seguridad del Servicio Secreto del hotel en el que se celebraba la gala. Los agentes lo redujeron antes de que bajara el tramo de escaleras que lo separaba de la puerta al salón, atiborrado con 2.200 invitados. Esa proximidad provocó las críticas a un acto a todas luces torpemente blindado, que acabó convirtiéndose en el escenario del tercer intento de asesinato contra Trump.La cita del viernes no fue, con todo, un regreso a la escena del crimen. La fiesta era esta vez en el hotel Waldorf Astoria, que una vez fue propiedad de Trump, en lugar de en el Hilton de la capital estadounidense, a cuyas puertas Ronald Reagan sobrevivió el 30 de marzo de 1981 a un magnicidio.También fue una convocatoria más reducida; el salón tenía más o menos un cuarto de la capacidad del original. Y la cosa transcurrió, consecuentemente, con mayores medidas de seguridad, lo que dio pie a Trump para uno de sus primeros chistes, antes de que el discurso descarrilara y los asistentes se dedicaran a repasar mentalmente la lista de asuntos pendientes de la próxima semana y a mirar fijamente sus móviles. “Entiendo que os ha resultado difícil encontrar unos zapatos que fueran juego con el chaleco antibalas”, dijo el presidente, “y entiendo que no queríais aparentar 10 kilos más de peso”. “Serio y divertidísimo”A la derecha del presidente de Estados Unidos se sentó su portavoz, Karoline Leavitt, que había prometido horas antes que el discurso que se disponía a dar el jefe sería “feroz al tiempo que unificador; y serio a la vez que divertidísimo”. Fue otra de sus apreciaciones reñidas con la verdad. Entre los que repitió también estaba el ilusionista Oz Pearlman, convocado por la asociación en lugar del tradicional cómico para no incomodar a Trump. Antes de que este se pusiera tras el atril, le resultó a ratos complicado mantener los ojos abiertos, atrapado como parecía en una un tanto desesperada lucha por no quedarse dormido mientras entregaban premios a reporteros que firmaron exclusivas desfavorables con él, se rendían homenajes como el que recibió Victor Gonzales, agente del servicio secreto que contribuyó a reducir a Allen, y se escenificaba el cambio de presidenta en la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca. La velada no solo supuso para Trump una vuelta al hotel del que una vez fue dueño (y que se convirtió en un centro de la corrupción en su primera presidencia, antes de que se viera obligado a venderlo). También marcó el regreso al lugar en el que en 2011, la última vez que asistió a una cena de corresponsales, el entonces presidente, Barack Obama, se metió con él durante su monólogo (aquel sí, bastante gracioso). Trump era un magnate inmobiliario que había expresado su intención, para casi nadie realista, de mudarse a la Casa Blanca. “Fue duro conmigo”, dijo este sobre las pullas que le dedicó Obama, “pero también justo”. En su discurso de este viernes, el presidente honró a su manera una de las tradiciones de este tipo de intervenciones, en las que el orador se ríe de algunos de los miembros de la audiencia. El chiste más gracioso fue sobre el secretario de Sanidad, Robert F. Kennedy Jr, del que, en una referencia a una de las más extravagantes anécdotas del sobrino de JFK, dijo que había atropellado a la vaca de la que salieron los solomillos servidos en la cena. Trump también se metió con algunos personajes no presentes de la política estadounidense. Aunque esos ataques se parecieron bastante a los que lanza cada día desde su Truth. Fue contra Jimmy Kimmel, el cómico cuyo despido de NBC trató de forzar sin éxito en septiembre pasado, contra las actrices Rosie O’Donnell y Jane Fonda, reconocidas críticas del republicano, o contra los gobernadores de Illinois y California, J. B. Pritzker, al que llamó “cerdo gordo”, y Gavin Newsom. Repitió chistes gastados y bulos como el que dice que la congresista de Minnesota, Ilhan Omar, se casó con su hermano para conseguirle los papeles (“tenemos que sacarla del país de una puta vez”, dijo, aunque es ciudadana estadounidense). Usó la palabra “palestino” como si fuera un insulto y cargó contra la periodista de la CNN, Kaitlan Collins, a la que comparó con una influencer trans, chiste al que los asistentes respondieron con frialdad. En un gesto involuntariamente irrisorio, la cadena emitió un comunicado defendiendo el trabajo de sus reporteros. Trump despidió su discurso con la parte que tal vez condujo a Leavitt, su portavoz, a definir el monólogo como “unificador”. Fue también otra invitación a asomarse a su personalidad ególatra de Trump y a su contradictoria obsesión con los medios: “Ustedes”, les dijo a los reporteros allí presentes, a los que contó que aprecia después de todo, “no tienen ni idea de la suerte que tienen. Cuando yo no esté, todos se irán en la ruina. Su modelo de negocio se habrá acabado. No tendrán nadie sobre quien informar”. Antes, en lo más parecido de la noche a una confesión, explicó esa esquizofrénica relación de amor-odio. “Hace tiempo que aprendí que si hablas con un periodista, al menos tienes un oportunidad de influir en lo que va a escribir”. En su segunda presidencia, ha puesto en práctica como nunca esa estrategia: trata cada día con decenas de reporteros. Muchos de ellos estaban este viernes presentes en el salón. Y algunos siguen confundiendo esa locuacidad y el acceso que les brinda con un ejercicio de transparencia.