Si no se va, no se ve. Esa idea sobrevuela contantemente la conversación con la reportera de guerra colombiana Catalina Gómez Ángel (Pereira, 53 años), que recibe este viernes el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2026 en una ceremonia en Bogotá. Afincada desde hace ya casi 20 años en la República Islámica de Irán, ha sorteado todo tipo de obstáculos. Dedicada a informar también sobre la invasión rusa de Ucrania en los últimos años, la Fundación Gabo destaca su “valentía, independencia y rigor narrativo al cubrir algunos de los conflictos más complejos del mundo contemporáneo desde una mirada latinoamericana que pone a las víctimas y a la experiencia humana en el centro de la historia”.A Gómez le gusta ir a ver con sus propios ojos lo que está pasando. La lista es extensa. Ha cubierto conflictos y movimientos sociales en Siria, Palestina, Irak, Egipto, Líbano, Turquía o Afganistán para Caracol Radio, France 24, La Vanguardia o la Cadena SER, entre muchos otros. “Catalina Gómez se mueve con soltura en los países más complejos y violentos del mundo, y uno, al ver cómo se desenvuelve por ahí como si tal cosa, lo único que siente es admiración, respeto, y unas ganas irreprimibles de oír sus historias, de casi no creer que sean verdad, y luego, al saber que lo son, de abrazarla y darle las gracias por todo lo que ha vivido, por todo lo que nos ha contado y por todo lo que nos ha hecho ver”, escribe Héctor Abad Faciolince en Ahora y en la hora (Alfaguara). Ambos, escritor y reportera, departían en junio de 2023 junto al excomisionado de paz Sergio Jaramillo y la escritora ucraniana Victoria Amelina cuando un misil ruso redujo a escombros un restaurante en la ciudad de Kramatorsk (región de Donetsk), el ataque que acabó por provocar la muerte de Amelina. “La pérdida está ahí. Pero es una guerra. Y pasó. Como cada ucraniano o cada iraní que vive con ese dolor, tenemos que seguir”, dice Gómez este mediodía en un café del norte de Bogotá sobre un episodio traumático del que ha hablado en muy contadas ocasiones. No quiere volver a ser identificada como alguien que ha sido víctima en Ucrania: “Los periodistas no somos el centro de atención”. Pregunta. ¿Qué siente cuando regresa a Pereira?Respuesta. Siento casa. O más que eso, pues tengo muchas casas, siento el lugar de donde naturalmente soy, al que pertenezco, donde todo me resulta familiar. Todo. Los símbolos, los olores, las expresiones, la manera de vestir, el saludo del señor del aeropuerto. Es muy bonito, porque está la familia, pero también los dolores, las pérdidas, las personas que ya no están. Me encanta despertarme en Pereira, pero cada vez que voy me recuerdo que es simplemente por un ratico. P. ¿El hogar ya está en Teherán?R. Parte. Sí, tengo un hogar en Teherán, pero en cualquier momento puede desaparecer. Estamos en un cambio dentro del sistema de la República Islámica. No sabemos hacia dónde. Ahí tengo mis gatos, pero cuando llego a Ucrania también siento que se ha convertido en otro hogar. Vivo en esa dualidad. Tengo parte de mis cosas en Teherán, parte en Kiev y paso mucho por Madrid, que también considero mi casa. P. ¿En qué momento nace esa fascinación por Irán? ¿Cómo acaba una periodista de Pereira como corresponsal de guerra en Oriente Medio y Ucrania?R. Lo de Irán en concreto, no lo sé. Lo de Oriente Medio, hay muchos factores; los libaneses que vivían en Pereira, las historias que veía, las noticias internacionales que leía en el periódico… Quería ser periodista desde que me conozco. El corresponsal, el que contaba el mundo, estaba ligado a Oriente Medio. Irán me atraía enormemente, estaba obsesionada, y entendía que era fundamental en esa región. El Irán que me gusta narrar es el de la calle, las transformaciones sociales, el de la lucha. Sumado a eso, yo no quería ser periodista de escritorio. Tuve que aprender a ser corresponsal desde cero, viendo a otros. La formación de un periodista es también trabajar en comunidad. P. Usted es periodista, extranjera y mujer en la República Islámica de Irán, un país que se antoja impenetrable. R. Ha cambiado, muchísimo. Al principio fue toda la fascinación de encontrarme con las dificultades, todavía descubriendo. Yo ya había viajado a Irán, pero no es lo mismo que vivir. Cuando llegué no era posible alquilar un apartamento como extranjera y como mujer; hoy viven solas en apartamentos, en aquel momento no. El velo era súper estricto, estábamos en un cambio hacia [el presidente Mahmud] Ahmadineyad y había muchas cosas que las mujeres en su lenguaje corporal no hacían. Para mí fue un choque cultural inmenso. Solo cuando me dieron la residencia, pude viajar por la región. Me costó tiempo. Nunca ha sido fácil, pero tenemos mucha más vida pública que antes. Esto lo han cambiado las nuevas generaciones, que cada vez pelean y luchan más. Ha sido muy bonito ver esa transformación, poder estar con ellas. También ha sido la transformación de mi vida.P. ¿Hay grietas ahora mismo en el sistema de poder iraní?R. Como cualquier sistema político, tiene, en teoría, rupturas. ¿Qué tan profundas? Esa es la gran pregunta. Hoy la que manda es la Guardia Revolucionaria. Tiene un control aunque está lejos de ser una unidad, hay diferentes facciones. No sabemos muy bien realmente donde está parado el nuevo líder supremo. Cada quien lee el mensaje desde lo que le interesa. La represión se vuelve a ver contra las mujeres, contra los cafés; quieren volver a imponer este estilo de vida pero creo que no van a poder. Irán está en un momento extremadamente trascendental. Van a ser meses y años difíciles, e interesantes. Es imposible leer el futuro: por eso hay que estar ahí. P. Después de Irán, y antes de cubrir también la invasión rusa en Ucrania, estuvo en Siria, Irak, Afganistán, Gaza… ¿Cómo se aprende a cubrir conflictos?R. Solamente podemos hacer este oficio cuando encontramos gente que cree que es importante contar el mundo. Hacer periodismo de conflictos cuesta, se aprende con la experiencia, con los errores cometidos. Y mirando, observando a los que ya lo saben hacer. Hay que ir con la mente abierta a entender que cada conflicto es diferente, que cada país es diferente y que cada zona tiene sus reglas. Hay que aprender a escuchar mucho a los locales, a tu equipo local. Ellos son los que realmente conocen el terreno. Muchos de mis mejores productores han salido de gente que nunca en su vida había trabajado en este oficio pero era curiosa, conocía la zona, les interesaba las noticias y quería contar. Hay que tener esa apertura a adaptarse. No frustrarse porque algo no sale como uno quiere. En los conflictos nada sale como uno quiere. P. Han pasado tres años después desde que un misil ruso estalló a su lado y mató a la escritora ucraniana Victoria Amelina en Kramatorsk. ¿Da por superado ese trauma?R. Sí. El dolor sigue. Es la ausencia de una persona que se quiere mucho, como la de mi madre. La pérdida está ahí. Pero es una guerra. Y pasó. Como cada ucraniano o cada iraní que vive con ese dolor, tenemos que seguir. Era una mujer absolutamente admirable, de la cual aprendí mucho. P. ¿Cómo logró mantener la compostura para salir al aire apenas instantes después de ese ataque?R. No sé por qué lo hice en ese momento, sentí que era importante. El otro día me pasó una cosa, cayó un misil frente a mi casa en Kiev. Cuando salí del metro, la puerta de mi edificio no existía. Subí las escaleras, todos los vidrios estaban rotos, la puerta de mi casa estaba abierta, todo caído. Los edificios de atrás estaban en llamas. Y ese día no quise hacer nada. Pude haber hecho lo mismo, pero no lo hice. Tal vez hubiera sido importante también contar que eso había ocurrido en el centro de Kiev, en un área residencial, un lugar de civiles, pero no quería volver a ser identificada como alguien que había sido víctima en Ucrania. No quería volver a ser el centro de atención. Los periodistas no somos el centro de atención. P. ¿Por qué vale la pena contar el mundo?R. Creo que hay gente que quiere entenderlo. Entonces, para mí es un honor entenderlo desde el terreno, tenemos que entender la sociedad donde vivímos, pero también contarlo vale la pena. Así sea una sola persona la que está sentada en el otro lado, queriendo leer cómo es ese mundo, tiene la oportunidad de hacerlo. Yo le agradezco muchísimo a quienes me lo contaban en su momento. Vale la pena, no vivimos aislados.
Catalina Gómez Ángel, ganadora del Premio Gabo: “Los periodistas no somos el centro de atención”
La corresponsal de guerra colombiana, con un pie en Irán y otro en Ucrania, recibe este viernes el Reconocimiento a la Excelencia por su “valentía, independencia y rigor narrativo”








