No por repetirse en todos los conciertos resulta menos llamativo: las luces se apagan, suenan los primeros acordes y, antes incluso de que el artista aparezca sobre el escenario, miles de pantallas iluminan el recinto. Durante unos segundos, el público contempla el espectáculo a través del teléfono móvil, el propio o los ajenos. Algunos grabarán una canción o tomarán un par de fotos. Otros probablemente registren el concierto entero para desgracia de los que tienen detrás. Cuando termine la noche, algunas de esas imágenes se compartirán en redes, pero la mayor parte permanecerá almacenada en una memoria digital para nunca más volverse a revisar.Ante esta realidad, una corriente cada vez más visible dentro de la música en directo está cuestionando e intentando poner freno a ese hábito. Algunos artistas han comenzado a pedir (o a obligar) a sus seguidores que guarden el teléfono durante toda la actuación. En determinados casos, incluso sellan las cámaras con pegatinas o utilizan fundas especiales que impiden acceder al dispositivo hasta que finaliza el espectáculo. El objetivo: conseguir que la atención vuelva al escenario y que el concierto deje de vivirse como un “contenido” destinado a las redes sociales.Este fenómeno, que durante años solo estaba presente en determinados clubes de música electrónica de Berlín, empieza a extenderse a otros escenarios internacionales. La cantante Phoebe Bridgers es una de las figuras que ha impulsado últimamente esta tendencia, pero no está sola. Otras estrellas del pop como Mitski, Alicia Keys o figuras más rockeras como Bob Dylan o Jack White también lo han hecho. En el mundillo electrónico, artistas de la talla del dúo de techno melódico Mathame, también han convertido los conciertos sin móviles en uno de los ejes de su propuesta artística. De hecho, el próximo 24 de julio trasladarán ese formato al club Nitsa de Barcelona.La batalla por recuperar el instantePara Mathame, prohibir el uso del teléfono durante sus actuaciones no responde a una estrategia de marketing ni a un gesto nostálgico. La decisión nace de una reflexión mucho más profunda sobre la manera en que consumimos la música.“Es bueno tanto para nosotros como para la gente que baila poder vivir noches en las que simplemente te sumerges en la música, sin pensar constantemente en el contenido que vas a generar”, explican a través del correo electrónico. Los hermanos Amedeo y Matteo Giovanelli, componentes del dúo, consideran que el acto de bailar siempre ha tenido un componente ritual que se ha ido diluyendo conforme las pantallas han invadido las pistas de baile. En su opinión, la necesidad permanente de registrar lo que ocurre modifica el comportamiento colectivo.“El origen antropológico del baile está relacionado con el éxtasis, el trance y el ritual”, apuntan. “Cuando permaneces siempre conectado y pendiente de capturar el momento acabas convirtiéndote en una extensión del teléfono, en lugar de que el teléfono sea una extensión de ti. Ahí es donde desaparece la parte dionisíaca del baile”.Su propuesta consiste precisamente en invertir esa lógica. Durante unas horas desaparecen los móviles y también la presión de construir un recuerdo pensado para Internet. “Queremos recuperar el espacio para el caos, la improvisación, el olvido y la poesía del momento. Sin juicios, sin pantallas y sin filtros. Solo la música y las personas. Esa sensación resulta profundamente liberadora”, aseguran.La idea conecta con una tradición muy arraigada en algunos templos europeos de la música electrónica, especialmente en Berlín, donde la privacidad forma parte de la cultura del club desde hace décadas. Mathame reconocen que ese ambiente les ha servido de inspiración, aunque su planteamiento trasciende la simple prohibición tecnológica.“Hay algo que tiene que ver con lo sagrado y con lo místico”, explican. “Existen experiencias que simplemente no necesitan ser contadas. Como decía Wittgenstein, de aquello de lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio. Nosotros intentamos recuperar precisamente ese silencio, el valor de lo irrepetible”.Vivimos para compartirAnte estos argumentos tan convincentes, surge la pregunta. ¿Por qué sentimos la necesidad casi automática de sacar el teléfono cada vez que presenciamos algo extraordinario?Para Dolors Reig, psicóloga social especializada en comportamiento digital e hiperconectividad, la explicación tiene bastante que ver con la naturaleza social del ser humano. “Siempre hemos sentido ganas de compartir lo que vivimos. Antes hacíamos fotografías o diapositivas durante los viajes para enseñárselas después a la familia o a los amigos. Esa necesidad existía mucho antes de las redes sociales”, apunta.La diferencia es que internet ha multiplicado esa inclinación natural. “Las redes han amplificado una característica muy humana”, continúa. “Compartimos porque queremos mostrar experiencias bonitas, pero también porque existe un componente altruista. Cuando contemplas algo hermoso surge el deseo de que otras personas también puedan disfrutarlo”.Desde esta perspectiva, sacar el teléfono durante un concierto es una consecuencia lógica de una cultura que nos impulsa a conectarnos con los demás, por el medio que sea.Los primeros minutos sin móvilCuriosamente, quienes acuden a conciertos libres de teléfonos describen un patrón psicológico muy parecido. Durante los primeros minutos aparece cierta inquietud. Después llega una fuerte sensación de alivio. Reig encuentra una explicación clara a este fenómeno. “Existe una falta de costumbre de no usar el teléfono”, apunta. “También influye el FOMO, el miedo a perderse algo mientras permanecemos desconectados. Es normal que las generaciones que han nacido rodeadas de pantallas experimenten esa ansiedad inicial al no tener el dispositivo en las manos”.Sin embargo, ese malestar suele durar poco. “Una vez desaparece esa preocupación, las personas empiezan a vivir realmente el concierto”, explica Reig. “Cuando estás pendiente del móvil inevitablemente se escapan muchos detalles de lo que sucede alrededor. Si el móvil desaparece, la atención se centra mucho más en lo importante”.La especialista establece además una diferencia entre quienes crecieron antes de la hiperconectividad y quienes siempre han convivido con ella. A los primeros les cuesta menos huir del teléfono. “Las generaciones anteriores ya alternábamos de manera natural los momentos en los que compartíamos y los momentos en los que simplemente disfrutábamos de una experiencia. Quienes han nacido completamente conectados tienen que aprender conscientemente a vivir ciertas situaciones sin sentir la necesidad de retransmitirlas a través de su teléfono”.Una experiencia que transforma al públicoA pesar de esto, Mathame asegura que el cambio de comportamiento se percibe desde el mismo momento en que los asistentes entran en la sala y reciben la pegatina que cubre la cámara del teléfono.“Aparece una especie de magia. De repente entran en un espacio donde pueden relajarse, donde el ego pierde importancia y desaparece el miedo a ser juzgado”, explican. Y esa transformación acaba modificando la energía colectiva del concierto. “La mayoría de la gente nos da las gracias cuando termina la actuación. Evidentemente siempre hay alguna persona a la que le cuesta desprenderse de esa necesidad de grabar, pero son casos aislados. Lo importante es que el público comparte la filosofía de la experiencia”.No obstante, la viralidad y las redes sociales se han convertido hoy en día en un pilar básico de la industria musical. Apostar por un concierto del que apenas existirán imágenes supone asumir un riesgo evidente. Mathame es plenamente consciente de ello y, precisamente por eso, considera que merece la pena. “Hay festivales concebidos para impresionarte visualmente y es fantástico que esas imágenes circulen por Internet. Nosotros proponemos exactamente lo contrario. Es el otro lado de la moneda. Igual que el yin necesita al yang, creemos que ambas formas de vivir la música pueden convivir”.¿Una moda pasajera o el inicio de un cambio?Dolors Reig cree que detrás de este fenómeno existe un deseo de recuperar formas de sociabilidad que habían quedado relegadas, aunque también invita a interpretar el movimiento con prudencia.“Puede haber un intento de volver a una experiencia comunitaria más local, menos condicionada por las distracciones que generan las redes sociales y por esa individualidad conectada en la que estamos permanentemente pendientes del exterior”, asegura.La experta, sin embargo, recomienda prudencia a la hora de asegurar que este modelo vaya a sustituir la forma habitual de asistir a conciertos. “Creo que seguiremos compartiendo fotografías y vídeos de festivales y demás experiencias porque forman parte de nuestra manera de relacionarnos”, apunta. “Hacer una foto y enviársela a nuestros contactos no elimina necesariamente la experiencia de haber vivido el concierto”.Para Reig, el problema no reside tanto en el teléfono, sino en el uso que cada persona haga de él. “Siempre existirán distintos perfiles. Habrá quien prefiera apagar completamente el móvil durante una actuación porque disfruta más así. Otras personas harán dos o tres fotografías y guardarán el teléfono. También habrá quien retransmita prácticamente todo el concierto. Esa diversidad forma parte de nuestra libertad”.En su opinión, limitar de forma generalizada el uso de móviles tampoco constituye la solución definitiva. “Los dispositivos tecnológicos ya forman parte de nuestra vida y amplían muchas de nuestras capacidades”, explica. “Limitar su uso de manera sistemática tiene poco sentido. Cada persona debería poder decidir cómo quiere vivir esa experiencia”.La memoria también necesita espacios vacíosDe cualquier modo, esta discusión trasciende el ámbito de la música. En realidad plantea una cuestión mucho más amplia sobre nuestra relación con nuestros recuerdos.Durante décadas las fotografías servían para conservar momentos excepcionales. Hoy documentamos escenas cotidianas con una facilidad nunca vista. Paradójicamente, cuanto más registramos nuestra vida, más difícil parece recordar algunos de esos instantes.Diversos estudios sobre atención han mostrado que el uso del teléfono móvil reduce nuestros niveles de atención y empeora nuestra memoria. En un concierto eso significa que alternar entre escuchar, encuadrar, comprobar el enfoque, revisar la grabación y decidir si merece la pena publicarla o no, son acciones que fragmentan la experiencia de forma continua y nos impiden recordarla bien.Los artistas que impulsan los conciertos sin móviles buscan precisamente interrumpir esa dinámica. Durante unas horas desaparece la posibilidad de producir contenido y toda la atención vuelve a concentrarse en el escenario, en la música y en quienes comparten ese momento.La experiencia frente al algoritmoLa cuestión sigue abierta. Las redes sociales continúan siendo una herramienta fundamental para la promoción musical y resulta difícil imaginar grandes giras renunciando por completo a la difusión espontánea que generan millones de vídeos compartidos por los propios asistentes. Al mismo tiempo, cada vez más artistas exploran formatos que devuelven protagonismo a la experiencia presencial y reducen el peso de la documentación constante.Quizá la cuestión ya no consista en elegir entre vivir el concierto o grabarlo, sino en encontrar un equilibrio entre ambas formas de participar. Unas pocas fotografías pueden convertirse en un recuerdo real. Pero pasar dos horas mirando el escenario a través de una pantalla puede transformar un espectáculo en una sucesión de clips destinados al olvido.