Durante un mes, México fue el escaparate del futbol mundial. Los hoteles elevaron tarifas, los aeropuertos cambiaron sus rutas y miles de aficionados caminaron por Reforma, Monterrey y Guadalajara con la camiseta de su selección. Pero cuando el torneo terminó y llegó la hora de contar el dinero, la historia fue menos brillante que las postales: hubo menos turistas de los esperados, una ocupación hotelera que cayó en dos de las tres sedes y una derrama económica inferior a la proyectada.
El Mundial sí llenó los estadios, pero no todas las cajas registradoras. La ciudad volvió a respirar con normalidad mucho antes de que terminara julio. Las vallas desaparecieron del Ángel de la Independencia, los vendedores recogieron las últimas banderas y los hoteles volvieron a publicar tarifas parecidas a las de cualquier verano. Sin embargo, detrás de esa aparente normalidad quedó una pregunta que las cifras todavía no responden del todo: ¿el Mundial realmente dejó el negocio que México esperaba?
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El reporte de Deloitte ofrece una respuesta menos triunfalista que la narrativa de las tribunas. México recibió 494 mil turistas, muy lejos de los 836 mil previstos antes del torneo. El impacto económico alcanzó 2,543 millones de dólares, equivalente apenas al 0.12% del PIB, por debajo de la estimación inicial, mientras que la generación de empleo temporal también quedó corta. La infraestructura cumplió prácticamente con lo proyectado; el consumo del visitante, no.













