Sería ingenuo atribuir ese fenómeno exclusivamente al fútbol. El presidente argentino, Javier Milei, ha hecho de la descalificación de su propio país una práctica cotidiana.
Por Lucía Toledo.*
Hace dieciséis años que vivo en México; soy nacida y criada en la Patagonia argentina y nunca antes había percibido la animosidad que hoy despierta mi país de origen. El Mundial terminó y, entre la multiplicidad de fenómenos que puso a la vista, hubo uno que me llamó particularmente la atención: la cancelación de Argentina.
Sería ingenuo atribuir ese fenómeno exclusivamente al fútbol. El presidente argentino, Javier Milei, ha hecho de la descalificación de su propio país una práctica cotidiana. A ello se suman las declaraciones del periodista Eduardo Feinmann, quien recurrió a estereotipos ofensivos sobre los mexicanos y alimentó un clima de confrontación que rápidamente desbordó las fronteras del debate político. De pronto, los viejos lugares comunes sobre los argentinos —racistas, nazis, corruptos, soberbios, “se creen europeos” — reaparecieron con más fuerza tanto en las redes sociales como fuera de ellas.
No pretendo discutir aquí si Argentina es racista, porque efectivamente lo es; como lo son prácticamente todas las sociedades construidas sobre jerarquías coloniales y étnicas. Lo que me interesa es otra cosa: preguntarme con qué herramientas se está pensando ese racismo y desde qué categorías se lo interpreta.












