EditorialVisitamos al bailador de joropo criollo más longevo del Llano. Tiene 91 años y aún baila esta música que galopa por sus venas.El juglar Alejandro Flórez celebró junto a niños de la academia Herencia, quienes lo homenajearon en Maní por su trayectoria. Foto: Juan Herrera P23.07.2026 11:10 Actualizado: 23.07.2026 11:10
Pasar la línea de los 90 años zapateando joropo con un envidiable brío cuando oye el sonido de una bandola o un arpa, no es una leyenda más del Llano de esas que hablan de Florentino y el diablo. Es una fiel muestra de cómo se vive y se siente la música llanera en una región, en donde mantener los pies sobre la tierra, puede ser una bendición. El personaje en mención es don Alejandro Flórez Belisario, quien baila como lo hacen los llaneros de la más pura casta. Sus pies color canela se mueven con inusitada destreza cuando sienten las vibraciones y los acordes recios de esos instrumentos. No importan los años vividos y lo curtidos que estén por el sol y la arena recogida en el camino. Llevan ocho décadas zapateando duro entre tarimas y polvorientos escenarios, al son de la música que gobierna estas inmensas sabanas de los Llanos de Colombia y Venezuela.Don Alejandro es la viva memoria de una cultura que lucha por seguir vigente y vive en una modesta casa del municipio de Maní, Casanare, (a 350 kilómetros de Bogotá). El mismo que aún se pavonea como ‘gallo fino’ por los sitios a donde es invitado a hacer lo que más sabe: bailar joropo.Desde los 11 años lo hace con agrado, sin mucho esfuerzo. Solo basta con soltarle la rienda a esa genética artística que heredó de sus padres que llegaron de los Llanos de Venezuela a la vereda El Milagro de Maní, a levantar un fundo y una familia que parió seis hijos.Arrullado por las tonadas de la bandola, del tiple y el cuatro, don Alejandro creció bajo el seno de una raza de músicos que construyó un legado, que aún sigue sonando.Como si fuera una feliz coincidencia del destino, la vereda El Milagro tuvo la suerte de convertirse en cuna de los Flórez Belisario, donde aprendieron a tocar los instrumentos y a componer coplas y versos. Allí, un día primero de marzo de 1935, nació este juglar del zapateo. Desde entonces, los Flórez son un referente de la música llanera y don Alejandro un digno ejemplar que, bailando a pie limpio o con cotiza llanera, conquistó a muchos entre tablados, torneos y festivales.Llano7Días fue hasta Maní para hacerle un sencillo homenaje al juglar y reunió a dos generaciones que significan el pasado y el futuro del joropo llanero. Los niños de la academia de música y baile ‘Herencia’, con edades entre 6 y 14 años y el juglar del zapateo que, nublado por la emoción, vio como bailaron los niños maniceños el auténtico joropo criollo, con un repertorio lleno de color y belleza. Se entusiasmó tanto con el encuentro que bailó con ellos, como si fuera cualquier ‘sute’ de escuela.Con la calma de los años y voz pausada, luego de bailar con niñas que lo invitaron a zapatear en el parque de La Bandola, contó que uno de sus mayores recuerdos está en el día en que lo llevaron a Bogotá al Palacio de Nariño, para que bailara ante el presidente Belisario Betancur (1984) y que fue tal el agrado de Betancur, que lo felicitó y lo envío al día siguiente en avión a Medellín para que deleitara a los paisas con su baile.Fiel a su amor por la danza llanera, el juglar del zapateo ganó en casi todos los torneos y concursos en los que participó en Casanare, Meta, Arauca y Venezuela. Como eterna pareja de baile le echó el ojo a Sofía Bonilla, una criollita casanareña que le dio la talla en las tarimas y la enamoró en un festival de San Pascual Bailón. Sería su esposa y compañera hasta el 2005, cuando falleció. Desde entonces lo acompaña en el baile su hija Celia Flórez, quien junto a sus cuatro hermanos enaltece la herencia del apellido.Justo cuando la bola rojiza del sol empezó a desvanecerse en el horizonte y los niños de la academia empacaban su atuendo y sus instrumentos, le preguntamos a don Alejandro si alguna vez pensó en enseñarle a los muchachos a bailar y que qué piensa de los bailadores de ahora, de ese joropo que hoy lo bailan con acrobacias.Sentado en una banca del parque, se retiró las gafas, se refregó los ojos con los puños de las manos, encogió los hombros y con su voz convertida en susurro dijo: “Pensé en enseñarles a bailar joropo, pero no se dejaron enseñar. No les llamó la atención y cuando les decía cómo era el baile, muchos se pusieron bravos y no quisieron aprender”. Sobre el baile de joropo actual, miró hacia el horizonte y sentenció que los muchachos de hoy botan mucha energía, no le ponen oído a los instrumentos y bailan desbarajustados que, en jerga llanera, significa sin orden, dominado por el caos. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






