Ustedes saben que en los últimos días ha habido una serie de comentarios muy fuera de órbita —desmesurados, carentes de toda proporción y absolutamente desconectados de la realidad— respecto de la Argentina. A raíz de las trifulcas y los lamentables episodios ocurridos tras el partido, figuras tan contrapuestas como la cantante Rosalía, el actor Samuel L. Jackson, Javier Bardem o una senadora demócrata de Texas salieron a decir cualquier cosa. Un verdadero divague sin ningún fundamento: derivaron en que los argentinos somos todos nazis y racistas. Argentina no es un país racista y, si tiene sectores que lo son, está a años luz de los severos problemas de segregación que enfrentan otros países. Sin embargo, del otro lado también vimos disparates. Integrantes del gobierno del presidente Javier Milei y voceros del oficialismo reaccionaron planteando que los franceses "no eran franceses, sino africanos", o comunicadores que llegaron a decir de manera desembozada que "odiaban a los mexicanos". Que a un periodista le caigan mal los mexicanos no le importa a nadie, pero el asunto terminó en la portada de El País de Madrid. Y eso tiene una explicación que nada tiene que ver con México ni con este muchacho. El Gobierno convirtió la polémica por la caída de la Selección en un nuevo capítulo de su autodenominada batalla cultural. El propio presidente avaló un posteo de Agustín Laje —titular de la Fundación Faro, ese think tank libertario que funciona como el primer ariete del Ejecutivo contra el multiculturalismo, el "woquismo" y los procesos migratorios—.