EditorialAndrea, Juana y María Isabel, hacen parte de una nueva generación que busca conservar la cultura llanera en tierra de machos.Andrea CuintacoAndrea CuintacoAndrea Cuintaco Foto: Juan Herrera P.23.07.2026 05:45 Actualizado: 23.07.2026 05:45

Tres mujeres cabalgan al amanecer por las sabanas de Casanare que parecen no tener fin. Son vaqueras. Van erguidas como amazonas, con sus botas firmes en los estribos, jeans ajustados, camisetas de manga larga para el sol, correas de hebillas grandes y una soga o rejo de cuero en la cintura.Andrea Cuintaco, Juana Isabela Cepeda y María Isabel Gómez llevan en sus venas el amor por estas tierras y en su corazón, la fuerza de las mujeres llaneras.Sus cabellos largos, con trenzas, que dejan al descubierto sus sombreros tradicionales de fieltro, de ala media y copa alta, danzan al ritmo del galope, dejando atrás una nube de polvo en la llanura, en donde los turpiales, con su canto, comienzan a despertar este universo habitado por cocoras rojas, anacondas de más de tres metros, caimanes y chigüiros libres.Día de trabajo en el llanoSon las 5 de la mañana. El sol comienza a despuntar en la reserva Cantaclaro. Las mujeres que cabalgan con otros siete vaqueros están listas para una aventura más en un día de trabajo en el llano. Oran y comienzan a recorrer, potrero tras potrero, tras las 900 reses, de raza cebú, que pastan desperdigadas en este inmenso lugar, para reunirlas y llevarlas a los corrales.Se escuchan los cantos de vaquerías, los silbidos y gritos de la caravana, los pájaros, los bramidos de los toros, la voz del viento.Es mitad de mayo y hay que aprovechar el inicio del invierno en esta región para marcar los animales, curar a los que tienen garrapatas y ponerles las vacunas contra la fiebre aftosa.El grupo va recorriendo los rincones de Cantaclaro. Hay toros, vacas, novillas, becerros y terneros, con sus jorobas y pelajes brillantes. Blancos, negros y rojizos. Los rodean. Los más ariscos se desvían y tienen que ir a buscarlos y guiarlos hacia el grupo, que va creciendo con el paso de las horas.Es una labor de fuerza, sabiduría, amor y paciencia. Son descendientes de vaqueros que arreaban en viajes de semanas hatos enteros desde los llanos de Colombia hasta Venezuela.Ya en la tarde el grupo de animales marcha como una horda, de músculos y cachos, que avanza con tanta fuerza que hace temblar la tierra.La última novilla entró al corral justo cuando el sol de la tarde ardía en el horizonte y desataba una pintura entre las nubes, de amarillos y naranjas. Hay felicidad y sudor en el grupo.Las vaqueras y vaqueros se cambian la ropa, cubierta de barro y sudor, y descansan en el rancho. Con la oscuridad se comienzan a ver tan claras las estrellas a miles de millones de kilómetros, mientras los terneros braman en busca de su madre, en medio del canto de las ranas y los grillos.Juana Isabela Cepeda Foto:Juan Herrera P.Sus historiasLas vidas de estas tres mujeres están atadas, de raíz, a estas planicies, a sus ceibas, a sus atardeceres, a sus ríos, a sus morichales.Juana Isabela tiene 25 años y nació en esta tierra. Cuando era niña se cayó de un caballo, les agarró miedo, pero con el tiempo aprendió a conocerlos y ahora pasa su vida cabalgando libre por la sabana.Tal vez ese era su destino. Su abuela, una mujer de Sabanalarga, fue amansadora de caballos en tiempos donde los hombres dominaban los corrales.Juana heredó ese carácter. Estudió en la ciudad, pero volvió al llano como médica veterinaria para llevar una vida como sus ancestros. Se ganó un lugar entre animales cerreros y largas jornadas de trabajo.María Isabel se crió también entre estos paisajes. Su referente fue también su abuela. Una mujer que quedó viuda muy joven, con ocho hijos pequeños, y le tocó ponerse al frente de la finca. Hasta entonces su lugar había sido la cocina. Tuvo que encargarse de todo. Del ganado. De las cuentas. De los trabajadores. De la familia. Cuando alguien le habla de limitaciones para las mujeres, piensa en su abuela.“A las mujeres les digo que hagan lo que amen, sin importar lo que digan”, dice.María IsabelMujer vaquMaría Isabel GómezMaría Isabel GómezMaría Isabel GómezMaría Isabel GómezMaría Isabel Gómez Foto:Juan Herrera P.La tercera jinete es Andrea Cuintaco. Creció en Villavicencio. En las afueras, en una pequeña finca de su abuelo aprendió a ordeñar. Se la pasaba viendo videos de vaquerías y escuchando canciones del ‘Cholo’ Valderrama que hablaban de sabanas interminables, arreos y amaneceres a caballo en las extensas llanuras de los pueblos vecinos.Mientras otros niños soñaban con viajar a ciudades grandes, ella soñaba con llegar a los hatos del llano adentro que eran retratados en aquellas historias. Y el sueño se volvió realidad durante la pandemia.Subió un video a redes sociales mostrando su vida en el campo. Miles de personas comenzaron a seguirla. Llegaron entonces las invitaciones a Casanare, donde se conserva la tradición del trabajo del llano. Conoció la vida en los hatos, los corrales y también las críticas.Le dijeron que era un oficio de hombres. Pero Andrea siguió montando a caballo. Siguió grabando con su celular la vida en las fincas que le abren las puertas. En algunos hatos le pagan y aunque en otros no, dice que va por el amor al llano. Con el tiempo convirtió su pasión en una forma de vida, con la convicción de quien encontró su lugar en el mundo. Se convirtió en influencer. Tiene más de 400 mil seguidores en Instagram, mostrando una realidad que muchos colombianos desconocenUno hablándole al oído a una vaca no le va a hacer caso. Para curarle los gusanos toca enlazarla y tumbarla. No es por gustoAndrea CuintacoMujer vaqueraAl día siguiente, con los nuevos rayos del sol, las vaqueras y vaqueros madrugan a terminar el trabajo en los corrales.La tarea no es fácil. Seleccionar los animales en medio de manadas es una labor de valientes. Montados en sus caballos, deben moverse con destreza para apartar el ganado, trabajarlo y tratarlo.Los van clasificando. Buscan los terneros para ser marcados. Los toros y vacas que serán vacunados. Y a los que están enfermos para curarlos y suministrarles medicamentos. Es un trabajo que año tras año debe hacerse porque así lo dictan las leyes del llano, que cumplen sagradamente quienes viven en estas inmensas planicies.Pese a que este es un mundo machista, las vaqueras dicen que sus compañeros las han recibido bien en el grupo y que comparten sus secretos de este oficio. Pueden tener más fuerza en sus brazos, pero la pasión por el Llano es la misma.La faena alcanza uno de sus momentos más intensos cuando llega la hora de herrar los becerros. Desde el caballo o corriendo a pie limpio sobre el barro, los vaqueros salen detrás del animal. El becerro es instinto. Corre, cambia de dirección, corcovea y busca escapar entre las patas de las otras reses.Durante varios minutos se libra una lucha desigual entre la fuerza del animal y la experiencia de las vaqueras y los vaqueros. La soga silba en el aire. Los caballos giran. El barro los baña hasta el sombrero. Finalmente, uno de los vaqueros alcanza la cola del becerro y una de las vaqueras ayuda a desequilibrarlo. El animal cae.Llegan los bramidos. Intenta levantarse. Los vaqueros se le lanzan encima para inmovilizarlo. Uno sostiene sus patas, otro controla la cabeza y un tercero espera junto al hornillo de gas donde el hierro se pone al rojo vivo y se lo estampan.Ante los ojos de cualquier citadino puede parecer algo cruel, pero acá en el Llano es una simple rutina. De ellos depende que el hato esté sano. Hay personas que critican estas prácticas, pero para ellos es el ritmo de la vida del llano.Andrea responde a las críticas que les hacen a sus videos. “Los tiempos fáciles forman hombres débiles. Ya como ellos no tienen que levantarse a ordeñar, sino que todo lo consiguen en el supermercado, creen que todo es fácil. Y la vida real no es así.En esas se la pasan cerca de diez horas. Diez horas de lucha, de sudor, de sogas tensas y manos curtidas. Diez horas bajo un sol que castiga sin contemplaciones.La tarde comienza a caer. A lo lejos se escuchan unas reses. Un garcero atraviesa el cielo rumbo a los esteros. Y el sol comienza a desaparecer de nuevo en la sabana.El llano en las redesA estas mujeres las une la certeza de que una cultura sólo sobrevive cuando alguien decide defenderla, en tiempos donde los corrales son cada vez más pequeños, las fincas más tecnificadas y los jóvenes más urbanos.Sus redes sociales se han convertido en un portal que lleva a sus seguidores a un universo desconocido, en riesgo de desaparecer. Se les ve montando imponentes corceles, arreando ganado, persiguiendo becerros, cargando bebés chigüiros, atrapando pitones, pescando en arroyos y tirando la soga.Les escriben de Colombia, Venezuela, Brasil, México, Argentina, Panamá y de diferentes partes de Europa. Unos les declaran su amor y otros les piden consejos para las garrapatas de los caballos.Sus videos han servido para acercar a muchos a la vida en un mundo sin edificios y autopistas. Juana Isabela cuenta que muchos jóvenes admiran esa vida desde lejos, pero pocos se animan a experimentarla. Siente que la cultura llanera se está quedando sin relevo.“El mundo tiene la idea de que la vida del campo es de pobres, pero tiene más riquezas que otros lugares. Su riqueza no es solo material. Vivir entre la naturaleza te da salud y vida”, agrega Andrea. Ellas le apuestan a quedarse. María Isabel sonríe al imaginar que algún día sus hijos también conocerán estos caminos.Quiere que corran descalzos entre el barro. Que aprendan a enlazar. Que escuchen historias junto al fogón. Que entiendan que la cultura llanera es mucho más que una tradición folclórica, que es una forma de ver el mundo. Sigue toda la información de Más Contenido en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.