Hace dos años el diseñador francés Simon Porte Jacquemus bosquejó un vestido blanco con Zendaya en mente. “Hoy, verla con esa prenda me parece surrealista”, escribe, “feliz”, en su perfil de Instagram junto a una fotografía de la actriz durante la première londinense de La Odisea. Dos años pueden parecer una eternidad para hacer realidad un vestido. Pero el plazo (y el entusiasmo del diseñador) quedan inmediatamente pulverizados cuando los pendientes con los que decides estrenarlo tienen más de 3.000 años.Cuando hace dos semanas Zendaya apareció en Londres para presentar La Odisea, la nueva adaptación de Christopher Nolan inspirada en el poema épico atribuido a Homero, el foco se fue inevitablemente a sus pendientes: dos discos de oro originales datados entre los siglos VIII y VII a. C., posteriormente montados sobre una estructura contemporánea de oro de 22 quilates por la firma británica Barron London. Cómo una antigüedad de casi tres milenios ha acabado colgando de los lóbulos de la estrella de 2026 para un atuendo de alfombra roja es una historia que mezcla la intuición de un estilista con un extraordinario olfato para el marketing, siglos de expolios, un fenómeno conocido como method dressing, tensiones geopolíticas y unas cuantas preguntas éticas.Detrás de la elección de los pendientes (y del vestido) está Law Roach, el estilista convertido en celebridad responsable de convertir cada aparición pública de Zendaya en una extensión del universo visual de sus películas. Es una estrategia conocida como method dressing: durante la promoción, el actor o la actriz viste prendas que evocan la estética, los colores, los símbolos o incluso la iconografía de su personaje. Roach es un artista en el tema: ya lo hizo vistiendo a la propia Zendaya con prendas de archivo durante la gira de Dune: Part Two, como cuando le puso una armadura ‘vintage’ de Thierry Mugler del año 1995. Esta estrategia (otro gran artífice es el estilista Andrew Mukamal, que convirtió cada aparición de Margot Robbie en una recreación de Barbie durante la promoción de la película de Greta Gerwig) es una tendencia de lo más reciente. De hecho, si viajamos al Hollywood clásico veremos que la prioridad siempre fue proyectar la imagen de la estrella más que prolongar la ilusión del personaje fuera de la pantalla. Vean el caso de Elizabeth Taylor presentando Cleopatra, en 1963: no se puso trenzas de oro ni ninguna corona en forma de halcón, probablemente porque Roach aún no había nacido.Expolio y estatusSegún recoge National Geographic, los discos pertenecieron al llamado tesoro de Ziwiye, un conjunto de piezas de oro, plata y marfil descubierto cerca de Saqqez, en el noroeste de Irán, a finales de la década de 1940. El hallazgo nunca fue excavado por arqueólogos: los objetos fueron extraídos, fragmentados y vendidos casi de inmediato, antes de que pudiera documentarse el yacimiento. Esa pérdida de contexto hace que los investigadores todavía desconozcan con precisión cómo estaban dispuestas las piezas, cuál era su función exacta o incluso si todas pertenecían al mismo conjunto. Con el tiempo, el tesoro quedó disperso entre colecciones privadas e instituciones como el Museo Británico, el Louvre o el Metropolitan de Nueva York. Y así fue cómo el joyero británico Glenn Spiro incorporó estos dos discos a un diseño contemporáneo dentro de su colección Materials of the Old World, que más tarde adquirió Barron London y que ahora esta ha cedido para que Zendaya los luzca durante la promoción de la película.Ante la polémica, Barron London se apresuró a explicar a CNN que los discos antiguos están sujetos mediante un sistema de garras “simple y no invasivo”, diseñado para evitar cualquier alteración de las piezas originales. La firma defendió además que el patrimonio cultural “inspira conversaciones importantes” y aseguró que espera que estos pendientes sirvan como recordatorio del legado artístico, cultural e histórico de Irán.Los especialistas no han tardado en pronunciarse. Una de las primeras es la arqueóloga y divulgadora Annelise Baer. En un vídeo publicado en Instagram confiesa estar “obsesionada” con las piezas: “Son increíbles”. Explica que probablemente aquellos discos nunca fueron pendientes, sino adornos cosidos a una prenda ceremonial, y recuerda que el motivo en forma de roseta o estallido solar era muy habitual en el Próximo Oriente antiguo. “La realeza y la nobleza adoraban las joyas llamativas: grandes pendientes, collares, brazaletes...”. Para Baer, estos discos son un magnífico ejemplo de esa tradición y forman parte de una tendencia cada vez más visible de recuperar la joyería antigua como inspiración en la moda contemporánea.La enorme repercusión del vídeo la llevó a publicar un segundo, esta vez mucho más reflexivo. Baer, cuya tesis doctoral estudió precisamente cómo cambia la percepción de los objetos arqueológicos cuando se sacan de su contexto original, reconocía que estas piezas “muy probablemente fueron expoliadas”. Pero su interés estaba en otra cuestión: “¿Os importarían tanto estos objetos si no los hubierais visto convertidos en unos pendientes de oro en el estreno de una película y estuvieran simplemente dentro de una vitrina del Museo Británico?”. Para la arqueóloga, el verdadero experimento consiste en observar cómo cambia nuestra relación con un objeto cuando pasa del museo a la alfombra roja. “En lugar de ser un objeto estático en una vitrina, estos pendientes se han convertido en el punto de partida de una conversación mucho más amplia sobre la ética de poseer antigüedades y sobre el expolio arqueológico de los últimos doscientos años”. Y concluye lanzando otra pregunta al espectador: “Sabemos por su diseño que fueron creados como objetos de prestigio. Eso es precisamente lo que siguen siendo hoy. Pero ¿cómo cambia vuestra percepción al verlos en una première en lugar de en un museo? ¿Es mejor? ¿Es peor? De eso trata el debate".La réplica no tardó en llegar. La arqueóloga y divulgadora conocida como Dr. Z (@dr.archaeology) abre su vídeo sin rodeos: “A mí esto me parece repugnante”. Aunque deja claro que no pretende atacar personalmente a Baer, rechaza de plano celebrar este tipo de iniciativas. “Yo también estoy obsesionada, pero como arqueóloga lo que necesito es ver mucho menos de esto”.Su principal objeción es la procedencia de los discos, la valiosa “provenance” en Arqueología. “No sabemos absolutamente nada de su procedencia”, recordaba, criticando que formen parte de la colección del joyero londinense Glenn Spiro, quien utiliza artefactos antiguos del norte de África, Oriente Próximo y África occidental sin hacer pública la forma en que fueron adquiridos. Tampoco le convence la narrativa con la que el diseñador presenta su colección, inspirada -según sus propias palabras- en la “caza de tesoros” y el exotismo de tierras lejanas. “Eso, desde luego, a mí no me convence”.“El tema no va de mostrar el arte antiguo; es fetichizar el pasado”. A su juicio, estos objetos dejan de ser patrimonio para convertirse en una mercancía que funciona como símbolo de estatus. “Esto va de señalar clase social”, afirma, antes de advertir de que glorificar este tipo de piezas contribuye a alimentar el mercado internacional de antigüedades, un negocio que, recuerda, sigue incentivando el saqueo de yacimientos y perjudicando a las comunidades de origen. Lo cierto es que los pendientes de 3.000 años de Zendaya son el último gesto de un tipo de esnobismo muy contemporáneo entre las celebridades: de Kim Kardashian llevando el icónico vestido de cristales de Marilyn Monroe (que pertenece a un museo, y que, al parecer, destrozó) a infinidad de actrices y famosas deseosas de vestir “de archivo”, el hecho de conseguir llevar una pieza “vintage” te coloca en un lugar muy deseado. El podio de “las que pueden” y de “las que saben”.En su crítica, Dr. Z desliza también una interesante observación política: si, como todo apunta, estos discos proceden de Irán, le resulta especialmente incómodo que acaben adornando “las orejas de una actriz estadounidense procedente de un país que acaba de bombardear Irán”.El debate, en realidad, trasciende a Zendaya. Desde un punto de vista legal, que una pieza tenga tres mil años no significa que deba estar necesariamente en un museo. Muchas antigüedades salieron de sus países de origen antes de la Convención de la UNESCO de 1970 y, si su cadena de propiedad está documentada, pueden seguir en manos privadas, venderse o prestarse para exposiciones e incluso para eventos públicos.La cuestión, como casi siempre, es más ética que jurídica. Y quizá ahí resida el verdadero mérito -o el verdadero problema- de aquellos pendientes. Porque, una semana después todo el mundo sigue hablando de dos pequeños discos de oro que sobrevivieron tres mil años y que, por primera vez en mucho tiempo, han conseguido que millones de personas se pregunten si tenemos derecho a llevar un pedazo de la historia puesta solo por los likes.