El 17 de noviembre del 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución (2803) que creaba una Junta de Paz para supervisar Gaza. El 19 de enero del 2026, al tiempo que el presidente Trump amenazaba con invadir Groenlandia, se hizo público el contenido de una carta que dirigió al primer ministro de Noruega: “Teniendo en cuenta que tu país ha decidido no concederme el premio Nobel de la Paz por haber detenido MÁS de ocho guerras, ya no me siento obligado a pensar exclusivamente en la paz”.¿Debemos concluir entonces que, al igual que el Departamento de Defensa estadounidense, que ahora se llama Departamento de Guerra, la Junta de Paz debería rebautizarse y convertirse en una Junta de Guerra? Quizás no, pero la secuencia de acontecimientos descrita más arriba hace pensar que la Junta de Paz no debe analizarse como un elemento duradero de las relaciones internacionales, sino más bien como ilustración y síntoma de la profunda crisis de las relaciones internacionales. Por lo tanto, merece la pena analizar las condiciones de su creación y la aplicación de la resolución 2803.Guterres alerta del hundimiento de la ONU por el incumplimiento en los pagos de los estados ArchivoLa adopción de dicha resolución por parte del Consejo de Seguridad de la ONU fue un éxito táctico de la diplomacia estadounidense. De los 15 países que integran el Consejo de Seguridad, 13 votaron a favor (incluidos los tres miembros permanentes occidentales), mientras que China y Rusia se abstuvieron, lo que permitió que la resolución se aprobara sin que se produjera ningún veto.En aquel momento, la intensa campaña de bombardeos de Israel contra Gaza ya había arrasado casi por completo la franja, y la táctica estadounidense consistió en incluir la Junta de Paz en un paquete más amplio que abarcaba un alto el fuego, el despliegue en la zona de una fuerza internacional de estabilización y una administración transitoria, con una eventual vía hacia la creación de un Estado palestino. Lo que favoreció la sensación de urgencia fue el argumento humanitario: sin la resolución, no habría alto el fuego y la ofensiva contra Gaza continuaría. El argumento funcionó con los países árabes, que no querían parecer indiferentes ante la suerte de los palestinos y que, de todos modos, no estaban dispuestos a desafiar ninguna iniciativa estadounidense. Una vez asegurado el apoyo árabe, otros países no quisieron ser percibidos como un obstáculo para el alto el fuego en Gaza.Un cheque en blanco para TrumpAhora bien, la adopción de la resolución no deja de ser un acontecimiento extraordinario en los ochenta años de existencia de la ONU. Por primera vez en su historia, el Consejo de Seguridad delegaba sus responsabilidades sobre una cuestión específica (Gaza) a una institución (la Junta de Paz) cuyas normas de procedimiento y composición eran en ese momento desconocidas. Se trató, literalmente, de un cheque en blanco para el presidente Trump, encargado de anunciar más adelante la composición y el reglamento, y ese cheque en blanco tiene una validez de más de dos años, puesto que la resolución permanece en vigor hasta el 31 de diciembre del 2027. Resulta notable que China y Rusia no la vetaran (en los últimos años, han vetado con frecuencia resoluciones patrocinadas por EE.UU.) y que Francia y el Reino Unido no se abstuvieran (sino que votaran a favor). En ambos casos, pudo haber influido el factor árabe, pero no es la única explicación.China y Rusia no se molestaron en vetar la resolución, en parte porque probablemente no creían que fuera a tener consecuencias concretas. La Fuerza Internacional de Estabilización autorizada por ella iba a ser difícil de reunir, ya que pocos países estarían dispuestos a desplegarse en el hostil entorno de Gaza. Incluso de constituirse, es probable que resultara decepcionante, ya que el desarme de Hamas, también autorizado por la resolución, habría sido bastante limitado, dado que ningún país contribuyente de tropas estaría dispuesto a desarmar por la fuerza a esa organización y que un desarme voluntario no se producirá sin un acuerdo político que le garantice un futuro político. En resumen, China y Rusia aceptaron la resolución por la que se creaba la Junta de Paz porque no se la tomaron en serio y la consideraron otro ejemplo más de una teatralidad presidencial sin consecuencias a la que se podía ceder sin grandes riesgos. Además, y lo que es más preocupante, la abstención puso de manifiesto su creciente desdén por las instituciones internacionales, entre las que se encuentra la ONU.El respaldo a la resolución por parte de Francia y el Reino Unido plantea más interrogantes. A los dos miembros permanentes europeos del Consejo de Seguridad ese órgano les importa porque su posición internacional se ve considerablemente reforzada por la condición de miembros permanentes; desean que el Consejo siga ocupando la cúspide de la arquitectura de seguridad mundial. Pese a ello, votaron a favor de una resolución que, en la práctica, lo margina en una cuestión de gran importancia. Ni Londres ni París han estado dispuestos a distanciarse de Washington, ni siquiera mediante una abstención simbólica, por más que la adopción de la resolución haya debilitado más a la ONU y a su propio poder. Se trata de una ilustración clara de que la intimidación puede surtir efecto ante dirigentes europeos débiles que creen que siguen necesitando el apoyo estadounidense en Ucrania.Los países invitados a la Junta de PazLos acontecimientos ocurridos desde entonces han confirmado que es poco probable que la Junta de la Paz tenga un papel duradero. Trump ha invitado a una sesentena de países; entre ellos, un nutrido contingente árabe, pero también países europeos y diversas autocracias. De modo sorprendente, no ha invitado a ningún país del África subsahariana; y a Canadá, que sí había sido invitado, se le retiró la invitación tras un discurso de su primer ministro en Davos ensalzando las virtudes del multilateralismo.La respuesta a las invitaciones ha sido, como mucho, dispar. Una vez desaparecida la presión por el alto el fuego en Gaza, los países han empezado a evaluar la Junta de Paz por sus propios méritos y muchos se muestran, por decirlo suavemente, poco entusiastas. Varios países europeos, entre ellos Francia, Irlanda, España, el Reino Unido y Ucrania, han rechazado la invitación. Algunos se mantienen indecisos, como Italia, que asistió a la primera reunión en calidad de observador. Otros países entre los más importantes, como Brasil, Japón, China, Rusia y Corea del Sur, no han expresado su posición y, por el momento, se mantienen al margen.Los choques de Trump con los líderes europeos han incluido, también, a la primera ministra italiana, aliada de primera hora del presidente de EE.UU. aunque ausente de la Junta de Paz Palazzo Chigi / EFELa Carta de la Junta de Paz, hecha pública por EE.UU. en enero, no disipó las preocupaciones iniciales. Llama la atención que, si bien el acuerdo inicial ratificado por el Consejo de Seguridad establece que sería la autoridad suprema encargada de supervisar Gaza y nada más, en la Carta no se menciona Gaza; y el ámbito geográfico de la Junta abarca todo el mundo, aunque esa ampliación, que excede el mandato otorgado por el Consejo de Seguridad, carezca de fundamento jurídico. El presidente Trump ocupa la presidencia, y su nombramiento es vitalicio. Las competencias del presidente son amplias: decide qué países son invitados a formar parte de la Junta de Paz, renueva y revoca la condición de miembro, nombra el consejo ejecutivo que aplica las decisiones de la Junta de Paz y puede vetar las decisiones de ambas instancias. En la práctica, no es posible tomar ninguna decisión que no cuente con la aprobación del presidente. Una característica inusual es que los países que deseen permanecer más de tres años en la Junta deben pagar 1.000 millones de dólares estadounidenses a un fondo de reconstrucción controlado por el presidente Trump. En caso de convertirse esas disposiciones en una realidad institucional, la Junta de Paz marcará un punto de inflexión en los asuntos mundiales: un grupo limitado de países seleccionados por el presidente Trump legitimará y financiará la aplicación de sus decisiones, inicialmente para Gaza, pero en caso de que se salga con la suya, para cualquier otro conflicto en el que él decida involucrar a ese órgano.El foco se mueve a IránSin embargo, la realidad dista mucho de ese escenario: la reunión inaugural de la Junta de Paz se celebró en Washington, en el recién rebautizado Instituto Donald J. Trump para la Paz, el 19 de febrero del 2026. El 28 de febrero, menos de diez días después, Israel y EE.UU. lanzaron sus ataques contra Irán, y las prioridades cambiaron. Desde entonces, y como era de esperar, no parece que se haya logrado ningún avance concreto en el despliegue de una fuerza internacional de estabilización en Gaza, y poco se ha sabido del Comité Nacional para la Administración de Gaza, el órgano tecnocrático palestino encargado de gestionar la franja bajo la autoridad de la Junta de Paz y su consejo ejecutivo. Gaza sigue sitiada: el paso fronterizo de Rafah ha permanecido cerrado de forma intermitente desde el 28 de febrero, y la ayuda humanitaria solo puede entrar a través del puesto de control de Kerem Shalom. Desde la adopción de la resolución, al menos 700 personas han perdido la vida y cerca de 2.000 han resultado heridas. Mientras tanto, en Cisjordania, los colonos han intensificado sus ataques contra las aldeas palestinas, frustrando con ello las esperanzas de quienes esperaban que una resolución adoptada casi por unanimidad generara un impulso político para que la paz se extendiera más allá de Gaza. Tampoco se ha sabido nada del consejo ejecutivo que, según la Carta de la Junta de Paz, debe reunirse quincenalmente bajo la presidencia del presidente Trump. Hoy, la Junta de Paz parece más un acontecimiento efímero que una institución, y todo avance en Gaza y Palestina está paralizado.Contraste entre la retórica y la realidadEl contraste entre la grandilocuente retórica que acompañó la creación de una nueva institución destinada a promover la paz y la realidad de una guerra en expansión en Oriente Medio resulta de lo más revelador. Refleja, en parte, una contradicción fundamental en el enfoque del presidente Trump en relación con los asuntos internacionales. Por un lado, el presidente tiene ambiciones globales y afirma ser un pacificador mundial, desde el conflicto entre India y Pakistán hasta el de la República Democrática del Congo y Ruanda. Sin embargo, por otro, no tiene ni la capacidad de atención ni la voluntad necesarias para proporcionar los recursos que sustenten su grandiosa visión. Puede que esté dispuesto a desplegar una fuerza internacional de estabilización en Gaza, pero con tropas de otros países. Y, lo que es más importante, parece creer que el camino hacia la paz pasa más a menudo por la coacción que por la persuasión. Y por eso su diplomacia impaciente, ya sea con Hamas o con los dirigentes iraníes, puede pasar en un instante de una retórica de paz a una guerra real. Esos cambios repentinos no generan confianza y, de hecho, dificultan aun más el logro de un entendimiento genuino.Trump puede pasar en un instante de una retórica de paz a una guerra real, como en Irán. En la imagen un destructor de misiles guiados estadounidense cerca de un buque de carga en el mar Arábigo.@CENTCOM / EFELa misma observación se aplica al método utilizado para crear la Junta de Paz. No es el resultado de una larga negociación ni de la búsqueda de un compromiso de base amplia. El presidente Trump aprovechó con habilidad la oportunidad brindada por el agotamiento de la prolongada guerra en Gaza, pero su aversión a las instituciones que, de modo inevitable, requieren negociaciones complejas llevó a la creación de una institución que no es más que una extensión de él mismo y que, por ahora, ha convertido un éxito efímero en un fracaso. Su intimidación logró un éxito táctico, pero no ha dado lugar a ningún compromiso duradero; y, ante un cambio de coyuntura, lo que fue producto de circunstancias específicas pierde su relevancia. Hoy, cuando la región se ve envuelta en un conflicto sin un final claro a la vista, cuando la mayor parte del mundo quiere mantenerse al margen de una guerra que desaprueba, la Junta de Paz se asemeja cada vez más a una ballena varada. Puede que China y Rusia no se equivocaran al abstenerse.La Junta de Paz contra la ONUEl previsible fracaso de la Junta de Paz demuestra que no es nada fácil sustituir a la ONU. 1945 fue un momento unipolar: EE.UU. tenía el monopolio de las armas nucleares, era el acreedor del mundo y su PIB representaba la mitad del PIB mundial. Pese a ello, la negociación de la Carta de la ONU fue una negociación difícil. El mundo del 2026 es claramente multipolar, y resulta imposible alcanzar un consenso global en torno a una fuente de legitimidad distinta de la ONU. De modo que el mundo se encuentra ante una verdadera encrucijada. Puede abandonar por completo el derecho internacional y las instituciones internacionales, y volver a un mundo anterior a 1914 donde el poder sea la única referencia. Ese mundo siempre ha terminado en una guerra catastrófica. O bien puede, una vez intentado todo lo demás, volver a la ONU. El callejón sin salida en el que el presidente Trump ha colocado a EE.UU. al atacar Irán brinda esa oportunidad. Así ocurrió en la crisis de Suez de 1956, cuando Gran Bretaña y Francia atacaron a Egipto, y el despliegue de una fuerza de la ONU proporcionó una solución que permitió salvar las apariencias a dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad que habían cometido un grave error. La ONU rara vez es la primera opción de las grandes potencias, pero a veces puede ofrecer una salida conveniente.Jean-Marie Guéhenno es titular de la cátedra Arnold A. Saltzman de Práctica en Asuntos Internacionales y Públicos y director del programa Kent de Liderazgo Global en Resolución de Conflictos de la Escuela de Asuntos Públicos y Internacionales (SIPA) de la Universidad de ColumbiaCómo leer VANGUARDIA DOSSIERVERSIÓN IMPRESA• Compra de ejemplar. La edición impresa de VANGUARDIA DOSSIER se puede adquirir en quioscos y librerías habituales al precio de 12 euros.• Suscripción. 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