El hombre que mató a Facundo Rico en una lujosa urbanización de Madrid la semana pasada se aplicó a sí mismo justicia antes de que lo hicieran los tribunales. Alberto Juan, el presunto autor del crimen, se suicidó el día después de asestar 13 puñaladas a este ingeniero de origen argentino con el que sospechaba que su mujer tenía una aventura. La investigación policial apunta que el homicida vivía obsesionado con esos cuernos y que ese día acudió al domicilio de Facundo dispuesto a todo.El pasado martes 14, Alberto entró en la casa de su víctima, que residía de alquiler en el barrio de Las Tablas, en el distrito de Fuencarral de Madrid, a las diez de la mañana. Allí mantuvieron un enfrentamiento que acabó con Facundo muerto sobre un charco de sangre en su cocina. Después, el homicida regresó a una vivienda que tenía en un pueblo de Ávila y menos de 24 horas después se tiró por una garganta, tal y como ha adelantado El Periódico y ha confirmado EL PAÍS. El caso muere aquí porque al haber fallecido el presunto autor, no hay posibilidad de continuar con la causa. El Grupo V de Homicidios de la Policía Nacional en Madrid lo tenía todo muy atado. El hombre, español de 65 años, había ido al lugar del crimen en un coche rojo de su propiedad, las cámaras de la urbanización habían registrado su imagen “muy característica”, que era robusta y gruesa, y el portero de la finca aseguró haberse cruzado con un extraño en el portal poco después de que se escucharan los gritos de la víctima.Pero además, los testimonios de los allegados de Facundo dirigieron a los policías hacia un posible móvil: la motivación sentimental. En esos primeros pasos, la hipótesis que cobró fuerza fue que a Facundo lo había matado un hombre celoso por una posible relación del ingeniero con su esposa. Aquella idea creó en el autor de los hechos una obsesión enfermiza que se materializó aquel día. Por la furia ejercida, los investigadores creen que, si no iba con idea de matar, sí que tenía en mente que eso pudiera suceder. Por eso, fue con un bote de gas pimienta en el bolsillo.Facundo y su agresor llegaron a mantener un enfrentamiento que acabó en la cocina, donde la víctima recibió 13 puñaladas, algunas de ellas en la espalda y el omoplato. El arma homicida quedó tirada en el suelo y en la pared quedaron restos del gas pimienta que Alberto había esparcido sobre su víctima. El hombre huyó a toda prisa y en su huida se cruzó en el portal del bloque con Carlos, el portero, al que una vecina había alertado de gritos y “olor químico”. Después se montó en su coche rojo aparcado frente a una clínica y se marchó en dirección a Ávila. Las cámaras de tráfico registraron parte de su recorrido.El hombre llegó a una residencia en Adrada, un pueblo de casi 3.000 habitantes a algo menos de dos horas de Madrid. Allí estaba su mujer, más joven que él, cercana a la edad del ingeniero asesinado. El matrimonio tenía una segunda residencia en ese municipio. Fuentes cercanas al caso aseguran que ella quería separarse de él y, en su obsesión, él había investigado si había una tercera persona en la vida de ella. Los investigadores de homicidios descubrieron que la mujer y la víctima mortal iban juntos al mismo gimnasio, a pocos pasos de la urbanización en la que residía Facundo.El presunto autor del asesinato le dijo a su mujer que ese día había estado haciendo gestiones. Ella no se preocupó más de en qué consistían esas gestiones. La noticia de la muerte de un hombre en una urbanización de Las Tablas ya estaba en todos los medios. Al día siguiente, se publicó que se llamaba Facundo, que era ingeniero y que había sufrido hasta 13 puñaladas. El Samur había hecho todo posible durante 45 minutos para revertir la parada cardiorrespiratoria, pero fue imposible salvarlo de esa brutalidad. Esa mañana del 15 de julio, Alberto se dirigió a una garganta de los alrededores del pueblo y se tiró. La mujer quedó en shock cuando la policía le notificó las sospechas sobre lo que había hecho su marido el día antes de quitarse la vida. De hecho, en algún momento llegó a negar a los agentes y también negarse a sí misma que eso que le estaban contando fuese posible. Fuentes cercanas al caso cuentan que a la mujer le invadió cierto sentimiento de culpa, aunque la decisión de empuñar ese arma fuese de su marido y la responsabilidad de hacerlo cayese sobre él. Aunque Alberto nunca estará delante de un juez para responder por este hecho.