En un set en algún punto del Mediterráneo, Tom Holland necesitaba mirar a los ojos de Anne Hathaway y no podía. Entre ambos se interponía una carcasa de casi ciento cuarenta kilos, la cámara IMAX que filmaba la escena. Christopher Nolan resolvió el problema con un truco casi arcaico: un sistema de espejos que reflejaba el rostro de cada actor hacia el otro y sorteaba el obstáculo mecánico, de modo que ambos terminaron jurando que jamás sintieron la distancia que en realidad los separaba.La anécdota resume bien el proyecto. La Odisea, la adaptación de Nolan del poema de Homero que llegó a las salas este verano, es la primera película narrativa rodada por completo con cámaras IMAX, un formato que hasta ahora se reservaba para secuencias puntuales por su tamaño, su peso y el estruendo que producía. Para volverlo viable en una película entera, IMAX tuvo que rediseñar sus cámaras desde cero, hacerlas más ligeras, más silenciosas, capaces de registrar diálogo sincronizado a una escala que antes resultaba impensable. El equipo pasó cuatro meses filmando en mar abierto, con el elenco que interpreta a la tripulación de Ulises enfrentando olas reales en aguas sin señalizar, una decisión que multiplicó tiempos y presupuesto pero que perseguía lo mismo que buscaban los aedos antiguos: hacer sentir el peso físico del viaje, no solo describirlo. El director de fotografía, Hoyte van Hoytema, cuenta que la prueba decisiva para saber si la cámara podía sostener una escena entera fue mucho más modesta: filmar en primer plano a un niño recitando una canción de David Bowie, para comprobar si el aparato lograba capturar algo tan frágil como una voz apenas susurrada. La epopeya de Homero nació, se sabe, de una tecnología distinta pero igual de exigente, la memoria entrenada de los aedos, que recitaban miles de versos apoyándose en fórmulas rítmicas y epítetos fijos, ganchos mnemotécnicos que sostuvieron el relato generación tras generación antes de que existiera la escritura. Cada época, para conservar la misma historia de un hombre que intenta volver a casa, ha tenido que inventar su propio artefacto de memoria.La respuesta de la crítica se ha dividido justo en esa frontera. Para unos, el resultado imprime a la vieja épica un peso primigenio que ningún reparto coral había logrado antes. Para otros, la máquina se comió la historia, casi tres horas de metraje que exhiben la proeza técnica con un entusiasmo que roza la soberbia mientras el relato de Ulises se diluye entre el esplendor. La paradoja no es nueva: Ray Harryhausen, animando criaturas de plastilina cuadro por cuadro en los años cincuenta, ya había prestado a estos mismos mitos griegos una credibilidad artesanal parecida a la que Nolan dice perseguir ahora con presupuesto de superproducción, aunque cambien por completo las herramientas.Ulises tarda diez años en volver a Ítaca porque cada obstáculo lo obliga a inventar algo, una balsa, un disfraz, para seguir avanzando. Nolan tuvo que inventar una cámara para contar esa misma obstinación. Queda la pregunta de siempre, disfrazada ahora de cuestión técnica: ¿el artefacto nuevo nos acerca más al hombre que espera llegar a casa, o simplemente nos distrae, otra vez, con el brillo del viaje?herles@escueladeescritoresdemexico.com Únete a nuestro canal
El espejo de Ítaca, escribe Herles Velasco
En un set en algún punto del Mediterráneo, Tom Holland necesitaba mirar a los ojos de Anne Hathaway y no podía. Entre ambos se interponía una carcasa de casi ciento cuarenta kilos, la cámara IMAX que filmaba la escena. Christopher Nolan resolvió el problema con un truco casi arcaico: un sistema de espejos que reflejaba el rostro de cada actor hacia el otro y sorteaba el obstáculo mecánico, de modo que ambos terminaron jurando que jamás sintieron la distancia que en realidad los separaba.La anécdota resume bien el proyecto. La Odisea, la adaptación de Nolan del poema de Homero que llegó a las salas este verano, es la primera película narrativa rodada por completo con cámaras IMAX, un formato que hasta ahora se reservaba para secuencias puntuales por su tamaño, su peso y el estruendo que producía. Para volverlo viable en una película entera, IMAX tuvo que rediseñar sus cámaras desde cero, hacerlas más ligeras, más silenciosas, capaces de registrar diálogo sincronizado a una escala que antes resultaba impensable. El equipo pasó cuatro meses filmando en mar abierto, con el elenco que interpreta a la tripulación de Ulises enfrentando olas reales en aguas sin señalizar, una decisión que multiplicó tiempos y presupuesto pero que perseguía lo mismo que buscaban los aedos antiguos: hacer sentir el peso físico del viaje, no solo describirlo. El director de fotografía, Hoyte van Hoytema, cuenta que la prueba decisiva para saber si la cámara podía sostener una escena entera fue mucho más modesta: filmar en primer plano a un niño recitando una canción de David Bowie, para comprobar si el aparato lograba capturar algo tan frágil como una voz apenas susurrada. La epopeya de Homero nació, se sabe, de una tecnología distinta pero igual de exigente, la memoria entrenada de los aedos, que recitaban miles de versos apoyándose en fórmulas rítmicas y epítetos fijos, ganchos mnemotécnicos que sostuvieron el relato generación tras generación antes de que existiera la escritura. Cada época, para conservar la misma historia de un hombre que intenta volver a casa, ha tenido que inventar su propio artefacto de memoria.La respuesta de la crítica se ha dividido justo en esa frontera. Para unos, el resultado imprime a la vieja épica un peso primigenio que ningún reparto coral había logrado antes. Para otros, la máquina se comió la historia, casi tres horas de metraje que exhiben la proeza técnica con un entusiasmo que roza la soberbia mientras el relato de Ulises se diluye entre el esplendor. La paradoja no es nueva: Ray Harryhausen, animando criaturas de plastilina cuadro por cuadro en los años cincuenta, ya había prestado a estos mismos mitos griegos una credibilidad artesanal parecida a la que Nolan dice perseguir ahora con presupuesto de superproducción, aunque cambien por completo las herramientas.Ulises tarda diez años en volver a Ítaca porque cada obstáculo lo obliga a inventar algo, una balsa, un disfraz, para seguir avanzando. Nolan tuvo que inventar una cámara para contar esa misma obstinación. Queda la pregunta de siempre, disfrazada ahora de cuestión técnica: ¿el artefacto nuevo nos acerca más al hombre que espera llegar a casa, o simplemente nos distrae, otra vez, con el brillo del viaje?herles@escueladeescritoresdemexico.com Únete a nuestro canal
















