Cartier y el museo Victoria & Albert de Londres se fundaron con cinco años de diferencia: 1847 y 1852, respectivamente. En 1861 llegó la National Gallery of Victoria, el museo más importante de Melbourne. Y ahora la joyería parisiense y las dos instituciones mencionadas tienen algo en común: Cartier, una muestra que debutó en Londres hace un año y ahora llega, mejorada y ampliada, a Melbourne. La escala es francamente apabullante. En la exposición del V&A había 250 joyas y ya resultaba impresionante, pero aquí hay más de 400, distribuidas por envolventes salas monocromáticas diseñadas por la creadora holandesa Sabine Marcelis y el estudio de Róterdam CLOUD. Las exposiciones que Cartier organiza alrededor del mundo son relevantes por varias razones. Por un lado, el gigante francés tiene un recorrido largo y prolífico —es conocido como el rey de los joyeros y el joyero de los reyes—, y lleva años comprando y restaurando piezas importantes de su historia hasta el punto de que, ahora mismo, Cartier probablemente posea una de las mejores colecciones de joyas del mundo. Por otro lado, las joyas son más difíciles de ver en museos que muebles, cuadros o esculturas: se suelen quedar dentro de las familias o, cuando se venden, pasan de joyero en joyero o de caja fuerte en caja fuerte. Cartier reúne muchas de las piezas más espectaculares de los últimos 180 años. Decenas de tiaras llenan una habitación color burdeos (una en particular, de diseño grecorromano, sobrevivió al Lusitania, el trasatlántico hundido por la armada alemana en 1915: su dueña se salvó y su joyero también). Hay dos collares de María Félix, uno en forma de serpiente articulada con 2473 diamantes y otro formado por dos cocodrilos de oro (la leyenda dice que llevó una cría a Cartier y les dijo: “Dense prisa, ¡crece rápido!”). También está un precioso collar de jade de Barbara Hutton, la trágica heredera estadounidense obsesionada por las piedras de calidad extraordinaria: suyas fueron las famosas perlas de María Antonieta. Y por supuesto está el collar Patiala, un espectacular aderezo ceremonial que encargó un marajá indio a Cartier París en 1928. El conjunto es casi surrealista: 2930 diamantes organizados en torno a un gran diamante amarillo de 234,65 quilates. En 1998, cuando encontraron el collar, faltaban las piedras importantes: el mencionado diamante amarillo, de montura reciente, determina el color de esa sala. “Quiero crear un estado de ánimo”, afirma Sabine Marcelis, diseñadora de la exposición. “El diseño funcional también incluye idear colores que creen un ambiente, y en este caso no podía ni ser aburrido ni competir con las piezas. De modo que cada sala tenía una protagonista. En una había muchas esmeraldas, así que escogimos un color coral en terciopelo para hacerlas destacar, mientras que la anterior era de aluminio pulido”. Marcelis, que maneja geometrías sencillas y juega con la luz, el color y la transparencia, ha encajado perfectamente con lo que desde la maison llaman estilo Cartier: una línea invisible que une formas e inspiraciones diversas y, de algún modo, resulta coherente visto en perspectiva. Australia es un país fundamental para la joyería por sus minas de oro, diamantes y ópalos, esas fragiles piedras con brillo esotérico. La muestra incluye algunos mareantes ejemplos. Pero Cartier también tiene piezas, digamos, terrenales. La casa introdujo el primer reloj de pulsera, un modelo cuadrado y pequeño llamado Santos Dumont —por el aviador francés—, en 1904. Luego llegaron los modelos Tonneau, Tortue y el cotizado Tank, con su caja rectangular que se ha convertido en el modelo áureo de perfección relojera. Todos están en la exposición. El deseo, ya se sabe, toma mil formas y casi todas están ahora mismo en Melbourne.
Ópalo, oro, diamantes y rubíes: la histórica exposición de Cartier en Melbourne reúne las mejores joyas del mundo
En la exposición ‘Cartier’ en el National Gallery of Victoria se pueden ver más de 400 piezas y conocer sus fascinantes historias, que incluyen desde el barco Lusitania hasta la actriz María Félix







