El agua es capaz de modificar un paisaje sin necesidad de grandes saltos ni corrientes intensas. Cuando se filtra a través de la roca y emerge de forma constante en un mismo punto, acaba generando cavidades, depositando minerales y favoreciendo la aparición de especies adaptadas a la humedad. Son procesos que avanzan despacio, pero que dejan huellas visibles con las que se puede entender cómo actúan los acuíferos sobre el terreno.

En algunos municipios del interior de Aragón, estas condiciones han dado lugar a recorridos que combinan senderos, vegetación y elementos geológicos. Se trata de rutas de corta distancia que permiten acercarse a espacios naturales sin necesidad de afrontar largas caminatas. El interés no está solo en el destino final, sino también en el paso entre zonas abiertas y áreas donde la presencia del agua cambia el entorno.

Uno de estos enclaves se localiza en Anento, un pequeño municipio al sur de la provincia de Zaragoza. Desde su casco urbano parte una ruta circular hacia el Aguallueve, un manantial que brota de una pared caliza y cae en forma de pequeñas gotas. La forma en la que el agua se desliza por la roca ha llevado a comparar esta formación con una montaña que llora. El recorrido reúne en pocos kilómetros un bosque, un valle húmedo y un ejemplo visible de la transformación lenta del relieve.