La instalación de una gigafactoría de inteligencia artificial (IA) en Móra la Nova (Ribera d'Ebre) y San Fernando de Henares (Madrid) ha cogido mucha fuerza las últimas semanas. El proyecto, presupuestado en 5.000 millones de fondos públicos y privados, aspira a captar fondos del programa europeo InvestAI. La candidatura queda pendiente de que la Comisión Europea abra la convocatoria. Si Bruselas lo aprueba, la primera fase de la infraestructura podría entrar en funcionamiento en 2028.PublicidadTanto el Gobierno del Estado como el de la Generalitat han presentado el proyecto como "una apuesta estratégica para el desarrollo de la IA y la soberanía tecnológica europea" y como un "revulsivo" para la zona donde se ha proyectado, la Ribera d'Ebre, una comarca muy dependiente de la actividad nuclear. Ahora bien, detrás de estos grandes anuncios se esconden muchas preguntas todavía sin respuesta, tal y como han denunciado expertos y entidades ambientales y sociales, preocupadas por los impactos que pueden tener este tipo de instalaciones sobre el territorio y la población.Hablamos con Ramon López de Mántaras Badia (Sant Vicenç de Castellet, Barcelona), experto en inteligencia artificial desde antes de que esta palabra llegara a nuestras vidas. Este ingeniero eléctrico, informático y físico catalán es fundador del Instituto de Investigación de Inteligencia Artificial del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), organismo con el que aún colabora como profesor de investigación emérito. López de Mántaras cuestiona la viabilidad de este tipo de instalaciones -que cosumen agua y electricidad- en el contexto actual de emergencia climática, con temperaturas cada vez más altas, sequías más persistentes e incendios. Define la IA generativa como "un nuevo modelo de extractivismo de datos, conocimiento y creatividad disfrazado de progreso".Hay muchas incógnitas alrededor de las gigafactorías de IA. ¿Qué son y cómo funcionan?Una gigafactoría de IA es una infraestructura de computación a gran escala concebida para entrenar y ejecutar modelos avanzados de inteligencia artificial. Contiene decenas o cientos de miles de procesadores especializados (GPU), requiere un consumo muy elevado de electricidad y sofisticados sistemas de refrigeración. A pesar de su nombre, no produce bienes materiales, su principal objetivo es proporcionar una enorme capacidad de cálculo. Desde un punto de vista físico, una gigafactoría está formada por grandes naves que alojan miles de bastidores de servidores. Cada servidor incorpora varias GPU de altísimo rendimiento conectadas entre sí mediante redes de comunicación ultrarrápidas. El funcionamiento de una gigafactoría de IA consta de cuatro fases principales: el almacenamiento de grandes volúmenes de datos para entrenar los modelos de inteligencia artificial, el entrenamiento mediante las decenas o cientos de miles de procesadores especializados que trabajan de manera simultánea, la ejecución de los modelos entrenados para generar respuestas a los usuarios y el mantenimiento continuo de toda esta infraestructura.El consumo eléctrico de una gigafactoría puede llegar a ser comparable al de una ciudad de cientos de miles de habitantesEs una instalación que no genera humos ni "aparentemente" emisiones contaminantes como sí hacen otras industrias como la petroquímica. Pero ¿qué coste ambiental tienen las gigafactorías?El impacto ambiental de una gigafactoría de IA es enorme, ya que concentra una extraordinaria capacidad de cálculo en un único emplazamiento y, en consecuencia, requiere grandes cantidades de electricidad y de recursos materiales. El consumo eléctrico puede llegar a ser comparable al de una ciudad de cientos de miles de habitantes. Este elevado consumo energético conlleva emisiones importantes de gases de efecto invernadero cuando la electricidad no proviene íntegramente de fuentes renovables e, incluso cuando proviene, incrementa la presión sobre las redes eléctricas.Publicidad¿Qué consumo de agua tienen este tipo de instalaciones?Depende del sistema de refrigeración que utilicen. Los centros de datos más tradicionales, que usan refrigeración evaporativa, pueden consumir millones de litros de agua al día en instalaciones de gran tamaño. En cambio, tecnologías más modernas, como la refrigeración en circuito cerrado, la refrigeración direct-to-chip o la refrigeración por inmersión en líquidos dieléctricos, reducen considerablemente este consumo directo de agua, aunque no eliminan el problema del gran consumo energético ni la necesidad de disipar enormes cantidades de calor. Además, hay que tener presente que la huella hídrica de un centro de datos va más allá del agua que consume directamente. Generar la electricidad que necesita también implica un consumo importante de agua, especialmente cuando proviene de centrales nucleares o centrales de ciclo combinado. Por ello, el impacto real sobre los recursos hídricos es muy superior al que sugieren las cifras de refrigeración.La Ribera d’Ebre presenta características que hacen muy cuestionable la ubicación de una gigafactoría de IA¿Cuáles son los motivos que hacen que la Ribera d'Ebre -o la Península Ibérica en general- no sea un buen lugar para instalar una gigafactoría?La Ribera d’Ebre presenta características que hacen muy cuestionable la ubicación de una gigafactoría de IA. La evidencia de lo que está ocurriendo este verano y las muy preocupantes proyecciones climáticas indican que esta es una de las regiones europeas donde el calentamiento será más intenso, con olas de calor más frecuentes, sequías más prolongadas y un riesgo creciente de incendios forestales. Estas condiciones obligan a los centros de datos a incrementar el consumo energético destinado a la refrigeración precisamente cuando la red eléctrica se encuentra más tensionada. A esto se añade la disponibilidad de agua. Aunque las tecnologías de refrigeración más avanzadas reducen notablemente el consumo directo de este recurso, la huella hídrica global de estas instalaciones sigue siendo muy significativa si se considera también el agua necesaria para producir la electricidad que consumen. Hay que tener presente que una gigafactoría necesita un suministro eléctrico continuo, estable y de gran potencia durante las 24 horas del día, una demanda que, con las tecnologías actuales, difícilmente puede cubrirse exclusivamente con fuentes renovables, dado su carácter intermitente. Por este motivo, estas instalaciones seguirán dependiendo del conjunto del sistema eléctrico, que no puede basarse exclusivamente en fuentes renovables intermitentes y que sigue recurriendo a la energía nuclear y las centrales de ciclo combinado, que conllevan un consumo considerable de agua, para garantizar un suministro estable.La falta de transparencia en torno a la gigafactoría de Móra la Nova es precisamente una de las cuestiones más criticables y preocupantes¿Es compatible con las sequías que sufre Catalunya de manera cíclica?En un territorio como Catalunya es necesario preguntarse qué prioridad se debería otorgar a este tipo de proyectos frente a otros usos esenciales del agua, como el abastecimiento de la población, la actividad agrícola o la conservación de los ecosistemas. En un contexto de cambio climático en el que los peores escenarios de episodios meteorológicos extremos se están cumpliendo, es indispensable exigir que cualquier proyecto de estas características justifique con total transparencia que no comprometerá los recursos naturales ni la sostenibilidad del territorio a largo plazo. Desgraciadamente, sin embargo, la falta de transparencia en torno a la gigafactoría de Móra la Nova es precisamente una de las cuestiones más criticables y preocupantes.Publicidad¿Qué tipo de puestos de trabajo generan las gigafactorías? ¿Con qué industria es comparable?Las gigafactorías de IA generan empleo, pero mucho menos del que a menudo se da a entender. Durante la fase de construcción se genera una ocupación considerable que se puede estimar en unos cuantos miles de puestos de trabajo temporales, vinculados principalmente a la construcción, la ingeniería y el montaje de las instalaciones. Una vez la infraestructura entra en funcionamiento, sin embargo, el nivel de automatización es muy elevado y el número de trabajadores necesarios se reduce de manera muy significativa. Este empleo estable se concentra sobre todo en perfiles altamente cualificados, tales como ingenieros de sistemas, especialistas en redes y ciberseguridad, administradores de centros de datos, técnicos responsables del mantenimiento de los servidores y de los sistemas de refrigeración, expertos en suministro y eficiencia energética, así como personal encargado de la seguridad y la gestión de las instalaciones. Incluso en las gigafactorías de mayor tamaño, la plantilla fija suele ser de sólo algunos centenares de personas, una cifra muy inferior a la que genera una gran planta industrial tradicional.Cuando una infraestructura recibe un apoyo público considerable, es legítimo preguntarse si el beneficio social y económico que aporta compensa los costes que conllevaPor este motivo, considero que una gigafactoría se parece mucho más a una gran infraestructura energética —como una central eléctrica o una planta petroquímica altamente automatizada— que a una fábrica de automóviles o a otra industria de producción que requiere mano de obra intensiva. Comparte con estas instalaciones una elevada inversión inicial, un consumo muy importante de energía y un número bastante reducido de puestos de trabajo permanentes. Este es un aspecto que no se debería perder de vista en el debate público. A menudo estos proyectos se presentan como un gran impulso para el desarrollo económico del territorio, pero es imprescindible evaluar de manera objetiva la relación entre la magnitud de la inversión, los recursos naturales que consumen y el empleo que realmente generan. Cuando una infraestructura requiere grandes cantidades de energía, ocupa amplias extensiones de suelo y recibe un apoyo público considerable, es perfectamente legítimo preguntarse si el beneficio social y económico que aporta compensa los costes que conlleva.¿Qué coste social tienen las gigafactorías? ¿Cómo afectan a las poblaciones que hay alrededor?Uno de los aspectos más relevantes es la elevada presión que ejercen sobre el sistema eléctrico. Una instalación de estas características puede llegar a consumir una cantidad de electricidad similar a la de una ciudad de cientos de miles de habitantes. Esto hace necesario reforzar las redes de transporte y distribución y aumenta la competencia por una energía que no es ilimitada. Es posible que, como hemos visto que ya ocurre en EEUU, esto acabe repercutiendo en el precio de la electricidad que pagan las familias y las empresas y que obligue a destinar importantes recursos públicos a ampliar las infraestructuras energéticas. Otro efecto menos conocido es que los centros de datos también generan contaminación acústica. El zumbido continuo de los sistemas de refrigeración y el funcionamiento incesante de los ventiladores pueden percibirse a más de un kilómetro de distancia. Una parte de este ruido corresponde a infrasonidos, frecuencias tan bajas que no las oímos con el oído, pero que el cuerpo puede percibir como una vibración persistente. Algunos estudios asocian la exposición prolongada a estos infrasonidos con trastornos del sueño, dolores de cabeza, sensación de presión en el oído y ansiedad. La refrigeración líquida permite reducir en un 50% este impacto acústico, pero su coste hace que todavía no sea la solución predominante. A todo esto se añaden otros impactos territoriales, como la ocupación de grandes extensiones de suelo, la necesidad de construir nuevas líneas de alta tensión, subestaciones eléctricas y otras infraestructuras de apoyo, así como la transformación del paisaje y de los usos tradicionales del territorio. Por todos estos motivos, es absolutamente imprescindible que los promotores de estos proyectos encarguen una evaluación independiente de estos costes sociales y territoriales, para determinar si los beneficios que aportan compensan realmente los costes, y hagan públicos los resultados de esta evaluación.Con las olas de calor que vivimos estos días, ¿las gigafactorías contribuyen a caldear aún más el ambiente?Hay que considerar un efecto a menudo poco visible: el calor residual. Prácticamente toda la energía que consumen los centros de datos y las gigafactorías acaba transformándose en calor, que es liberado al entorno. Cuando este tipo de instalaciones concentran en una misma área cientos de miles de procesadores especializados, pueden contribuir a intensificar el fenómeno de las islas de calor, es decir un incremento significativo de la temperatura local y agravando los efectos de las olas de calor sobre la población.Uno de los argumentos que se utilizan para justificar la instalación de este tipo de fábricas es la soberanía tecnológica y reducir la dependencia de las tecnológicas estadounidenses. ¿Eso es cierto?Es un argumento que se repite con frecuencia, pero en mi opinión conviene matizarlo. Sin duda, aumentar la capacidad de computación disponible en Europa es un paso positivo y puede reducir algunas dependencias externas. Ahora bien, esto no significa automáticamente que Europa alcance realmente la soberanía tecnológica. La soberanía tecnológica es un concepto mucho más amplio que la simple disponibilidad de grandes centros de datos. También implica controlar las tecnologías esenciales que hacen posible la inteligencia artificial: el diseño y fabricación de los chips, el desarrollo de los modelos, el software, los datos con los que se entrenan estos sistemas y, en definitiva, la capacidad de decidir cómo se utilizan y con qué objetivos. En la actualidad, la mayor parte de estos elementos estratégicos continúan bajo el control de un número muy reducido de grandes empresas, principalmente de Estados Unidos. Si Europa construye gigafactorías pero sigue dependiendo de las GPU de NVIDIA, así como de los grandes modelos desarrollados por empresas como OpenAI, Anthropic o Google, la dependencia tecnológica seguirá siendo muy significativa.Europa tiene la oportunidad de apostar por una IA orientada a dar respuesta a necesidades sociales, en lugar de entrar en una carrera por el gigantismo tecnológicoTambién me parece discutible otra idea que a menudo se da por descontada: que Europa sólo podrá competir con Estados Unidos y China si adopta exactamente el mismo modelo de desarrollo, basado en construir centros de datos cada vez más grandes y entrenar modelos gigantes con un consumo creciente de recursos. No estoy nada convencido de que este sea el camino más inteligente. Europa tiene la oportunidad de diferenciarse apostando por una inteligencia artificial más específica, más eficiente, más abierta, más transparente y orientada a dar respuesta a necesidades sociales concretas, en lugar de entrar en una carrera por el gigantismo tecnológico.¿La soberanía tecnológica pasa por las gigafactorías, hoy por hoy?Las gigafactorías en ningún caso constituyen, por ellas mismas, una garantía de soberanía tecnológica. La verdadera autonomía se consigue reforzando la investigación, formando y reteniendo talento, desarrollando tecnologías propias y promoviendo modelos de inteligencia artificial alineados con los intereses y los valores de la sociedad europea. La soberanía tecnológica no consiste sólo en disponer de más capacidad de cálculo, sino en tener la capacidad de decidir qué inteligencia artificial queremos desarrollar y al servicio de quien la queremos poner.Publicidad¿Es compatible defender la instalación de gigafactorías y, a la vez, mantener o defender políticas contra la emergencia climática?Si seguimos dando por hecho que el futuro de la inteligencia artificial pasa necesariamente por desarrollar modelos cada vez más grandes, también tendremos que aceptar una escalada constante de la infraestructura que los hace posibles: más centros de datos y gigafactorías con más procesadores, más consumo de electricidad y una demanda creciente de recursos naturales. La demanda continúa acelerándose, entre ahora y el año 2030 se construirán aproximadamente 1.200 nuevos centros de datos en todo el mundo, impulsados casi exclusivamente por el desarrollo de la inteligencia artificial. Este modelo de crecimiento permanente no es compatible con los objetivos de sostenibilidad y de descarbonización que nos hemos fijado como sociedad. Por ejemplo, las emisiones de carbono de Microsoft, Amazon y Google han aumentado cerca de un 20% en solo un año, principalmente debido a la construcción de nuevos centros de datos destinados a la inteligencia artificial. En el ejercicio fiscal cerrado en marzo de 2026, las tres compañías emitieron conjuntamente 119 millones de toneladas de CO2 equivalente, una cantidad comparable a aproximadamente un 44% de las emisiones anuales de España. Es obvio pues que resulta contradictorio defender, al mismo tiempo, políticas para reducir las emisiones, preservar los recursos y combatir el cambio climático, mientras se promueve sin cuestionar un paradigma tecnológico que exige una expansión continua de la capacidad de cálculo. Esta es una contradicción que no podemos seguir ignorando.La IA generativa responde, en buena parte, a un nuevo modelo de extractivismo disfrazado de progreso¿Por dónde pasa el futuro de la IA, cómo hacemos que la IA necesite menos recursos para funcionar?El futuro de la inteligencia artificial no implica seguir aumentando el tamaño de los modelos, sino para hacerlos mucho más pequeños y eficientes. El verdadero progreso no vendrá de disponer de más datos, más chips y más capacidad de cálculo, sino de diseñar sistemas capaces de resolver tareas específicas con mucho menos gasto de recursos. Un modelo especializado, desarrollado para un dominio concreto, puede alcanzar un rendimiento superior al de un gran modelo de propósito general, con un coste computacional mucho más bajo. Para conseguirlo, habrá que explorar nuevas formas de construir sistemas de IA: arquitecturas más eficientes, algoritmos más sofisticados y la combinación de métodos simbólicos y estadísticos. Debemos dejar atrás la idea de que el progreso depende únicamente de escalar modelos cada vez más grandes y empezar a medirlo por su eficiencia, su capacidad de comprensión y el valor que aporta. Si aspiramos a una inteligencia artificial compatible con los límites del planeta y orientada al bien común, el desafío no es incrementar indefinidamente la infraestructura de computación, sino desarrollar sistemas que consigan buenos resultados consumiendo menos energía, menos datos y menos recursos. Estoy convencido de que este es el camino que debería seguir la investigación en inteligencia artificial en los próximos años.El verdadero progreso es una IA que genere más valor social con menos consumo de recursos y mucho menos impacto ambiental¿Estamos ante un nuevo modelo de extractivismo disfrazado de "progreso"?Sí, creo que la IA generativa responde, en buena parte, a un nuevo modelo de extractivismo disfrazado de progreso. No se trata sólo de un extractivismo de recursos naturales, sino también de datos, conocimiento y creatividad. Los grandes modelos se han entrenado utilizando cantidades ingentes de contenidos creados por millones de personas, a menudo sin su consentimiento ni una compensación justa, convirtiendo el conocimiento colectivo en la materia prima de un negocio extraordinariamente lucrativo. Por eso algunos autores hablan ya de una nueva forma de colonialismo digital, en la que el valor generado a partir de los recursos y del conocimiento de toda la sociedad acaba concentrándose en un número muy reducido de grandes corporaciones tecnológicas, mientras que los costes ambientales y sociales son asumidos por el conjunto de la ciudadanía. Lo que considero más preocupante es que este modelo se presente como si fuera inevitable. No lo es. La tecnología es el resultado de decisiones científicas, económicas y políticas, y podemos optar por otro camino. En lugar de seguir alimentando una carrera basada en modelos cada vez más grandes e intensivos en recursos, el verdadero progreso es una IA que genere más valor social con menos consumo de recursos y mucho menos impacto ambiental.