OpiniónEl llamado “sanedrín” que rodeó a Virgilio Barco ayudó a construir el esquema gobierno-oposición para democratizar el debate público. Ojalá se repita.ABOGADO Y COLUMNISTA21.07.2026 22:01 Actualizado: 21.07.2026 22:01 El pasado 20 de julio recordé mi posesión, hace cuarenta años, como representante a la Cámara en nombre del entonces Partido Liberal. Reflexioné sobre las circunstancias del momento, las condiciones políticas, la llegada de Virgilio Barco al poder y la inevitable comparación con lo que pasó después y está pasando ahora.Desde mi juventud, por influencia de mi padre, un sastre gaitanista de Miranda que se radicó en el Tolima, milité en las juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal de López Michelsen. El Externado de Colombia me acogió, y me dediqué fundamentalmente a la academia y al Poder Judicial.A mediados de 1985 me plantearon encabezar una lista a la Cámara de Representantes, no a título personal —como ahora— sino dentro del liberalismo en un movimiento que buscaba oponerse a un cacicazgo. Inicialmente no me animé, consulté a mi maestro Alfonso Reyes Echandía, quien tampoco estuvo muy de acuerdo, pero precipité mi aceptación por el desencanto que me produjo la forma como el establecimiento se desentendió de la suerte de los magistrados en el holocausto del Palacio de Justicia.Hice parte de un movimiento con un sector del Partido Liberal llamado “jaramillismo”, el Nuevo Liberalismo en alianza con la Unión Patriótica, el partido surgido de los acuerdos de la Uribe en 1984 con la coordinadora guerrillera durante el gobierno de Belisario, quien abrió el espacio para la negociación política del conflicto armado. Hubo una ilusión de pacificación. Mi profesor, Jaime Castro, que era el ministro de Gobierno, me dijo que los partidos tradicionales debían facilitar esas alianzas para posibilitar el proceso de paz. Guillermo Alfonso Jaramillo y yo fuimos elegidos senador y representante, respectivamente.El liberalismo había perdido el poder en 1982 y Betancur fue elegido con el llamado “Movimiento Nacional”, derrotando en el interior de su Partido Conservador a Álvaro Gómez Hurtado. El holocausto del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero desgastaron al conservatismo, aun cuando Belisario no solo hizo lo que pudo por conseguir la paz, sino que con su ministro Castro apoyó la iniciativa de Álvaro Gómez para la elección popular de alcaldes, primer paso a la descentralización política.Si bien se ha cambiado la forma de comunicación política, no pueden desaparecer ni los partidos políticos ni los debates sobre las ideas.Barco, sin ser caudillo, pero sí experimentado político y administrador, logró la candidatura liberal. Llegó al gobierno hace 40 años con el lema ‘Mano tendida y pulso firme’. Abrió las puertas a la negociación con las guerrillas. Creó un gran equipo de paz con Carlos Ossa, Rafael Pardo Rueda, Jesús Bejarano y Eduardo Jaramillo, entre otros. En marzo de 1990, con su ministro de Gobierno Lemos, logró reintegrar a la vida civil al M-19; firmó la paz con Carlos Pizarro, posteriormente asesinado —como entonces se dijo— por fuerzas “oscuras”, las mismas que aniquilaron a la Unión Patriótica y mataron, entre tantos otros, a Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y José Antequera. Esa “reinserción” no fue producto de la constituyente que vino después, principalmente como reacción al asesinato de Galán. Es una de las tantas falacias que se repiten.En su discurso de posesión el 7 de agosto de 1986, dijo que no consideraba necesario reformar la Constitución —ya no la original del 86 sino con las reformas del 36, el 45, el 68, y el plebiscito del 57— para cambiar el país. Tuvo que variar su opinión para facilitar la liberación de Álvaro Gómez, secuestrado por el M-19, que pidió no una constituyente sino una reforma constitucional. Barco la impulsó —con un texto que incluía más del setenta por ciento de lo que se aprobaría en el 91—, pero prefirió hundirla antes que ceder a la presión de los narcoterroristas del cartel de Medellín que pretendían tumbar la extradición. Por decreto de estado de sitio, tipificó el delito de “paramilitarismo”.Para quitarle espacio al clientelismo impulsó el Plan Nacional de Rehabilitación, que impedía la intermediación de los políticos, como por otras vías anuncia hacerlo el presidente De La Espriella. Se rodeó de un “sanedrín”, integrado por el politólogo Mario Latorre, el intelectual y antiguo comunista Gustavo Vasco, el profesor Cepeda Ulloa y el empresario Germán Montoya. Ellos ayudaron a construir el esquema gobierno-oposición para democratizar el debate público y que ojalá ahora se vuelva a establecer.Si bien se ha cambiado la forma de comunicación política, vía redes sociales, no pueden desaparecer ni los partidos políticos ni los debates sobre las ideas. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. 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Hace 40 años: Barco y el Congreso
El llamado “sanedrín” que rodeó a Virgilio Barco ayudó a construir el esquema gobierno-oposición para democratizar el debate público. Ojalá se repita.













