La imagen internacional del país atraviesa un momento de fuerte tensión. En las últimas semanas se multiplicaron en redes sociales y en algunos medios extranjeros los mensajes que presentan al país como racista, xenófobo y discriminador. Lo que comenzó con polémicas vinculadas a la Selección argentina de fútbol terminó convirtiéndose en una narrativa mucho más amplia, con capacidad de impactar sobre la reputación del país, la llegada de inversiones, el comercio exterior e incluso la vida cotidiana de miles de argentinos que residen en el extranjero. La ofensiva ya no se limita a usuarios anónimos de las redes. Programas de gran audiencia, como El Chiringuito, en España, reprodujeron parte de esas críticas, mientras en Estados Unidos crecieron publicaciones y comentarios que califican a la Argentina como un país racista. La repetición de esos conceptos comienza a consolidar una percepción internacional que preocupa tanto a empresarios como a diplomáticos y a las comunidades argentinas radicadas en el exterior. El fenómeno resulta llamativo porque muchas de esas acusaciones omiten aspectos centrales de la historia argentina. Pocos conocen fuera del país que la Asamblea del Año XIII estableció la libertad de vientres y dispuso que toda persona esclavizada que ingresara al territorio argentino recuperara automáticamente su libertad. Esa decisión convirtió a las Provincias Unidas en un destino poco atractivo para el comercio esclavista: los traficantes simplemente no podían hacer negocios aquí porque la venta de personas no era legal. Es un antecedente histórico prácticamente desconocido en el mundo, pero también completamente ausente en quienes intentan instalar la idea de una Argentina estructuralmente racista.