Una visita a la barbería era suficiente para comprobar que la masculinidad se había puesto de acuerdo. El ritual comenzaba siempre igual: degradado alto, laterales perfectamente rasurados y una visita obligatoria cada tres semanas para que el dibujo no perdiera definición. Durante más de una década, el fade se convirtió en el uniforme capilar del éxito masculino. Lo llevaban futbolistas, actores, músicos, ejecutivos, opositores y adolescentes. Era el equivalente estético a una camisa blanca: correcto, limpio, eficaz. La versión capilar de la productividad a la que Patrick Bateman nos había enseñado a idolatrar. Por eso resulta tan llamativo que el Mundial 2026 esté ofreciendo una imagen muy distinta de la masculinidad contemporánea. Basta ver cualquier partido para comprobar que algo se mueve sobre las cabezas de muchos de los jugadores más admirados del planeta. Marc Cucurella corre por la banda con una melena que rebota detrás de él como si cada sprint estuviera rodado a cámara lenta para un anuncio de champú. Erling Haaland ha convertido su pelo rubio en una extensión de su personaje casi mitológico, mitad delantero centro, mitad semidios vikingo escapado de una serie de Netflix. Alisson Becker, uno de los porteros más elegantes del fútbol actual, alterna la barba perfectamente cuidada con un cabello largo que nunca parece fruto del descuido sino de una disciplina casi obsesiva. Darwin Núñez, Dominik Szoboszlai o el propio Antoine Griezmann, ahora espectador en el Mundial, en sus diferentes eras capilares, participan también de una tendencia que va mucho más allá del deporte. El pelo largo ha vuelto. Pero, a diferencia de otras veces, no lo hace como gesto de rebeldía sino como una sofisticada declaración de estatus. Pero tengamos algo claro, la melena masculina de 2026 no tiene demasiado que ver con la de los rockeros de los setenta ni con la de los surfistas californianos de los noventa. Tampoco con el desaliño calculado del indie sleaze o con los rizos despreocupados que poblaron Tumblr hace una década. La nueva melena masculina está extraordinariamente cuidada. Es brillante, disciplinada, hidratada, cortada en capas precisas y sostenida por un milimétrico ritual de aceites, mascarillas, acondicionadores, protectores térmicos y tratamientos que hasta hace relativamente poco parecían reservados al universo femenino. Ya no basta con dejar crecer el pelo. Hay que demostrar que se tiene el tiempo, el dinero y la paciencia necesarios para mantenerlo vivo. Quizá esa sea la gran paradoja del momento. Mientras internet se llena de discursos que viralizan peligrosamente el looksmaxxing y una masculinidad endurecida —la que tiene al gimnasio como templo donde rendir culto y la hiperproductividad como forma de vida— los hombres que mejor representan el éxito contemporáneo parecen caminar exactamente en la dirección contraria. No llevan la cabeza rapada. No buscan parecer marines. Ni siquiera proyectan esa imagen severa que durante años asociamos al ejecutivo eficiente. Llevan melena. Y no cualquier melena: una que exige más cuidados diarios que la de Jennifer Aniston. La contradicción resulta fascinante porque habla de dos modelos distintos de masculinidad compitiendo por el mismo espacio cultural. Por un lado, el hombre del algoritmo, personificado por Braden Eric Peters, ya saben, Clavicular, moldeado por vídeos de disciplina extrema, duchas de agua fría, levantamiento de pesas a las cinco de la mañana y cortes de pelo impecablemente geométricos. Por otro, una generación de deportistas, actores y músicos que parece haber entendido que el verdadero lujo ya no consiste en parecer duro, sino en demostrar que uno dispone del tiempo suficiente para cuidar aquello que no resulta estrictamente necesario. El ensayista Eloy Fernández Porta lleva años estudiando precisamente esa transformación de los códigos masculinos. En diferentes ocasiones ha explicado cómo asistimos a una lenta “recodificación” de la apariencia masculina, un proceso en el que el fútbol ha desempeñado un papel inesperadamente importante. “Desde Borja Iglesias con las uñas pintadas hasta la metrosexualidad del primer Cristiano Ronaldo”, señalaba, “hay ciertas tendencias a recodificar los géneros en el modo de vestir; es un proceso lento pero firme”. Para Fernández Porta, la moda funciona como un espacio donde los códigos tradicionalmente asociados a la virilidad se negocian constantemente y donde muchas innovaciones estéticas llegan primero desde culturas consideradas periféricas antes de incorporarse al gusto general. El pelo participa plenamente de esa conversación. A lo largo de la historia ha funcionado como un símbolo extraordinariamente flexible. Ha representado poder —pensemos en el Sansón bíblico—, espiritualidad, rebeldía, erotismo o marginalidad dependiendo de la época y del contexto. En los años sesenta la melena fue un desafío al orden establecido. En los noventa se convirtió en patrimonio de músicos, surfistas y skaters. Durante buena parte de la década pasada, sin embargo, pareció desaparecer bajo el imperio del undercut perfecto. Hoy regresa con un significado completamente distinto. No es casualidad que muchos de los hombres que mejor encarnan esta tendencia pertenezcan al deporte de élite. El deportista contemporáneo ya no vende únicamente rendimiento físico. También comercializa descanso, alimentación, recuperación, sueño y bienestar. Su cuerpo funciona como una demostración permanente de autocontrol. En ese contexto, el pelo largo deja de ser un gesto espontáneo para convertirse en otra prueba visible de disciplina. Igual que unos abdominales perfectamente definidos comunican horas de entrenamiento, una melena sana comunica algo menos evidente pero igual de valioso: que alguien ha dedicado tiempo a cuidarse. Y el tiempo, quizá más que nunca, se ha convertido en el auténtico lujo masculino. Hay algo profundamente aspiracional en el pelo largo masculino contemporáneo porque obliga a desafiar la gratificación inmediata, una de las grandes obsesiones de nuestro tiempo. Un fade queda perfecto el mismo día que sales de la peluquería. Una melena tarda meses, a veces años, en construirse. Hay que soportar esa fase incómoda en la que uno parece el Príncipe De Beukelaer y hay que convivir con un flequillo que nunca cae donde uno quiere, invertir en productos cuyo nombre muchos desconocían hasta hace relativamente poco y aceptar que el pelo, como cualquier otra parte del cuerpo, responde peor al estrés, a la mala alimentación o a la falta de descanso. La melena no entiende de atajos. Y quizá por eso vuelve precisamente ahora, cuando la paciencia se ha convertido en un bien escaso. En los salones especializados llevan tiempo detectando ese cambio. La barbería ya no es únicamente el territorio del degradado milimétrico ni del perfilado de barba; cada vez recibe a más clientes que llegan con una fotografía de Marc Cucurella, de Jacob Elordi o de algún actor coreano guardada en el móvil y una petición que hace cinco años habría resultado insólita: “Quiero dejármelo largo”. Lo que buscan es un pelo que se mueva, que tenga peso, textura y brillo, una melena que transmita naturalidad después de haber invertido una considerable cantidad de esfuerzo. No es casualidad que el fútbol haya terminado ocupando un lugar central en esta transformación. Durante décadas fue uno de los espacios donde la masculinidad se representaba de forma más rígida. El vestuario era un ecosistema donde cualquier desviación de la norma podía convertirse en motivo de burla. Sin embargo, los futbolistas fueron también los primeros hombres en convertir la peluquería en un espectáculo mediático. David Beckham abrió el camino cuando cambiar de peinado se convirtió en noticia de portada. Cristiano Ronaldo perfeccionó esa lógica llevando el cabello al mismo nivel de importancia que sus botas o su preparación física. Neymar hizo del cambio constante una marca personal. Y después de años de cortes cada vez más técnicos y más cortos, el ciclo parece haber vuelto a empezar. Las redes sociales han acelerado ese movimiento. En TikTok, el término bro flow acumula millones de visualizaciones y funciona como un paraguas bajo el que conviven tutoriales, rutinas de cuidado y transformaciones que documentan el paso del degradado clásico a una melena inspirada en jugadores de hockey, surfistas australianos o futbolistas de élite. El algoritmo parece haber descubierto algo que la moda conoce desde hace décadas: no hay nada más seductor que un buen antes y después. Cientos de miles de jóvenes documentan durante meses el crecimiento de su pelo como si estuvieran siguiendo un plan de entrenamiento. La melena deja de ser un resultado para convertirse en un proceso, y ese proceso genera comunidad, conversación y aspiración. Es difícil no ver en este cambio una respuesta silenciosa a la estética dominante de los últimos años. Mientras internet multiplicaba los discursos sobre el “hombre de alto valor”, el regreso de los valores tradicionales y una cierta fascinación por la disciplina casi castrense, la cultura popular comenzaba a producir héroes masculinos cuya imagen decía exactamente lo contrario. Ahí está Cucurella, convertido en icono estético casi sin proponérselo. Su pelo ha generado tantos comentarios como sus asistencias. Cada carrera deja tras de sí una estela de rizos imposibles que las cámaras persiguen con el mismo entusiasmo que sus centros al área. En otro momento quizá habría sido objeto de bromas. Hoy protagoniza campañas publicitarias y aparece en listas de estilo. No deja de resultar irónico que el hombre contemporáneo aspire simultáneamente a parecer un marine y un vikingo. La contradicción explica en buena parte el momento cultural que vivimos. Por un lado, triunfan los discursos que identifican la masculinidad con la austeridad visual: pelo corto, barba perfectamente perfilada, ropa funcional, gimnasio y rutina. Por otro, quienes mejor encarnan el éxito global exhiben una imagen mucho más compleja, donde el cuidado estético no resta autoridad sino que la amplifica. La melena ya no suaviza la masculinidad; la sofisticada. Quizá porque el verdadero símbolo de estatus ya no sea demostrar que uno trabaja sin descanso, sino que dispone del tiempo suficiente para dedicárselo a sí mismo. Durante décadas el lujo masculino se medía en los relojes, los coches o los trajes que uno exhibía. Hoy también se mide en descanso, alimentación, salud mental, entrenamiento personalizado y, sí, en pelo. Un cabello sano comunica exactamente lo mismo que una piel cuidada o una buena forma física: recursos. Recursos económicos, por supuesto, pero también algo todavía más escaso. Tiempo. Y pocas cosas resultan hoy tan exclusivas como poder invertir tiempo en algo que no produce ningún beneficio inmediato.
Vuelve el pelo largo: Cucurella, Haaland, Becker y otros ídolos del mundial lucen melena
Después de una década de degradados y cortes militares, el hombre vuelve a dejarse crecer el pelo. Y hacerlo, paradójicamente, exige más disciplina, dinero y tiempo que llevarlo corto









