Al terminar la semana pasada la �ltima sesi�n de control al primer ministro antes de la pausa veraniega -la �ltima de Keir Starmer como jefe del Gobierno-, el Speaker (figura equivalente al presidente del Congreso) intervino para llamar al orden a la bancada de su propia formaci�n: aqu� no se aplaude. Se vitorea, pero sin aplausos. Fue una sesi�n con esa fina iron�a brit�nica en la que los l�deres de los principales partidos de la C�mara de los Comunes mostraron una notable dignidad pol�tica.Se desped�an y agradec�an sus a�os de servicio p�blico al l�der laborista, que antes hab�a sido jefe del Servicio de Fiscal�a P�blica, se convirti� despu�s en diputado por una circunscripci�n londinense y logr� sacar a su partido del peor resultado de su historia en las elecciones de 2019 -cuando obtuvo solo 202 de los 650 esca�os- para llevarlo, cinco a�os m�s tarde, a una mayor�a arrolladora de 411 diputados.Y, sin embargo, tras el fuerte rev�s laborista en las elecciones municipales de mayo, sus filas le hicieron saber que su continuidad iba contra los intereses del partido. Los motivos fueron, entre otros, los vaivenes en sus decisiones pol�ticas, la preocupaci�n ciudadana por el coste real de la vida y una serie de graves errores de juicio, como el nombramiento del embajador brit�nico en Estados Unidos.La comparaci�n resulta inevitable: �cu�ntos errores de juicio en sus nombramientos puede permitirse nuestro presidente del Gobierno? Las resoluciones judiciales -sin contar las investigaciones en curso- apuntan a una preocupante degradaci�n de los est�ndares pol�ticos: demasiados.Este ejercicio comparativo invita tambi�n a mirar atr�s, diez a�os despu�s del refer�ndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Uni�n Europea (UE). Una fecha para reflexionar sobre algunas lecciones para Espa�a: el sistema electoral, el censo, los l�deres poco comprometidos, las referencias hist�ricas y las promesas incumplidas.En el Reino Unido, las votaciones se celebran en jueves, no en domingo, como en Espa�a. Adem�s, a diferencia de nuestro pa�s, no existe jornada de reflexi�n: la campa�a contin�a el propio d�a de las elecciones, respetando una distancia con los colegios electorales. Estos se ubican en iglesias, pubs, centros culturales y comunitarios, colegios de primaria y departamentos universitarios, como ocurre en la Universidad de Oxford.De hecho, pasearse por Oxford en los d�as previos al refer�ndum transmit�a una falsa sensaci�n de calma. Para algunos, como mi madre -formada en la movilizaci�n del refer�ndum de 1980 para lograr que Andaluc�a accediera a la autonom�a por la v�a del art�culo 151 de la Constituci�n de 1978-, esa calma era sin�nimo de falta de compromiso. Colocaba carteles de Remain en mis ventanas y recorr�a la ciudad con una pegatina a favor de la �permanencia�, con estrellas europeas en la solapa. Era la �nica.Oxford vot� con claridad: un 70 % a favor de la permanencia y un 30 % de la salida. Pero un refer�ndum no funciona como unas elecciones generales brit�nicas: en estas, cada circunscripci�n elige a un representante y gana quien obtiene m�s votos en esa zona. Aqu� se sumaban todos los votos del pa�s: un 51,9 % apoy� la salida frente a un 48,1 % la permanencia. Por eso, conocer el proceso y movilizarse, incluso en una ciudad como Oxford, importa.Adem�s, la mayor�a de los 3,6 millones de ciudadanos europeos no brit�nicos no pod�a participar en el refer�ndum. S� pod�an hacerlo los residentes en el Reino Unido con nacionalidad de un pa�s de la Commonwealth -la asociaci�n formada en su mayor�a por antiguas colonias o dominios brit�nicos-. Es decir, un ciudadano franc�s no pod�a votar, pero s� un residente procedente de Canad�, Australia, India, Bangladesh, Togo o Zimbabue. El censo importa: su transparencia, conocerlo y saber c�mo llegar a quienes lo integran.Pasemos a los l�deres poco comprometidos. El entonces reci�n elegido l�der laborista, Jeremy Corbyn (antecesor de Starmer), llegaba al refer�ndum con una larga trayectoria cr�tica con la UE. Hab�a votado �no� en el primer refer�ndum sobre la permanencia del Reino Unido en la entonces Comunidad Econ�mica Europea -a la que Espa�a se incorporar�a en 1986- y contra el Tratado de Lisboa en 2008. Su apoyo a la permanencia era tibio y poco convincente en alguien que hab�a denostado la UE como un proyecto capitalista.Y luego estaba el primer ministro brit�nico, David Cameron, l�der del Partido Conservador, que hab�a logrado una inesperada mayor�a absoluta en las elecciones de 2015 y cuyo programa inclu�a celebrar un refer�ndum, aunque sin fijar posici�n. No fue hasta finales de febrero de 2016, apenas cuatro meses antes de la consulta, cuando anunci� que apoyar�a la permanencia en la UE. Para entonces, Nigel Farage y otros partidarios del Leave llevaban meses, si no a�os, moviliz�ndose, con la visibilidad p�blica y los recursos de sus esca�os en el Parlamento Europeo. La campa�a conservadora se centr� en argumentos econ�micos. Es decir, ninguno de los dos grandes partidos parec�a interesado en presentar la UE como un proyecto de paz.Vayamos al tercer punto: las referencias hist�ricas. El Reino Unido entr� oficialmente en las estructuras comunitarias en 1973 junto con Dinamarca e Irlanda, bajo un Gobierno conservador, el de Edward Heath. Dos a�os despu�s, un Gobierno laborista liderado por Harold Wilson convoc� un refer�ndum sobre la permanencia, que el propio Wilson apoy�. Durante aquella campa�a, la nueva l�der conservadora Margaret Thatcher se pase� con un jersey de punto con las banderas de los pa�ses comunitarios y declar�: �Podemos desempe�ar un papel en el desarrollo de Europa, o podemos darle la espalda. Si le damos la espalda, renunciamos a nuestro derecho a influir en lo que ocurra. Pero lo que ocurra, inevitablemente, nos afectar�.Sin embargo, en 2016 apenas exist�an estudios rigurosos sobre aquella consulta. No fue hasta 2018 cuando apareci� Yes to Europe, el primer trabajo hist�rico sobre el refer�ndum de 1975, que advert�a de que hab�a sido �descuidado por historiadores y polit�logos�, y convertido en patrimonio del mito m�s que de la historia. Cameron lleg� a la campa�a con el precedente del refer�ndum escoc�s de 2014, pero poco �til para abordar la relaci�n del Reino Unido con la UE.Para terminar, las promesas incumplidas. Autobuses de dos pisos recorrieron el pa�s. En uno de ellos, el entonces alcalde conservador de Londres, Boris Johnson, que ansiaba convertirse en primer ministro (y acabar�a consigui�ndolo), aparec�a con un mensaje que afirmaba que el Reino Unido enviaba 250 millones de libras semanales a la UE, una cantidad que, seg�n su campa�a, se destinar�a al sistema p�blico de salud.La cifra, sin embargo, no era neta: no descontaba el dinero que regresaba al Reino Unido ni los fondos europeos de investigaci�n, de los que el pa�s era el segundo receptor, y tampoco informaba de los enormes costes administrativos de gestionar la salida ni de las extenuantes negociaciones entre Londres y Bruselas, que se prolongar�an durante cuatro a�os. Tampoco se cumpli� la alarma de Farage sobre la entrada inminente de Turqu�a en la UE. Diez a�os despu�s, sigue sin producirse, aunque Reino Unido habr�a podido vetarla, como hizo Francia con De Gaulle al frente en los a�os 60 al bloquear dos veces la entrada brit�nica en la Comunidad Europea.Diez a�os despu�s, el Brexit sigue ofreciendo lecciones para Espa�a, no solo por la decisi�n en s�, sino por la pol�tica que la hizo posible. Las democracias se debilitan cuando se normalizan los errores de juicio de quienes toman decisiones sin asumir consecuencias, cuando los partidos dejan de exigir coherencia a sus l�deres, cuando el conocimiento de la historia se sustituye por mitos y esl�ganes, y cuando las promesas electorales no se corresponden con los hechos, sino que sirven para manipular a la ciudadan�a bienintencionada. El Reino Unido ofrece un ejemplo del coste de esa din�mica pol�tica. La cuesti�n es si en Espa�a hemos tomado nota. Aunque aqu� s� es lo usual, no estamos para aplausos.Marina P�rez de Arcos es profesora universitaria, historiadora y economista, doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad de Oxford y acad�mica investigadora europea en la Universidad de Yale.