En las faldas del Ilaló, donde el viento acaricia los cultivos y el aroma a eucalipto se mezcla con el humo de la leña, una puerta de madera conduce a un mundo que permanece bajo tierra. Allí, entre paredes de cangahua moldeadas únicamente por la fuerza de brazos incansables, el tiempo parece haberse detenido.El calor del horno, el crujir del pan recién salido de las brasas y el sonido de las voces que resuenan en los túneles reciben a quienes descienden a un lugar que nació de la perseverancia y no de la maquinaria.Durante dos décadas, María Mercedes Males, su esposo y sus seis hijos empuñaron pico y pala para abrirse paso en el duro subsuelo. Palada tras palada fueron descubriendo galerías, ampliando espacios y dando forma a unas cuevas que hoy son el corazón de su hogar y de su sustento.PublicidadLo que comenzó como un trabajo familiar impulsado por el esfuerzo terminó convirtiéndose en un rincón único, donde la gastronomía tradicional ecuatoriana, la arquitectura natural de la cangahua y la historia de una familia se entrelazan bajo las entrañas del Ilaló.El origen de las Cuevas Huiracchuro“Soy María Mercedes Males y estamos en las Cuevas Huiracchuro. Las encontramos cavando, a punta de pico y pala tras 20 años de trabajo. Cava y cava, así nos pasamos, sacando la tierra en carretilla para encontrar la cueva", narró la mujer.Manta recibe el Ironman 70.3: estas son las rutas, horarios y restricciones de tránsitoEn la perseverancia de la familia Quinchimbla estuvo la ardua búsqueda de las cuevas, cuando los terrenos que colindan con el volcán Ilaló estaban abandonados. Una motivación de reforestar la zona, encontrar la flora nativa y poner en práctica todo el conocimiento de la construcción, permitió que el esposo de María Mercedes y sus siete obreros monten un proyecto turístico ancestral.PublicidadPublicidad“El día comenzaba a las cuatro de la mañana, hacíamos el desayuno y seguíamos cavando. Para nosotros no existían vacaciones, fiestas o paseo, la vida era trabajar y nos encontramos con esta oportunidad. Al principio queríamos algo chiquito, pero labrando la tierra nos salieron las cuevas", añadió Males.Un diseño inspirado en las tolas ancestralesPequeñas hornacinas revisten el lugar. En dichas repisas artesanales reposan figuras de más de 100 años, que han sido recuperadas y tratadas por la familia, producto de una herencia de sus abuelos y bisabuelos.El diseño es circular. Las cuevas simulan las tradicionales tolas, lugares que servían como templos, viviendas, espacios funerarios y ceremoniales en la época antigua. Tres claraboyas permiten el paso de la luz tenue que tienen las cuevas y una de ellas funciona como ducto conductor del humo que la leña expulsa mientras se cocina la fritada, los maduros o el mote.“El terreno era llucho, no tenía ni hierbas, nada. Era una loma y así comenzamos la cueva, en una lomita. Cuando tomamos esto hicimos criar los árboles, que ha sido lo más difícil porque aquí no hay ni agua. El agua del cerro viene dos veces a la semana, pero sobrevivimos con una cisterna en el verano", continuó.El esposo de María Mercedes se inspiró en el Huiracchuro, un ave que se robó un pedacito del día y la noche, por lo que guarda la esencia de lo que son las cuevas, al encontrar luz en el día, pero en el interior siempre es de noche.El legado familiar en el volcán IlalóEsto les contaba el padre de Teresa Quinchimbla, quien recuerda con mucho amor y entusiasmo aquellos días de excavaciones constantes hasta buscar su sustento entre la tierra.Publicidad“Yo recuerdo que cuando era niña, mi papá tenía la visión de reforestar el volcán Ilaló“. Con esa frase, Teresa revivió la historia de los días en que el trabajo comenzaba con el amanecer y terminaba cuando el cansancio vencía al cuerpo.Conquito anuncia una nueva feria de empleo en octubre para contrataciones de NavidadRecuerda a su padre golpeando la dura cangahua una y otra vez, convencido de que debajo de aquella loma había un futuro para sus hijos. El camino estuvo lleno de incertidumbre, de derrumbes, de jornadas extenuantes y de momentos en los que parecía más fácil renunciar. Sin embargo, él les enseñó que cada golpe de pico era una inversión para el mañana.Hoy, cuando Teresa enciende el horno de leña, recibe a los visitantes o recorre las galerías que excavaron durante años, asegura que el legado de su padre sigue vivo en cada rincón del lugar. Más que unas cuevas, heredó una forma de entender el trabajo: la de construir con las propias manos, valorar el esfuerzo colectivo y demostrar que el sustento también puede nacer desde las entrañas de la tierra, allí donde una familia decidió escribir su historia golpe a golpe.“Desde niño mi papá nos cuenta que tuvo una familia numerosa. En total eran 12, ellos pasaron muchas necesidades, ya que mi abuelita se dedicaba a la agricultura y no lograba sustentar a toda la familia, por eso desde los ocho años tuvo que dejar la escuela para ir a trabajar de albañil. De ahí viene el gusto por estas construcciones ecológicas", contó Teresa.Uso ancestral y gastronomía tradicionalAntiguamente, explicó la joven de 31 años, esas cuevas servían para guardar alimento, es decir, animales que cazaban para que sirvan de comida durante la semana, debido a las bajas temperaturas que se encontraban en el lugar.“Mis abuelitos maternos y los padres de mi padre utilizaban estas cuevas para guardar animales, sea pumas o lobos, porque había pumas en el cerro. Además almacenaban granos y herramientas que utilizaban en los sembríos", enfatizó.La construcción de las claraboyas fue el paso más difícil para ella. “Me acuerdo que cuando sacamos la claraboya de la cocina, él me decía, ‘es que por acá es’ y mandaba una varilla para seguir cavando porque lo hizo de arriba hacia adentro. Entonces fue lo más duro porque en sí no sabíamos en qué parte de la cueva íbamos a salir. Era un poco misterioso trabajar con él, pero siempre nos alentó a trabajar”, manifestó.En total son seis hermanos: Carlos, Mayrita, Carmen, la cocinera, Teresa, Iliam y el Mijael, son quienes unen fuerzas y mueven ollas, empujan leña, sacan los panes de canela del horno y sirven un suculento plato de comida de tres tiempos. La dieta ha cambiado.“Nosotros ofrecemos los platos tradicionales de la sierra, podemos encontrar en el plato principal, un caldo de gallina, el mote pillo y el caldo de acelga, este se le realiza del huerto. Los platos fuertes son la fritada y la cáscara y también estamos ofertando como postre, el dulce de sambo y con el pancito en horno de leña y la chicha como bebida", señaló Teresa.El sendero para llegar hacia las Cuevas de Huiracchuro es rocoso, pero el viaje atrae a muchos visitantes. Por $ 10, la familia se encarga de preparar un recorrido de 1:30 por todo el terreno, donde la gente conocen las leyendas de la zona, las plantas nativas, la fauna nativa y posteriormente, entrarán al subterráneo para servirse un almuerzo preparado con la fuerza de la cangahua.Ellos trabajan bajo reserva con un día de anticipación, ya que el aforo para turistas y público local es de 25 personas. Por ello, de miércoles a domingo, los Quinchimbla tienen todo a punto para recibir a los comensales. (I)