Antes de escribir este artículo hago una búsqueda rápida en internet. Ahora mismo en la cartelera madrileña hay ocho obras teatrales de Federico García Lorca, o sobre él. También las hay en Barcelona, en Sevilla y en Granada. Versiones de Yerma en teatros alternativos, espectáculos flamencos basados en sus poemas y éxitos apoteósicos como Una noche sin luna, de Juan Diego Botto. Muchos de mis ratos más felices en el teatro los he pasado con Lorca. Recuerdo una Bernarda Alba interpretada solo por hombres, y otra donde las actrices pronunciaban cada frase despacio, con agresividad, como si fuese teatro expresionista. Fui a ver varias veces un montaje de Amor de don Perlimpín con Belisa en su jardín donde los actores actuaban como si fuesen muñecos de guiñol, y cada vez que pienso en El público me acuerdo de la primera vez que la vi representada por una compañía universitaria: no entendí nada pero lo entendí todo. Hay quien se queja de esta proliferación, pero a mí me sucede lo contrario. Me reconforta saber que vivo en una ciudad donde cualquier tarde, si tengo un mal día, puedo meterme en un teatro a ver algo de Lorca. Esa certeza me parece un signo de civilización. Claro que hay montajes mejores y peores, pero también una base de magia puramente verbal que es difícil cargarse, por muy malo que sea el director o muy cutre que sea la sala. Por eso me gusta tanto que Javier Calvo y Javier Ambrossi hayan elegido a Lorca como hilo conductor de La bola negra. Aún no la he visto y tendré que esperar a octubre, pero me apetece mucho. Sé que su lectura de Lorca no será la misma que la mía, pero lo bueno de Lorca es que admite muchas lecturas. La del poeta del pueblo. La del señorito. La del escritor total: el de los personajes femeninos, el de la tragedia clásica, el mejor surrealista de España y el defensor de la herencia andalusí, el flamenco y la pantomima. Cada uno tiene su Lorca preferido, y no pasa nada si no coincide con el del vecino. Todo es debatible excepto lo que dijeron los Javis en el estreno: que a Lorca lo mataron por rojo y por maricón. Por lo demás, el debate que ha rodeado el estreno en Cannes de La bola negra, el contraste entre los 20 minutos de ovación y los críticos que temen que el personaje se banalice, no es para tanto. A Lorca no se lo puede banalizar porque es un mito y los mitos lo resisten todo: la parodia, las ediciones críticas, la burla, los dibujos animados y las cábalas teosóficas. Pregúntenle a cualquier hispanista que trabaje en una universidad extranjera: estudiantes de todo el mundo llevan décadas apuntándose a clases de español para leer a Lorca. Sus obras se reponen y se adaptan porque la gente va a verlas. Sus poemas se reescriben, se musican, se cantan, se bailan. Ojalá La bola negra la vea mucha gente. No pasa nada por acercarse a un personaje a través de lo autobiográfico, de lo pop o de la cursilería. Así se perpetúan los mitos. Y lo importante es que, cuando un mito pasa a la siguiente generación, la gente lo lee, sus libros caen en las manos adecuadas, y sucede el milagro: el mito sobrevive.