El comandante Fidel castro (c) celebra la victoria del movimiento revolucionario.EFE/PRENSA LATINA.

“El deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. El eslogan, pronunciado por Fidel Castro hace ya seis décadas, no es solo una consigna ideológica: es, desde 1959, el motor de una maquinaria de exportación revolucionaria que convirtió a Cuba en la capital hemisférica de la subversión antiestadounidense. Hoy, en 2026, el fantasma de La Habana sigue influyendo en la política, el activismo radical, los grupos armados y hasta en los pasillos del poder en Washington.Un extenso informe del Departamento de Estado de los Estados Unidos, explora la intrincada red tejida por la inteligencia y el aparato ideológico cubano. Una telaraña que, lejos de limitarse al espionaje clásico entre gobiernos enemigos, apostó a una estrategia que integró lo político, lo intelectual, lo social y lo cultural: ganarse la mente y el corazón de la izquierda estadounidense… y luego usarla para debilitar a su mayor adversario histórico.PUBLICIDADNunca estuvo en juego una guerra convencional. Cuba, aun en sus días de gloria militar, jamás aspiró a derrotar a Estados Unidos en el campo de batalla. En cambio, perfeccionó un proyecto de “guerra de desgaste” que combinó operaciones encubiertas, creación de redes, entrenamiento de guerrilleros, penetración de organismos estadounidenses clave y -tal vez el golpe más estratégico- una labor metodológica y persistente para reclutar generaciones de activistas e intelectuales abiertamente hostiles al “imperialismo yanqui”.El resultado fue espectacular: insurgencias armadas en el continente, refugio a fugitivos buscados por terrorismo en suelo estadounidense, financiamiento de atentados, y el consagrarse como epicentro ideológico de una “nueva izquierda” mucho más identitaria, radicalizada y global que la esclerosis soviética.PUBLICIDADEl Mayo del ‘68 se gestó antes en las calles de La Habana. A fines de los años 50, la vieja bandera roja del Kremlin palidecía frente a los ojos de los jóvenes rebeldes del mundo libre: represión, burocracia y el pacto de “coexistencia pacífica” con el capitalismo. Nadie lo sentía como una traición más honda que los revolucionarios estadounidenses, arrinconados entre la frustración y el hostigamiento macartista.En 1959, la revolución cubana operó como un soplo de aire fresco y violento. Su mensaje: la historia no espera, la revolución tampoco. No hacía falta que “las condiciones materiales” maduraran: la voluntad, la acción y la militancia podían convertir a cualquier lugar en un foco de insurrección -Estados Unidos incluido.PUBLICIDADEn poco tiempo, La Habana desplazó a Moscú como capital de la izquierda mundial, especialmente entre jóvenes, minorías y movimientos identitarios que vieron en Castro, el Che Guevara y sus camaradas ya no solo inspiración, sino método y logística. El marxismo pasaba a ser un relato de “lucha planetaria” de los pueblos colonizados y minorías oprimidas contra un enemigo único: Occidente, con Estados Unidos en el centro.Raúl Castro ondea una bandera nacional cubana durante un desfile del Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución en La Habana, 1 de mayo de 2025. (AP Foto/Ramón Espinosa)La genialidad (y el riesgo) de la inteligencia cubana fue entender que no hay barreras éticas ni formales entre la diplomacia, la academia, el activismo y el espionaje. Los casos de Ana Belén Montes –la analista estrella del Pentágono que “vendió” la estrategia norteamericana a la isla durante dos décadas– o el más reciente de Víctor Manuel Rocha –exembajador en Bolivia, hábil doble agente de La Habana durante medio siglo– solo son la punta del iceberg.PUBLICIDADEl informe revela alianzas profundas en la academia de elite, ONGs conocidas, sindicatos, partidos y hasta figuras ya integrantes del establishment: ex miembros de grupos como Weather Underground, Panteras Negras o militarizadas ramas de la izquierda sesentista reconvertidas en funcionarios, profesores y opinadores mainstream.El “turismo revolucionario” –delegaciones, programas de intercambio y brigadas militantes como la famosa Venceremos–, cruzó a miles de jóvenes radicales del norte a la isla, en viajes cuidadosamente diseñados por inteligencia cubana, y convirtió a Cuba en una especie de Meca alternativa del progresismo guerrillero.PUBLICIDADLa lista de graduados es de alto impacto: de Angela Davis (ícono académico hoy celebrada en los rankings de TIME y la UC) a actuales alcaldes de grandes ciudades estadounidenses, fundadoras de Black Lives Matter y hasta un buen puñado de miembros del Congreso. Mientras tanto, decenas de fugitivos de la justicia norteamericana, condenados por terrorismo y asesinatos –entre ellos Assata Shakur y miembros del Ejército de Liberación Negra– vivieron y murieron en Cuba con status de leyenda.Cuba nunca actuó sola. Durante la Guerra Fría, fue la punta de lanza del bloque soviético en América, proveedor de logística y saberes a grupos guerrilleros de toda la región, de los Montoneros y Tupamaros a los sandinistas y, más tarde, los bolivarianos de Venezuela. Ya entrado el Siglo XXI, convirtió la crisis venezolana en una segunda base de exportación revolucionaria, penetró la seguridad y la economía caribeña, y abrió sus redes a China, Rusia e Irán, que multiplicaron su dotación de agentes e instalaciones de inteligencia en la isla.PUBLICIDADUn repaso por las relaciones con Hamas, Hezbollah y otras franquicias militantes de Oriente Medio, sumado al nuevo “eje de la resistencia” articulado con la Venezuela de Maduro, demuestra la actualidad y vitalidad de las rutas cubanas para la guerra asimétrica, el sabotaje y la influencia sobre activistas occidentales.El dictador cubano Miguel Díaz-Canel pronuncia un discurso durante una ceremonia para conmemorar el 65 aniversario de la declaración del carácter socialista de la Revolución Cubana en La Habana, Cuba, el 16 de abril de 2026. REUTERS/Norlys Perez¿Cuántos grupos “progresistas” en Estados Unidos son hoy, en mayor o menor medida, producto de la siembra cubana de siete décadas? La respuesta es alarmante: “Muchos de los mayores episodios de convulsión social y política –desde los disturbios de George Floyd hasta la explosión del activismo partidario del terrorismo en las universidades– están indirectamente conectados con la influencia cubana”, concluye el informe.PUBLICIDADPobre y reprimida, Cuba nunca ha sido inocua. Su poderío es (y fue) ideológico, subversivo y hasta parasitario, infiltrando las venas mismas de la sociedad civil y política estadounidense. “Atacar a los Estados Unidos no desde fuera, sino desde dentro: convertir estadounidenses en instrumentos de la caída de su propia nación”, sintetiza el análisis.Mientras la vieja Cuba agoniza económicamente, su modelo revolucionario muestra una longevidad inquietante, ahora amplificado y compartido con actores globales de todo color y agenda. Así, las palabras de Castro en 1958 –“cuando acabe esta guerra comenzará para mí una guerra mucho más grande contra Estados Unidos”– resuenan con más vigencia que nunca.PUBLICIDAD