Un cartel oficial de la UEFA para la Eurocopa de 2024 ofrecía un muestrario de las grandes estrellas que se iban a enfrentar en la competición. Ocho jugadores de ocho países, entre ellos Mbappé, Bellingham y Modric. No aparecía ningún jugador de la selección que terminaría ganando con toda justicia por ser el mejor equipo después de derrotar a Croacia, Italia, Alemania, Francia e Inglaterra. Era la selección de España, un grupo de jugadores en general muy jóvenes que habían recogido la antorcha del equipo que había ganado el Mundial en 2010.
La Eurocopa de Alemania supuso la aparición fulgurante de jugadores como Lamine Yamal y Nico Williams, nacidos en España e hijos de inmigrantes que habían superado todo tipo de penalidades para construir una nueva vida en nuestro país. Dos años después, formaban parte de un equipo similar, aunque precisamente Lamine y Nico no parecían estar en las mejores condiciones físicas tras recuperarse de sendas lesiones. Se respiraba un pesimismo contenido en algunos medios de comunicación. Después de la primera fase del Mundial, Mikel Oyarzabal se lo decía a un periodista: “Creo que estáis en una onda un poco negativa, no sé muy bien el motivo”.
Oyarzabal sabía algo. Los jugadores tenían la misma confianza en sí mismos que en la Eurocopa de dos años atrás. Veían a un portero muy seguro, a dos centrales que formaban un muro infranqueable, a un Rodri que estaba a nada de volver a ser el mejor centrocampista del mundo, a un Lamine que llegaría a tiempo de una forma u otra y a un equipo y su entrenador que tenía una idea muy clara de cuál debía ser su juego. No cambiaron su estilo ni ante Francia, la selección a la que la prensa anglosajona veía como el campeón inevitable.












