En los museos, la prohibición de tocar no es únicamente una norma; es una forma de interactuar con el espacio expositivo. El 17 de marzo, en el Museo Cappella Sansevero de Nápoles, esa relación se modificó, aunque fuera de manera puntual. En el interior del espacio que protege el Cristo Velado —la escultura realizada por Giuseppe Sanmartino en 1753, conocida por la precisión técnica de su sudario—, un grupo de visitantes ciegos o con baja visión accedió mediante un protocolo excepcional: la barrera fue retirada.“La discusión entre conservación y acceso suele plantearse en términos equivocados”, señala Maria Alessandra Masucci, presidenta del Museo Cappella Sansevero. “Se da por hecho que son principios que se excluyen, cuando la accesibilidad museística es un método”. La formulación no se presenta como un posicionamiento teórico, sino como un marco operativo. “La retirada de la barrera, el uso de guantes, la regulación del tiempo: cada detalle ha sido pensado para que la tutela del patrimonio y el derecho de acceso no estén en contraste, sino que se completen”.“El tacto es un lenguaje autónomo. Ofrece una lectura distinta de las formas, de los volúmenes, de las superficies”, explica Masucci. La afirmación no introduce una jerarquía entre los sentidos, sino que articula el acceso a las obras desde una perspectiva inédita.Chiara Longobardi, una de las participantes, que perdió la vista en la edad adulta, señalaba que el recorrido táctil le permitió identificar un elemento difícilmente perceptible al ojo humano: uno de los clavos que elevan ligeramente el sudario. “No es el tacto lo que es diferente”, explicaba, “es la percepción lo que cambia”. Otra de las guías describía la experiencia en términos físicos: “Cuando tocas el velo, sientes las venas palpitar debajo”.La escultura, interpretada habitualmente como una proeza óptica —la ilusión de transparencia del mármol—, se desplaza aquí hacia su condición material. “El mármol tiene una temperatura, una consistencia”, apunta Masucci. “En esta ocasión, esa materialidad se ha convertido en la sustancia de la experiencia”. Las visitas fueron guiadas por personas con discapacidad visual formadas específicamente para este recorrido. “No han traducido las obras para un público con discapacidad”, explica Masucci, “han construido una narración que nace de una experiencia distinta del mundo”.La premisa que articula el proyecto es precisa: “No pensar que somos todos iguales, sino que tenemos todos los mismos derechos”. A partir de ahí, la exploración táctil se acompaña de un relato que no describe desde fuera, se construye en paralelo al gesto. “Se trata de permitir sentir en lugar de ver”. La posición de quien explica se redefine en ese proceso. “Una guía que ilustra esta obra a través del tacto cuenta una escultura que nosotros, acostumbrados a mirarla, no habíamos encontrado”, afirma Masucci. Algunos de los videntes presentes en la jornada describieron una variación en su propia percepción tras asistir al recorrido.La iniciativa se inscribe en un conjunto de programas desarrollados por el museo: recorridos con audiodescripción, contenidos en lengua de signos, materiales adaptados. “Consideramos esta área un método, una mentalidad”, señala Masucci.“Vivimos en una época en la que la experiencia cultural tiende a ser cada vez más virtual”, añade. “Se mira cada vez más y se ve cada vez menos”. La restitución de la dimensión corporal no se plantea aquí como una alternativa, sino como una condición de la experiencia. “La belleza o es un derecho para todos, o no es un derecho para nadie”, remata Masucci.