Un calor denso es lo primero que se percibe al ingresar al área de la piscina de la Fundación Instituto San José, en el distrito madrileño de Latina. El espacio está completamente cerrado y el agua a 33 grados en pleno verano. Pero la temperatura es amable y el lugar cuenta con un sistema que controla el cloro y la humedad con precisión clínica. Aquí nadie viene a nadar ni a refrescarse, sino a recuperar movimientos que alguna enfermedad o lesión había hecho imposibles. Para Ángel García Rincón, auxiliar de rehabilitación del lugar, el impacto que tiene el agua en estas personas es realmente importante. “Piensa en alguien que pasa su vida en una cama o en una silla de ruedas. Entra, camina y de repente puede mirar a la persona que tiene delante a los ojos y no desde abajo. Solo eso ya es un beneficio enorme”, sostiene el profesional de la salud de esta unidad, que lleva casi dos décadas en funcionamiento. A esta piscina terapéutica, que tiene la forma de un octógono perfecto, llegan personas con secuelas de un ictus, con daño cerebral, ELA, lesiones medulares o tras haber sufrido algún accidente. También, bebés de pocos meses con alteraciones del desarrollo o adolescentes con discapacidad motora. Durante unos minutos, el agua les concede una tregua contra aquello que el resto del día les pesa demasiado: su propio cuerpo. Paco Ramos, un antiguo óptico de Carabanchel diagnosticado hace ocho años de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), acaba de terminar su sesión cuando sus nietas lo esperan fuera de la piscina. “Hoy he podido andar solo en el agua”, comenta el paciente de 62 años. Su mujer, Isabel Camacho, lo observa junto a las niñas: “Siempre fue nadador. Cuando apareció la enfermedad, pensó que eso se había acabado. Pero entra en la piscina y vuelve a andar. Parece una tontería, pero para él significa muchísimo. El hombre se crece ahí dentro”.Ángel García, auxiliar de rehabilitación, junto con un paciente de la Unidad de Terapia en el Agua de la Fundación Instituto San José.Andrea ComasDe izquierda a derecha: los fisioterapeutas Isaac Fernández, María Alonso Fraile y Diego Galdeano.Andrea ComasMaría Alonso Fraile, responsable de la unidad, durante una sesión de fisioterapia.Andrea ComasLos fisioterapeutas Isaac Fernández y María Alonso Fraile en la la Unidad de Terapia Acuática (UTA) de la Fundación Instituto San José en Madrid.Andrea ComasEl fisioterapeuta Isaac Fernández junto con la paciente Mónica Cabrero.Andrea ComasDurante este turno está también Mónica Cabrero, una madrileña de 53 años. Antes de descender por la rampa, se ajusta la prótesis de una de sus piernas. Con una mano apoyada en la barandilla, avanza despacio mientras el agua empieza a cubrirle el cuerpo. “Aquí puedo hacer cosas sin miedo”, dice. “Si me caigo, como mucho me doy un chapuzón”. Hace 12 años un ictus cambió su vida por completo. Tenía un trabajo que le apasionaba como trabajadora social en un centro de emergencia para mujeres víctimas de violencia machista. Después, llegaron meses de hospitalización y una incapacidad permanente. Desde entonces no ha dejado la rehabilitación. “Para mí es como un trabajo”, afirma. Cabrero recibe fisioterapia en casa, acude a un centro especializado en daño cerebral y todos los martes reserva la mañana para la piscina terapéutica. “El agua es un medio amable para quienes tenemos limitaciones físicas”, sostiene. En la piscina se perciben movimientos lentos. Unos levantan los brazos con instrumentos para aprender a nadar. Otros avanzan cogidos de las manos de su fisioterapeuta. Las sesiones combinan distintas metodologías de rehabilitación acuática adaptadas a cada paciente. María Alonso Fraile, responsable de la unidad, afirma que, aunque utilicen aletas, pesas sumergibles o pantallas interactivas, su principal herramienta es el agua. Lleva más de 30 años en la fundación y fue una de las impulsoras del espacio. “El agua facilita el movimiento, aporta seguridad y permite trabajar capacidades que en seco serían imposibles”, subraya la profesional sanitaria. Isaac Fernández, otro de los fisioterapeutas, lleva dos años en la piscina: “Muchos no pueden caminar fuera del agua y aquí sí. Es una cuestión física, pero también cambia cómo se sienten”.El informe Piscinas y salud en España, presentado en junio por la Asociación Española de Profesionales del Sector de la Piscina (Asofap), sostiene que son todavía una infraestructura infrautilizada. En un país con más de 1,3 millones de piscinas, públicas y privadas, el documento defiende su potencial para prevenir enfermedades, favorecer la rehabilitación y mejorar la salud mental, especialmente en una España cada vez más longeva, con una esperanza de vida superior a los 84 años y más de 10 millones de mayores de 65 años.En este documento, la Asofap destaca el trabajo de la fundación, pero no solamente. También menciona dos iniciativas en Barcelona y un tercer proyecto en Granada. Una historia de cuidados La Fundación Instituto San José ha acogido durante décadas a quienes no encontraron sitio en ningún otro lugar. Fue fundada hace 127 años para atender a niños con epilepsia, pero la institución amplió su misión según las necesidades de cada época. Llegaron heridos de la Guerra Civil, pacientes con enfermedades neurológicas y, cuando el sida todavía estaba rodeado de estigma, enfermos a quienes los hospitales se negaban a atender. Hoy, el complejo alberga un hospital, residencia, colegio de educación especial y esta unidad de terapia acuática. Todos sus servicios cuentan con plazas concertadas con la Comunidad de Madrid, salvo esta última. La rehabilitación en el agua es privada y obliga a las familias a asumir un coste que ronda los 300 euros mensuales por dos sesiones semanales. Por aquí pasan cerca de 230 pacientes, desde bebés de pocos meses hasta mayores de más de 90. La mayoría llega derivada de otros centros o como parte de un tratamiento.Algunos estudios apuntan a que el ejercicio en el agua puede mejorar la movilidad, el equilibrio y la marcha en personas con enfermedades neurológicas a lo largo de toda la vida, desde niños hasta adultos mayores.En el caso de la esclerosis múltiple, una revisión de diversos estudios publicada en 2016 concluyó que los ejercicios acuáticos producen estas mejoras. La relevancia de estas terapias crece a medida que aumentan también las cifras. Según la Sociedad Española de Neurología (SEN), en España viven actualmente entre 4.000 y 4.500 personas con ELA, pero es previsible que el número de pacientes aumente más de un 40% en Europa durante los próximos 25 años, como resultado del envejecimiento poblacional. Asimismo, cada año se producen unos 90.000 nuevos casos de ictus en el país, según datos de SEN, que advierte que hasta el 90% podrían prevenirse con hábitos de vida saludables.“Ahora puedo caminar sin molestias”En uno de los pasillos de esta fundación cuelga una reproducción de Triste herencia, cuadro que Joaquín Sorolla pintó en 1899. En la escena, varios niños con muletas se dirigen al mar acompañados por un religioso. García Rincón, auxiliar de rehabilitación, descubrió aquella pintura y consiguió que el Museo Sorolla les enviara una copia. “Me impresionó porque representa exactamente lo que hacemos aquí más de un siglo después”, cuenta. “Entonces, ya llevaban a los niños al agua porque intuían sus beneficios”. Los fisioterapeutas corrigen un apoyo, sujetan un brazo, sostienen una espalda. García Rincón lleva 36 años en la fundación y ha visto llegar bebés que hoy son adolescentes y pacientes que forman parte de la casa desde hace más de una década: “En este mundo de la dificultad y del sufrimiento, tu escala de valores se recoloca”. Otra paciente, de 61 años y que prefiere no dar su nombre, llegó hace apenas unos meses después de pasar cinco inmovilizada por una fractura vertebral tras resbalar en la ducha. El dolor le impedía moverse. “Ahora puedo caminar dos o tres horas sin molestias”, cuenta. “Yo puedo pagar esta terapia”, apunta, “pero hay mucha gente a la que también le vendría de lujo y no puede hacerlo. Esto tendría que estar subvencionado de alguna manera”.En el siguiente turno, ingresa Andrés París. Tiene 68 años y convive con una esclerosis múltiple secundaria progresiva. Es uno de los usuarios más veteranos de la unidad. Desde hace 15 años entra dos veces por semana en esta piscina. “Estoy prácticamente igual que cuando empecé”, cuenta. En otra enfermedad, esa frase sonaría decepcionante. En la suya es una victoria: “No he ido a peor”. Conduce él mismo desde Villaverde hasta la fundación y cuenta que su familia ha estado siempre para él. Años atrás, uno de sus hijos, que lleva su mismo nombre y que EL PAÍS entrevistó, obtuvo una beca de La Caixa para estudiar la esclerosis múltiple, precisamente la patología que lo acompaña. Dos formas distintas de resistir. Mientras su hijo libra la batalla en un laboratorio, él la sostiene con pasos lentos en esta piscina.