Actualizado 21/07/2026 - 01:56h.

La silla era de madera, pintada en un vívido granate, con asiento de enea. Pequeña, no llegaba al metro de altura. Cada tarde de verano, a las cuatro y media de la tarde –recuerdo la hora como si fuera ayer–, bajo un sol entre mediterráneo ... y manchego, que el mismo sol es, me la echaba bajo el brazo. En el hombro contrario, una bolsa de tela. Dentro, la labor. Un bastidor, hilos de colores, aguja, tijeras, dedal… No debía tener más de 8 o 9 años. Salía de casa sigilosa, mientras los demás dormían la siesta, rumbo al antiguo teatro del pueblo. Allí, en la zona de sombra, con las puertas abiertas, simulando que corría algo de aire, nos esperaba –a mí y a otras niñas– Isabel. Sé que era buena maestra porque me gustaba, me gusta, bordar. De las querencias por una disciplina la mayoría de las veces, o todas, tiene la culpa el profesor. El trabajo de Isabel lo mejoró mi tía Mercedes, que vigilaba mi punto de cadeneta cuando, ya más mayor, la acompañaba a su casa de campo. El máster definitivo me lo impartió mi madre: me enseñó la delicada vainica, la técnica con la que, sacando hilos de la tela, y agrupándolos con finísimas puntadas, se crea un encaje dentro de la misma. Aún recuerdo cómo se hace.