Bogotá se prepara para un 20 de julio distinto. Por primera vez, el desfile militar no recorrerá la Avenida Boyacá, el centro o el norte de la capital: saldrá desde un centro comercial de Ciudad Bolívar y cruzará Bosa, en el populoso sur, en un giro que el propio Gustavo Petro ha promocionado durante semanas como un gesto de acercamiento popular. Será, según ha dicho el presidente saliente, su último gran acto como jefe de Estado: “Una vez pase el desfile del 20 de julio, hablaré por última vez al país”. Al tiempo, en la otra esquina del país político, el presidente electo Abelardo de la Espriella se empeña en jurar el cargo el 7 de agosto en una guarnición militar, un plan que ha chocado con el propio Petro que, como comandante en jefe hasta ese día, ha prohibido a la fuerza pública prestarse para la ceremonia.Son dos escenas de un campo de batalla simbólico. Petro se ha caracterizado, más que cualquier otro presidente de la historia reciente de Colombia, por gobernar a través de símbolos. La campaña con la que De la Espriella derrotó a sus fuerzas de izquierda se libró en el mismo terreno. Si el presidente saliente ha llamado a Colombia “corazón del mundo”, el abogado que lo sucede repite la fórmula de la “patria milagro”. Si Petro decora los espacios oficiales con mariposas amarillas, De la Espriella satura sus redes con tigres generados por inteligencia artificial, en referencia al apodo que se dio a sí mismo, “El tigre”. Si el presidente saliente cita en sus discursos a pensadores como Jürgen Habermas o Antonio Negri, el entrante enmarca sus palabras en visiones pragmáticas. Son dos caminos que solo convergen en momentos puntuales. Uno de ellos es el terreno militar.Se trata de una elección llamativa en un país que se piensa a sí mismo como civilista, casi como una excepción latinoamericana por haber tenido apenas cuatro años de dictadura militar en todo el siglo XX, frente a las décadas de autoritarismos castrenses que marcaron a Suramérica. Y sin embargo, los dos grandes liderazgos políticos del momento —el que se va y el que llega— compiten hoy por mostrar de su lado lo castrense.En el caso de De la Espriella la búsqueda es evidente. Como candidato de irrupción desde la ultraderecha, convirtió el tradicional saludo militar de llevar la mano a la sien en gesto de campaña. Ya como presidente electo, su insistencia en tomar posesión en un cuartel —cumpliendo una promesa hecha como candidato, justamente para resaltar ese énfasis en lo militar— ha agitado un debate jurídico y político que todavía no cierra. El respaldo constante de sectores de los veteranos ha sido uno de sus activos políticos más visibles, y su discurso de mano dura y de securitización de casi cualquier problema público lo ubica en la tradición clásica de la derecha latinoamericana, aliada por excelencia de los ejércitos.El de Petro es un caso más paradójico. Si como guerrillero combatió a las Fuerzas Armadas y como político ha sido usual crítico de sus políticas, como presidente ha bebido de una tradición que señala que una cosa es la oficialidad y otra la tropa, y que busca reivindicar a esta última. Desde su discurso de posesión habló de aprovechar la capacidad de ingeniería de las Fuerzas Militares para construir puentes y vías en todo el país, un proyecto que avanzó poco. Lo que sí sacó adelante fue un aumento significativo del salario de los soldados, que presentó como una forma de ayudar al pueblo con una idea de un “ejército popular” que le ha permitido acercarse, a su manera, a lo militar: la decisión de trasladar el tradicional desfile del 20 de julio a los barrios populares es una muestra de ello.La disputa, sin embargo, tiene raíces más hondas, como se ve en la puja por la figura de Simón Bolívar. En Colombia, el casi bicentenario Partido Conservador ha reivindicado al Libertador como parte de su tradición, pero el militar venezolano que logró la independencia de todo el norte de Suramérica también ha sido bandera de la izquierda armada. Las extintas FARC lo defendían e incluso intentaron construir un movimiento político de masas urbano al que llamaron Movimiento Bolivariano. Y el M-19, la guerrilla a la que perteneció Petro, robó su espada en una de sus primeras acciones, el 17 de enero de 1974, como gesto simbólico de su lucha contra el imperialismo. La devolvió 17 años después, el 31 de enero de 1991 —hace exactamente 35—, en una ceremonia en la Quinta de Bolívar. Como jefe de Estado, Petro ha reivindicado una y otra vez a Bolívar e incluso ha enarbolado la bandera de la llamada guerra a muerte con la que el general amenazó con la pena de muerte a quien apoyara a los realistas. Incluso se verá en el retrato que dejará en la galería de mandatarios del Palacio Presidencial.En medio de esos dos, un personaje clave ayuda a entender el cruce actual: el general Gustavo Rojas Pinilla, conservador, militar y populista, y el único dictador militar del siglo XX. Llegó al poder en 1953 impulsado por sectores de los entonces poderosos partidos Conservador y Liberal, y salió cuatro años después por la presión de los mismos grupos que lo habían encumbrado. Para mantenerse, Rojas intentó construir lo que llamó el “binomio pueblo-Fuerzas Armadas”, una base popular ajena a las estructuras de los partidos tradicionales. Tras su derrocamiento, creó la Alianza Nacional Popular o Anapo, un partido por el que se candidateó a las presidenciales de 1970, en las que perdió, por lo que denunció como un fraude ante la alianza liberal-conservadora del Frente Nacional. En esa Anapo, el militarismo estaba presente como reivindicación del orden y como distancia frente al bipartidismo, y de ella y su denuncia de monopolio político de las élites bipartidistas, nació la guerrilla del M-19. A ella se unió, adolescente, Gustavo Petro, con una tradición que justamente veía en lo militar una posibilidad de superar a las élites tradicionales. Ese es el legado que reivindica el presidente saliente.De la Espriella llega a lo militar por una vía completamente distinta, que no solo pasa por el tradicional militarismo de la derecha colombiana y por el liderazgo del expresidente Álvaro Uribe Vélez, cabeza de ese sector durante un cuarto de siglo y defensor de lo castrense. También por su notoria cercanía con la dinastía conservadora de los Gómez, que tiene como patriarca al expresidente conservador Laureano Gómez, justamente el mandatario a quien Rojas Pinilla dio el golpe militar. De la Espriella ha hecho campaña hombro a hombro con el ahora senador electo Enrique Gómez Martínez, nieto del expresidente; designó como ministro de Hacienda a Miguel Gómez Martínez, hermano del congresista; y tendrá como jefe de despacho a Nicolás Gómez Arenas, hijo de Enrique Gómez Martínez. Es probable que De la Espriella no logre tomar posesión en un cuartel el próximo 7 de agosto por la negativa de Petro. Pero aun si toma posesión en otro lugar, es previsible que su primer gesto como presidente sea un guiño a los uniformados. Será un espejo de la primera decisión de Petro como presidente: cuatro años atrás, mientras la ceremonia de posesión seguía su curso, dio la orden al Ejército de llevar allí la espada del Libertador —la misma que había robado el M-19— para exhibirla. Dos gobiernos que se piensan como opuestos en casi todo empiezan su mandato, cada uno a su manera, con un elogio a algún símbolo militar. Petro, con su gesto este 20 de julio, parece cerrarlo con el mismo énfasis. El paralelismo, en un país que se enorgullece de ser la excepción civilista de América Latina, habla por sí mismo.