Actualizado a las 21:17h.
Como en una pintura de un Lautrec enloquecido, se perfila –rojas las gafas, rojos los zapatos de tacón, los labios, el vestido, la camiseta y el abanico– Esther Martínez frente a los matones, encapuchados y envalentonados en el eco tan certero de aquellos terroristas. ... La imagen ha dado la vuelta al mundo. La mujer extiende los brazos en cruz en una entrega heroica ante todos esos pibes que, de haber tenido una pistola, la habrían matado. Lo sabe ella, a la que ya quisieron matar en su día. El abanico, recogido, se erige en una suerte de varita mágica, de muleta, o de barricada democrática frente a quienes lanzan botellas, zarandean y derriban las vallas en un siniestro gorileo de insultos, puñetazos y amenazas para disolver a la gente que se había acercado a ver el partido en la pantalla. Los acosaron, les lanzaron objetos, les pegaron palizas, los insultaron y los persiguieron. Familias se refugiaban en los portales, cazadas como conejos.
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