Está ahí pero apenas lo apreciamos. Necesitamos fuerza de voluntad para buena parte de las decisiones conscientes que tomamos y que impliquen superar un impulso interno inmediato por alguna razón racional. Esto incluye resistir la tentación de comprar una chocolatina en la caja del supermercado, para mantener la calma cuando los hijos se quejan por cualquier cosa, incluso para aguantar una eterna e inacabable llamada telefónica.

Seguramente en más de una ocasión hemos estado a punto de rendirnos, pero algo nos dice: ‘Sigue adelante, tú puedes’. Esta es nuestra fuerza de voluntad trabajando para ayudarnos a alcanzar nuestras metas. No solo se asocia con el control de la conducta y la evitación de tentaciones, sino también con la capacidad de posponer la gratificación, un aspecto clave que se relaciona con evitar conductas riesgosas o poco saludables.

A todos nos gustaría tener más fuerza de voluntad y autodisciplina en muchas ocasiones. Al final, pensamos en lo que podríamos hacer, y lo que podríamos lograr, si lo hiciéramos. Pero, esta fuerza de voluntad, ¿es algo que nos define o que aprendemos con el tiempo?

Fuerza de voluntad: no ceder a las tentaciones

“Ya lo haré después” o “mañana lo termino” son frases que nos hemos dicho en más de una ocasión. Nos falta fuerza de voluntad para seguir con una tarea concreta o cumplir el propósito de ir al gimnasio. Otras veces, mantenemos la motivación para seguir adelante, a pesar de otros intereses, tentaciones o distracciones. Aquí, la fuerza de voluntad se hace evidente. Para Julia Vidal, psicóloga sanitaria y directora de la Clínica Área Humana Psicología, se trata de una “habilidad para no ceder ante tentaciones a corto plazo, tolerando el no obtener beneficios inmediatos, para poder conseguir un propósito a largo plazo”.