Hay una distancia prudencial —que a menudo se convierte en un abismo insondable— entre la retórica del poder y la realidad parlamentaria. Si nos atuviéramos estrictamente a los anuncios del Poder Ejecutivo, este Congreso debería estar funcionando como una máquina rítmica e ininterrumpida de producir transformaciones. El propio presidente nos había prometido que seríamos testigos del Parlamento más reformista de la historia argentina, anticipando un envío torrencial de proyectos por minuto. Sin embargo, basta con observar los números fríos del primer semestre para entender que la realidad va por otro carril. Como bien señalaba Benjamin Guyorini en una precisa crónica del fin de semana en Clarín, la cosecha legislativa es sensiblemente más pálida de lo anunciado. El Congreso apenas logró aprobar cinco leyes: la reforma laboral, el régimen penal juvenil, la Ley de Glaciares —clave para la actividad minera—, el acuerdo Mercosur-Unión Europea y la autorización para pagar más de 100 millones de dólares a dos fondos buitre. Cinco iniciativas. Ese es el saldo real de un Poder Legislativo que avanza a media marcha y donde los acuerdos de fondo parecen postergarse de forma indefinida. El Gobierno y el post Mundial: economía, reformas y nueva relación con las provincias