Publicidad20 de julio, 2026 - 09h00El éxito no se mide únicamente en balances financieros, sino en la capacidad de transformar un momento de crisis en una fuente de bienestar, así lo define Jennifer Tapia, una ingeniera comercial de 41 años.Hace casi tres años, en medio del encierro provocado por el COVID-19, lo que comenzó como una búsqueda familiar para “hacer algo por las personas” terminó convirtiéndose en Regalos Encantados, un emprendimiento que hoy ilumina hogares desde Guayaquil.Esta no es solo la historia de una marca de velas, sino el relato de una mujer que entendió que, para avanzar, a veces es necesario detenerse y encender una luz propia.Publicidad‘De vender 15 bolos diarios a 400′: el impacto de la viralidad para un negocio guayaquileñoEl corazón del proyecto es su producto estrella: las velas de cera de soya aromáticas. A diferencia de las velas convencionales fabricadas con parafina (un derivado del petróleo), las creaciones de Jennifer son 100 % naturales, orgánicas y artesanales. Esta elección no fue al azar, pues responde a una responsabilidad con el cliente y el medioambiente.“Nuestros productos son orgánicos y artesanales. Aprendimos a hacer velas de cera de soya aromáticas... La parafina es realizada de un derivado del petróleo, por eso es que son tóxicas”, menciona.PublicidadPublicidadLa particularidad de las velas reside en su capacidad de crear una “piscina” de esencia que perdura en el ambiente incluso después de apagada la mecha.Tiene una producción promedio de 150 velas semanales, la mayoría en envases de 100 gramos. El portafolio de Jennifer está diseñado en aromas que actúan como instrumentos de escape emocional.‘Lo tomé como empresa, nunca como emprendimiento’: la brasileña que convirtió su pasión por la moda en empleo para familias en EcuadorEntre sus seis fragancias fijas destaca Cheers, una mezcla de naranjas, cerezas y jazmín que busca relajar los sentidos. También están Carmesí, diseñada para momentos románticos con notas de ciruela y canela, y Ocean, que transporta al usuario directamente a la brisa marina y el coco.Para Jennifer, el olfato es un canal terapéutico subestimado: “Es un sentido que no nos han enseñado a desarrollar. En los talleres, las personas a veces conectan tanto con ellas mismas que se acuerdan de su infancia y a veces se ponen a llorar. Necesitamos más calma porque todo es inmediato”.Esta visión ha llevado al negocio a ofrecer talleres de experiencias sensoriales en los que los asistentes no solo fabrican velas, sino que buscan una pausa consciente en un mundo que “todo lo quiere ya”.Aprender a cerrar puertas para abrir ventanasDetrás de cada aroma hay una estructura familiar sólida. La madre de Jennifer apoya en producción y su hija en marketing, logrando un equipo que ha tenido que aprender a planificar y controlar para crecer.PublicidadSin embargo, el camino lo define como una “montaña rusa”. Entonces, emprender le ha exigido una resiliencia férrea ante los fracasos económicos que pocos se atreven a contar.Uno de los momentos más difíciles fue el cierre de un punto de venta en un supermercado donde, a pesar de la inversión, las ventas no prosperaron.La mujer recuerda ese golpe: “Me costó bastante decir: ‘Ya me tengo que ir’. Tuve que aterrizar y decir que por ahí ya no podía ir, pero tengo que tocar otras puertas e ir buscando la forma de hacerlo, porque como todo negocio, a veces, realmente no es fácil”.A pesar de los retos, la marca ha logrado hitos importantes como su presencia fuerte en una isla del centro comercial Albán Borja, en Guayaquil.“Nosotros no vendemos velas, vendemos la experiencia, cuando la persona llega a la casa y enciende sus velas”, afirma. Con esta filosofía, pretende demostrar que es posible crear un refugio de paz en medio del caos cotidiano. (I)