“Cuando no viene la culpa, disfruto”, dice Anabel Sánchez (21 años) —aros plateados, pestañas levantadas, la mirada intensa— en este bar del centro comercial. “Disfruto hasta lo más mínimo. Tener esta botella”, dice, y agarra de la mesa la botella de agua mineral. Mientras la abre, completa: “Que no sale de un pozo, que se puede tomar. Cosas tan mínimas que a veces una las normaliza”.Hace solo tres años vivía con su mamá, sus cuatro hermanos y sus abuelos en una casa con baño precario sobre una calle de tierra en San Francisco Solano, a 30 kilómetros de la Capital Federal. Tenía 18 años y la urgencia desesperada de modificar su vida. Así que hizo algo disruptivo. En el patio, las paredes sin revocar, con ropa que se había confeccionado ella misma, grabó un vídeo para mandar a un casting internacional de la revista Vogue. Desfiló estoica, la mirada al frente, como si estuviera en una pasarela de París. Durante tres horas probó: ensayo y error, hasta lograr la versión definitiva que subió a la red social; en los primeros dos días lo vieron más de un millón de personas. El corolario resumido: en febrero de este año desfiló en la Fashion Week de Nueva York.Pero la actitud, esa decisión de modificar su vida, no surgió esa tarde, en ese patio, frente al celular apoyado en una silla. La llevaba dentro desde los cuatro o cinco años, cuando empezó a trabajar, acompañando a su mamá a una feria para vender cosas. Y, luego, en los años que siguieron. Quería ser patinadora: su sueño era vivir sola, ser reconocida. La profesora de patín le pagaba la cuota del club, pero siempre faltaba plata para el leotardo o las medias y sus padres, por eso o por cualquier otro motivo, terminaban discutiendo.“La carencia hace que vos misma te prohíbas cosas”, dice. Toma un trago de agua mineral y explica esa sensación de soledad profunda que nacía en alguna parte indeterminada del cuerpo y se ramificaba por dentro como un hongo invasivo. Si le gustaba un chico, decidía no hablarle, con miedo a que la invitara a tomar un helado que ella no podría pagar. A los cumpleaños de sus amigas faltaba: no quería ir sin regalo. Cuando la invitaban a algún sitio, pensaba: ¿voy a repetir la ropa otra vez? Y así, de a poco, se aislaba del mundo. “No había más explicación que esa: sentirse triste y vulnerable por no poder cumplir un sueño, una traba económica me lo impedía”.Para evadirse, se concentraba en la rutina. Iba a la escuela, volvía a su casa y se iba a trabajar en la feria: colocaba una manta sobre la calle de tierra y, allí, encima, ponía la ropa que había hecho con la máquina de coser: remeras, camisas, pantalones. Luego, tomaba un colectivo o el tren hasta la capital, para probarse en algún casting: en general, la rechazaban. Le dijeron muchas cosas horribles y que deberían darles vergüenza a quienes las pronunciaron, cosas que —sin embargo— no hicieron que se rindiera.Un tiempo antes había vendido los patines y, con la plata, se había comprado un celular: empezó a crear contenido, a armar una pequeña comunidad de gente que la veía en las redes. Pensar en esos vídeos, armarlos, grabarlos, ensayarlos y subirlos a su TikTok de 20.000 seguidores le permitía distraerse por un rato de una realidad que la asfixiaba.Su padre era un hombre violento. Durante años dudó sobre qué hacer: cómo. Pensaba denunciarlo en la escuela, pero temió que no le creyeran. Hasta que su hermana menor le contó algo que ella intuía: el padre había abusado de ella. Anabel habló con su madre y su abuela y, juntas, lo denunciaron en la comisaría del barrio.En el patio, durante tres horas probó. En un inglés inventado, caminando con actitud decidida, hasta encontrar la mejor versión. Luego, lo subió a las redes y siguió con su vida. Que empezaba a no ser la misma.La cantante argentina María Becerra reposteó el vídeo en Instagram. La modelo Valeria Mazza también, y le propuso protagonizar juntas un desfile. Una agencia de modelos empezó a representarla, participó en el programa de televisión Bailando por un sueño, hizo publicidades y, a finales del año pasado, Netflix la invitó a un evento en Londres. Este año, desfiló en la New York Fashion Week. “Mi impulso de salir adelante viene de la carencia. Siempre supe que la única manera de poder cumplir mis sueños era que se me viralizara un vídeo. Aunque me trataran de loca o me dijera que mi realidad no tenía que ver con eso, yo sabía que iba a lograrlo”.