Esta columna destripa el último capítulo de Euphoria, serie que, por encima de su deriva misógina y ridícula, es más que nada muy mala. Aunque lo peor es el fondo profundamente reaccionario de la tercera y última temporada de esta ficción sobre nihilismo adolescente. El plano final de la serie de Sam Levinson es de una claridad meridiana. En él, la bandera de Estados Unidos ondea junto a la granja de la familia cristiana de Texas en la que Rue Bennett (el personaje de Zendaya) encontró paz y consuelo. El capítulo se titula En Dios confiamos (lema oficial de Estados Unidos impreso en sus billetes) y, tras una temporada final llena de ideas truculentas sobre el rumbo de la juventud estadounidense, todo termina en un supuesto paraíso de cruces y Biblias y una última palabra: “Amén”. Patria y Dios, esa es la salvación que propone Levinson. Más allá de la inconsistencia narrativa de Euphoria, Levinson maltrata y castiga a sus criaturas con un regodeo sádico cargado de puritanismo, sobre todo en su mirada al sexo y las drogas. El tema central de la serie es la adicción de Rue, personaje que acaba muriendo de una sobredosis.La clave está en el personaje de Ali (Colman Domingo), mentor de Rue en su grupo de terapia y vengador de su muerte. El monólogo de Ali —pronunciado antes de liarse a tiros (vestido de militar) contra el narcotraficante que le ha dado a Rue unas pastillas para el dolor cargadas de fentanilo— resume un ideario según el cual el problema del fentanilo en Estados Unidos siempre es un asunto de oferta (del narco mexicano o de los laboratorios chinos) y nunca de demanda (la de una sociedad que consume la droga más nihilista de todas). Así, Levinson no se pregunta por qué es el suyo el único país en el mundo en el que se ha multiplicado sin control el uso de este feroz opiáceo. Prefiere enumerar una cadena de culpables (“demonios” que no distinguen entre el bien y el mal, subraya Ali en su dramático discurso) en el que todos —del que transporta al que fabrica, de los políticos a los policías de aduanas— son culpables. El nihilismo adolescente está arraigado a la cultura norteamericana. Quizá la película que inauguró el retrato de este sentimiento fue Rebelde sin causa, clásico de los años cincuenta de uno de los directores más fascinantes, imperfectos y románticos de la historia del cine, Nicholas Ray. Este apátrida de los estudios de Hollywood fijó en esa película protagonizada por James Dean la frustración de una juventud incapaz de adaptarse al molde que heredaba de sus padres. Si pienso en qué películas expresan el nihilismo que nos tocó en los noventa me detendría, por ejemplo, en las de Harmony Korine; en Gummo (1997) o, más tarde, en Spring Breakers (2012); o en Elephant (2003), de Gus Van Sant. Aunque la película (en principio destinada a telefilme) que mejor ha expuesto el dolor adolescente de mi generación es Out of the Blue (1980), en la que otro outsider de Hollywood, Dennis Hopper, volcó toda la rabia, desesperación y vacío de una chica punk que carga con el trágico legado de su adorado padre. De Nicholas Ray a Hopper o Korine, de generación perdida en generación perdida, llegamos al pueril, aleccionador y retrógrado retrato del presente de Sam Levinson en Euphoria. Aunque tal vez sea simplemente la serie que ahora mismo merece la América de Trump.
‘Euphoria’: nihilismo y amén
Sam Levinson no se pregunta por qué es el suyo el único país en el que se ha multiplicado sin control el uso del fentanilo






