Pasa cada lunes desde hace ocho semanas. Distintos mensajes, el mismo mosqueo colectivo: “No tengo palabras para describir la repugnancia que me ha producido el último capítulo de Euphoria”. “¿Creéis que Sam Levinson se ha inventado la secuencia de Cassie a lo Godzilla solo para construir unas tetas gigantes de Sidney Sweeney?”. “Que alguien encierre a Sam Levinson” o “esto es lo que escribiría un chaval de 17 años que nunca ha follado” son algunas de las reflexiones que se han hecho virales frente a la deriva incoherente de la tercera temporada de la serie dirigida y escrita por Levinson. what the fuck is sam levinson’s problem— chase (@cfree94) May 11, 2026

Cuatro años después de la segunda temporada, con sus protagonistas enfrentándose ahora a la vida adulta tras acabar el instituto, ¿en qué ha convertido el hijo del director Barry Levinson aquella ficción alabada por su estética y por cómo abordaba la angustia adolescente en los suburbios estadounidenses? Según Levinson, sobrevivir a la veintena solo tiene dos salidas: vender droga o vender selfis de tus tetas. Un delirio de ultraviolencia con strippers abriéndose de piernas cada cinco segundos y chavalitas que graban los sonidos de su vulva para OnlyFans mientras los hombres empuñan pistolas y son malos malísimos. ¿Qué ha ocurrido para que la serie más tuiteada de la década, ganadora de nueve premios Emmy, haya pasado de la admiración al espanto más absoluto? Euphoria no solo ha caído del 80% de aceptación en Rotten Tomatoes —el medidor de la crítica digital— a un 41%. Los medios tradicionales también perciben el volantazo a la nada: “La tercera temporada de Euphoria es una serie sombría que parece empeñada en perturbarnos sin motivo alguno. Si el reparto parecía desesperado por terminar cuanto antes, ahora sabemos por qué”, justifica Hannah J. Davis las dos estrellas con que la puntúa en The Guardian. “Euphoria aún puede tener el brillo, el presupuesto y el poder estelar de la televisión de prestigio, pero ya no es suficiente para disimular lo que cada vez se siente más como las fantasías misóginas de un señor que da repelús”, escribe Eleanor Halls en The Telegraph. Naomi Fry en The New Yorker tampoco lo ve claro: “Con esta temporada, Levinson busca comprender qué es Estados Unidos. Déjenme decirles: ahora mismo, la cosa no pinta nada bien”. Se podría decir que la serie lanzó tan lejos las carreras de Zendaya, Sidney Sweeney, Hunter Schafer o Jacob Elordi que ninguno de ellos ha sabido encontrar su camino de vuelta. Y que las tramas se han resentido por los problemas de calendario de esos intérpretes para compartir planos entre ellos, lo que explica que Elordi, quien encarna a Nate Jacobs, haya grabado su trama, cada vez más turbia y delirante, prácticamente en solitario. Conviene recordar que el concepto y la estética de Euphoria se copiaron de un proyecto descartado de la fotógrafa y cineasta Petra Collins, quien pensó que Levinson había desechado su idea hasta que se topó con el nombre de la serie en una valla publicitaria. O que mientras esperaba a poder encarar esta tercera temporada, Levinson desató su mirada misógina cuando rodó el peor sexo de la televisión poniendo a cuatro patas a Lily-Rose Depp, la hija de Johnny Depp y Vanessa Paradis, en The Idol. Más allá de las problemáticas de la industria o de la mirada del director, existe un dato clave sobre por qué estamos mosqueados cada lunes: Sam Levinson no tiene equipo de guion. Trabaja solo. Y se vanagloria de ello: “Había mañanas en las que llegaba al set y le decía al equipo: ‘Dadme dos horas’. Me sentaba solo y me decía: ‘Vale, no puedo grabar lo que tenía planeado, pero sé que puedo contar con Z [Zendaya]. Voy a escribir una escena en la que ella sufre síndrome de abstinencia durante 10 minutos’”, ha contado el propio cineasta a The New York Times. Y nunca una serie hizo tan evidente la necesidad, nótese el plural final, de una sala de guionistas.