Antes siquiera de que comenzara el Mundial, las calles de aquel domingo de junio se debatían entre el rugir de las peñas vaticanas y el entusiasmo por los conciertos multitudinarios de Bad Bunny. Así lo atestiguaban tanto el fervor blanco y dorado como las conversaciones de la terraza. Sentado en una de las mesas, un hombre revisaba ante la atenta mirada de su novia el álbum de cromos del Campeonato del Mundo. “La última vez que lo hice fue en 2010, cuando tenía 11 años. Hacerlo ahora es como volver a ser niño”, le explicaba a su novia. Entonces, ni el presagio soñaba con una España en la final de Nueva York. Si el escritor Javier Marías definió el fútbol como la recuperación semanal de la infancia, el Mundial es la intensificación de esa máxima, la promesa de que la felicidad está aquí, disponible, a un simple golpe de balón. Una final es una fábrica de recuerdos. “La de 2010 la vimos en Villaviciosa, en casa de mi cuñada. Hice ensaladilla rusa”, dice uno. Otro la vio en una pantalla gigante en Denia con amigos con los que ya no tiene contacto. Recuerda la lluvia de cerveza con el gol de Iniesta, los cláxones, y que cuando iba saliendo la luz nadie quería irse a casa todavía. Una señora saca el móvil y muestra una foto en la que abraza a Nelson, un amigo, en plena celebración. Aún hoy, dieciséis años después, la tiene colgada en su casa, a pesar de que hace años que no lo ve. Uno la vio solo en Lyon en una habitación mientras escribía el proyecto final de carrera de su ingeniería: “Hoy espero verla más acompañado”.A dos horas del comienzo de la final, las calles de Madrid ya denotan ese peso de las tardes que vencen al olvido. Es raro levantar la mirada y no encontrarse con un reguero constante de banderas y camisetas de España. En la plaza de Colón, donde miles de personas ven el partido en dos pantallas gigantes, son ánimos entrecortados los de la primera parte, como si solo fuera una toma de contacto. La amarilla a Enzo Fernández es lo más celebrado en la plaza, casi como un gol. La afición desconfía más del árbitro que de Argentina. Con el paso de los minutos mayoría de brazos cruzados y manos a la cabeza en cada ocasión española seguida de un gran “¡uyyy!”. Hasta la locura. La locura total, la locura completa con el gol de Ferran Torres. Camisetas fuera, abrazos con desconocidos, bengalas, cohetes. Y de nuevo la tensión, las manos en cara y, con el pitido, esa locura sin final.“Por ti y por la calle”, publicó Lamine Yamal en Instagram horas antes del partido, junto a una imagen de cuando era un niño con la chaqueta del CF La Torreta, su primer club, y también el de su Rocafonda natal, un barrio obrero y multicultural de Mataró. Creció en sus calles sin despegarse del balón, y lo elevó con orgullo alrededor del mundo con el 304 —últimos dígitos del código postal— de sus celebraciones. En la final, el barrio le responde con cariño. Una marea roja de 10.000 personas —aforo completo— abarrota el Parc Central y vibra con la selección, sufre hasta el final y enloquece con el gol de Ferran, que lo inunda todo de humo rojo y un cántico: “¡Sí se puede!”.“¡Ha dicho Rocafonda!”Los asistentes son, sobre todo, jóvenes, con los más pequeños copando la primera fila. No es raro encontrar a alguno que haya compartido con Lamine alguna pachanga en la plaça d’Anselm Turmeda, donde ahora un grafiti homenajea al futbolista. La mayoría de los aficionados le rinden tributo con su dorsal, y con ruido. Cada vez que aparece en pantalla, el parque le vitorea, al igual que a su hermano, Keyne. Aplauden cada regate, celebran cada arrancada. “¡Ha dicho Rocafonda!”, grita una niña cuando la retransmisión menciona el barrio. Entre el mar de zamarras de España también aparece alguna tímida de Argentina, y más del Barça. Un aficionado azulgrana tiene el “corazón dividido”, también su indumentaria, con la camiseta de Lamine atada a un brazo y la de Messi al otro. “Hoy gana el fútbol”, comenta su amigo. Y en Mataró, gana Lamine.A menos de 30 kilómetros de allí, en Barcelona, miles de aficionados se han congregado desde primera hora de la tarde frente a la pantalla gigante instalada en el Fòrum. Entre la marea de camisetas rojas predominan las de Yamal, aunque también abundan las del Barça con el nombre de Iniesta, un guiño inevitable al 2010. Jan Costello, uno de los aficionados presentes, no duda al dar su pronóstico: “Ganamos 3-1”. Begoña, otra de las aficionadas presentes, resume la sensación con cierto alivio: “Me lo esperaba peor, pensaba que Argentina nos atacaría más. De momento bien, pero hay que seguir así.” Y con el tanto de la victoria, la muchedumbre lo celebra como si se hubiera jugado a un paso del Mediterráneo.Pintadas y bandera quemadaal norte, muy cerca del Cantábrico, el himno español suena por la megafonía sin despertar gran entusiasmo. Hay mucha chavalería congregada en Eibar viendo la final. Quieren goles, la mayoría va con España. Todos aplauden a Oyarzabal, el ídolo del pueblo. Son más de un millar siguiendo el partido a través de una pantalla gigante. “¡Vamos, Mikel!”, anima una mujer con la camiseta del equipo local. No hay mucha cancha al principio, pero crece el entusiasmo hasta transformar la plaza Unzaga en una tribuna futbolera. Eibar es mucho Eibar, dicen sus paisanos. Hay mucho orgullo en este pueblo (27.500 habitantes). Todas las miradas se dirigen al 21 de la selección: “Representa a la perfección los valores del esfuerzo, el compromiso y la humildad que nos identifican como ciudad”, dice su alcalde, Jon Iraola. Un ¡uyyy! a coro acompaña un disparo de Oyarzabal antes del descanso y se hace el silencio cuando le sustituyen. “¡España txapeldun!”, suelta un niño de origen africano con la camiseta de Senegal. Ganan las camisolas de España, y entre estas la de Oyarzabal compite con la de Lamine. Los hay que prefieren vestir la verde de la selección vasca. Estos, medio centenar de independentistas, han desplegado una pancarta reivindicando la oficialidad de Euskadi. Habían manchado las paredes con mensajes como “Puta España” y “Puta selección” y después han quemado una enseña española. Pero, sin duda, son muchos más los que siguen atentos al fútbol.En el bar Buenos Aires van “sin duda, con España y Oyarzabal”. En una esquina asoma Jon Alonso, un amigo de la cuadrilla. Seis han viajado a EE UU y unos 15 van a ver el partido en un sitio “secreto” del pueblo, lejos de la fiesta al aire libre. Le han mandado un wasap al delantero eibarrés para darle “mucho ánimo”. “Pase lo que pase, eres nuestro campeón”, le decían en el mensaje al héroe de la Eurocopa 2024. Y de ahí, al éxtasis con el tanto de Ferran. Seydou, 10 años, suelta las manos del patinete y alza los brazos. Grita: “¡Euskadi txapeldun!”.
Mataró vibra con Lamine y la cuadrilla de Eibar arropa al héroe Oyarzabal: “Nuestro campeón”
Rocafonda se vuelca con el atacante, mientras miles de personas vuelven a congregarse en la plaza de Colón y también en el Fòrum de Barcelona











